CONTRATAPA

Nostalgias

 Por Jorge Isaías

De qué amaneceres ateridos venían aquellos caballos que emergían del amanecer, aquellos que mi infancia vio con los belfos babeantes y las narices que producían un intenso vaho tibio cuando el alba aún era una gran sombra profunda y oscura.

Luego del desayuno abundante por las rudas tareas que se avecinaba, el menor de mis tíos montaría el "nochero" como se llamaba al caballo manso que permanecía atado a un palenque e iría a buscar la tropilla que moraba por las noches en un potrero de alfalfa, muy alejado de la casa.

De allí vendría la caballada necesaria para el arado o las rastras, o las carpidoras o la cortadora de alfalfa con su gran lanza que iba hacia un costado produciendo una lluvia verde sobre el campo y un olor penetrante de frescura que tocaban las pituitarias ávidas y con sólo eso uno se sentía bien.

Esto que trato de recordar, esto que trato de narrar de todos modos es de la época en que el viejo, es decir mi abuelo, ya no trabajaba el campo, había delegado esa tarea a sus hijos menores. Todos los mayores habían emigrado y se ocupaban de peones rurales, única tarea que podían hacer por su conocimiento, experiencia y baquía. Como casi ninguno había ido a la escuela o lo habían hecho esporádicamente ya que había que trabajar desde muy chicos, no podían esperar otra cosa. Nunca supe, y ya nunca sabré a esta altura quién le puso en la cabeza a mi abuelo, que había vivido toda su vida en el campo, que podía ponerse al frente de un negocio, él, que era analfabeto, y que --presumo-﷓ apenas sabría dibujar su firma y sacar las cuentas, bien elementales. Mi abuela era muy vivaz, más inteligente que él, había aprendido a leer y a escribir sin que nadie le hubiera ensañado nunca. Pero el viejo --que era desconfiado por naturaleza-﷓ no le permitía que ella atendiera sola a la clientela. Porque además sospecharía que ella podría distraer algunas monedas para repartir entre sus nietos. Y era verdad esta sospecha porque yo era uno de los beneficiados directos, ya que ella me aseguraba la matinée del domingo, un paquete de maní con chocolate y la revista de historietas del día lunes.

Cuando mi abuelo tomó la decisión de cambiar sus animales, sus escasas maquinarias y sus enseres de labranza, ya que no era dueño del campo, por un almacén y despacho de bebidas, tenía cincuenta y siete años y se sentía viejo y se sentía cansado, tanto trabajar para otro siempre, deslomándose. Alguna vez me contó que cuando era un niño de corta edad su padre lo llevaba al campo para que le ayude a arar. Lo hacían con bueyes. El padre de mi abuelo en la mancera y él manejando los bueyes. Como sus seis años no tenían fuerza para darle latigazos a los animales, mi bisabuelo le pegaba un chicotazo a los bueyes y de paso uno a él, para que aprendiera.

Esto me lo contó casi al final de su vida, cuando pasaba los ochenta, y como nunca fue proclive a las confesiones, yo lo doy como notoria verdad.

Imposible mensurar hoy cuánto sufrieron estos inmigrantes que cruzaron el mar escapando del hambre, y que luego nos engendraron en la tristeza de haber abandonado sus raíces y en la presunción de que nunca serían de un país, que les daría, sí, identidad a sus hijos y a sus nietos.

Pero ellos nunca se adaptaron, creo, y nunca fueron felices.

Mi abuelo al atardecer se sentaba en la galería y miraba el campo.

Es lo que uno creía, pero cuando esa bandera de trigo tremolaba, él estaría mirando a través de esas olas amarillas, su lejana tierra a la que nunca volvería.

Entonces sacaba su pipa del bolsillo de su chaquetón de brin, metía la cazuela dentro de su tabaquera, luego con parsimonia la llenaba y encendía el tabaco dulzón que se volvía agrio en su boca.

Y a través del campo en reposo miraría esas luciérnagas vivaces que incendiaban los alfalfares y tal vez soñara con su aldea que dejó colgada en su tierra y ahora sólo vivía en su memoria.

En su memoria que sólo de vez en cuando se atrevía a inquietar con recuerdo.

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