CONTRATAPA

(Cuentos)

 Por Miriam Cairo

El mundo es un buen lugar para llenarlo de heroísmo y terquedad, para no saber a dónde ir, para inundarlo de algo que se desarma, se desajusta se desintegra, por obra y gracia de un suspiro o de un movimiento inofensivo, ausente de toda desgracia, arrastrando el ala del amor para sacarlo de sus terribles caminos y guarecerlo no de la noche sino del alma rota, del alma que se salió del sexo y se agrisa como algo que empieza a romperse, como otro sol que apremia al sol de siempre.

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El mundo, en vez de apasionarse con el lugar, con la gran huella en la superficie, sigue ocupado en recorridos, en aproximaciones medias, plenas, de nuevo medias, otra vez plenas, con hombres atestiguando la vigilia y el insomnio, con un ritmo rotatorio de bailarina ilesa que gira sobre sí misma en el escenario atmosférico de la lluvia, en una masculinidad que se afemina, se enternece en la sola manera de girar sobre sí mismo, misma, con la mano adentro de su azul profundo, con la boca llena de una sed que se derrama en el lapso que va desde la noche del mundo hasta la bailarina del alba.

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El mundo es un buen lugar para coleccionar palabras, prenderlas fuego en las noches como antorchas, dejarlas arder hasta que se consuman, y al día siguiente esparcir sus cenizas en el parque como un guano celeste, para que la hierba crezca más verbal y poliédrica que nunca, y los amantes se recuesten sobre ella, sobre los acentos prosódicos, verdes y húmedos, sobre las hebras nacidas del silencio de las palabras que germinaron en hierba para besarse hasta no saber cómo es posible que esas letras sonámbulas puedan sostener tanta poesía.

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El mundo suele tener mares hondísimos donde ahogarse y ser alimento de los peces, para que los atunes, las merluzas y los salmones engorden junto con las nereidas y Poseidón hasta caer en las redes de los pescadores azules, que con un cuchillo brillante y sangrador los abren al medio, les quitan sus vísceras, los acuestan sobre un lecho de hielo para que los peces muertos, para que las Nereidas muertas y Poseidón lleguen intactos, sin sobrevida al mármol del cocinero que arrulla las eses y casquea las erres mientras corta el cadáver del pez, el cadáver del dios y de las sílfides en aros de oro, de rubí, de luna, y los coloca en un plato tallado sobre relieve, y los comensales estiran el cuello de las bellas artes hasta los mares donde los dioses de las profundidades lloran a las nereidas, a Poseidón, a los atunes, y a los salmones, mientras apilan los huesos de los náufragos junto al fogón abisal.

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Ese viejo imaginario llamado mundo, es apto para llenarlo de magia, coronarlo de perlas, para hablarle en cualquier lengua y decirle que también el miedo es redondo, y la luna redonda, y Mozart redondo, y el silencio redondo, apto el mundo para tejerle un lenguaje de letras incendiadas y hacerlo aparecer de noche rodando como un pan resplandeciente por el alero de la sombra, como una flor de luz mínima que sueña su segunda vida y al mirarse en el espejo retrocede, gira para verse la columna vertebral, recorrida por pasos de fantasmas más reales y consistentes que la voluble realidad de los hombres.

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El mundo es un buen lugar donde separar la luz de la sombra, lo real de lo irreal, lo Magritte de lo falaz, el pecado de la penitencia, lo Pirandello de lo posible, la paz de la guerra, Alejandra de la imitación, los fantasmas de las alucinaciones, lo Cheever de lo DeLillo, la política de la ambición, pero también el mundo es un buen lugar para unir lo desunido, para no saber si es o no es mundo el mundo, para pensar que acaso el mundo sólo sea la bailarina que gira sobre sí misma, queriendo ser y no ser, acorralada en su intemperie, estremeciéndose hacia el norte, hacia el sur, hacia el este y el oeste, estremeciéndose desesperadamente, a toda prisa, como una enamorada contra﷓reloj.

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