CONTRATAPA

Fragmentos

 Por Dahiana Belfiori

Parche sobre parche. Remedos originales. La escritura se parece al sueño. Una empieza a escribir sobre ese fragmento que es la hoja. Escribe acerca del fragmento que es alguna experiencia de alguna vida. Escribe creyendo que sabe lo que escribe. Y cree que construye un relato coherente y se cuenta una ficción sobre sí misma. Pero una escribe fragmentariamente. Y además una se sabe construida por un mosaico de citas. Hechos de intertextualidad son mi escritura y mi cuerpo.

Estoy pensando en el fragmento. El texto fragmentado, la vida como fragmentos unidos por el hilo de una historia. Y el relato onírico es tal vez el que mejor acusa el fragmento como indicio de un todo a reconstruir, como si eso fuera posible: ese todo que soy yo, o alguno de mis yo.

Una amiga, mi madre, un pulpo y tres burócratas municipales se cuelan en mi vida consciente, construyendo un inventario surrealista, que habla de mí. Todo es difuso, sin sentido. Lo que persiste es aquello que se aloja en las entrañas del sueño y traspasa la zona límbica, ese cordón, instalándose en la resguardada vereda de la conciencia. Permanece con fuerza la sensación, la emoción, aquello que escapa al análisis racional. Y algunas imágenes inconexas. Los sueños parecen ser fragmentos de fragmentos de fragmentos de vaya a saber cuál de todos mis yo, encadenados por el azar caprichoso de un genio maligno. El sueño se parece a la escritura, a la mía, desordenada y caótica.

Soñé: un pulpo gris enorme, parecía ser amigo de mi amiga por el modo en el que ella lo miraba, se retorcía en el piso del baño de la casa de mi madre. Mi amiga pedía una víctima para el pulpo. Había que sacrificar a alguien. Tres burócratas municipales asistían a la escena sin moverse de sus sillones, sonriendo complacidos. Yo les gritaba, desgarradoramente les gritaba, pidiendo auxilio, corriendo por la casa. Mi amiga se introdujo en la bañera. El pulpo la atacó, pero no pude verlo. Sentí en mi piel el lugar exacto del agravio. Tuve miedo. Empecé a gritar, seguí gritando, más fuerte aun. Mientras deambulaba por los pasillos fuera de mí, encontré a mi madre sosteniendo en sus brazos a tres perros gigantes que miraban por una ventana hacia el patio de la casa: ella había salvado a mi amiga y la había recostado en su cama. Los perros olfateaban, se salían de sí como llamas en el fuego queriendo darle muerte al pulpo. Mi madre los acariciaba desde el hocico hasta las orejas, con pausa y con ternura, hasta dormirlos y desvanecerlos.

¿El miedo me define? Eso que perdura en la vigilia, eso que se va diluyendo en las horas. Escribir por fragmentos bien pudiera ser un intento, quisiera creer que poético, de intimidar el engendro de la totalidad textual. Soñar, bien pudiera ser el intento de huir de la realidad normalizadora. Vivir, bien pudiera ser el aprendizaje de asumir el caos, la incoherencia. Mientras vivo, sueño y escribo; escribo y sueño. Y aunque se instale el miedo, los fragmentos hechos de palabras me siguen convocando al encuentro:

lo ajeno de nombrarte a mi lado/ hace que extrañe ese sitio habitado/

que solía ocupar en el silencio./

entonces/ me desnudo de palabras/

y aparece/ hermética tu voz en el espejo/ a socavar el cimiento de mis piernas/ a cuestionar mi imagen de mi exilio de mí./

soñé:/ deshacer las palabras que nos separan/ llevar tu voz como única vestimenta.

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