CONTRATAPA

Fragmentarios 85

 Por Mario Alberto Perone

1

Alguien me da una fórmula: escribir hacia adelante. Mi perplejidad, que no necesita ayuda para aumentar, aumenta. ¿Qué me quiso decir? ¿Por qué me lo dijo? ¿Dónde está el adelante? Si el adelante (o el futuro, que es lo mismo) no existe, ¿cómo escribir hacia allí? ¿Sabrá el que me lo dijo que tampoco se puede escribir hacia atrás? Quedaría el presente pero, ¿dónde está el presente? ¿Cuánto mide? ¿Qué espacio ocupa? ¿Tal vez ninguno, ya que es el punto exacto en que el pasado se convierte en futuro? Entonces no se puede escribir nada nunca. Y sin embargo, se escribe. A pesar de las tres inexistencias, se escribe. A pesar de la perplejidad y del asombro y de este navegar en una dimensión desconocida, se escribe. Se sabe que el tiempo no existe, que a pesar de no existir se lo ha dividido en fracciones y se lo mide con alguna exactitud. Pero lo que sí existe es la duración. La duración de cada vida. Y es para prolongar, de un modo ilusorio, la propia duración, que se escribe. Lo que sea. Cualquier cosa. Algo que intente permanecer después. Después del último después. Algo que pueda dar testimonio, cuando ya no quede el último testigo.

2

Salgo de mi casa a la calle, sin ningún motivo. No necesito nada. No tengo nada que comprar, nada que ver, nadie con quien encontrarme. Nada que preguntar ni responder. Lo único que percibo es la hostilidad del afuera. Trato de ser indiferente, pero no lo consigo. Camino hacia cualquier parte, y al rato me doy cuenta del motivo de mi salida: lo hago para poder volver a mi casa. Vuelvo, entro y me pongo a mirar viejas fotografías.

3

Leer los avisos fúnebres de La Capital se me ha convertido en una necesidad compulsiva. No puedo prescindir de eso. En el café, me inquieta la lentitud de otro cliente que demora en soltar el diario. Por las dudas, le pido que me lo pase cuando lo termine de leer, antes de que otro se me adelante. Mi ansiedad aumenta si está haciendo las palabras cruzadas. En ese caso, soy capaz de irme a otro café (lo he hecho) o quizás me atreva a comprar el diario (también lo he hecho), para leer los nombres. En general, son desconocidos para mí. A los nombres de los conocidos, incluidos los de casi todos mis amigos, ya los he leído. Todos han figurado ya en estos anuncios. La inquietud no se me calma. A veces, tengo la impresión de ver allí mis datos personales, y soy consciente de que mi imaginación es un tanto morbosa. Pero no consigo evitarlo. Esa página es la única que leo. Hace mucho tiempo que las noticias generales, la información abrumadora con la que nos saturan los medios, no me interesa para nada. Esa página y nada más. Después de todo (perdón por el latiguillo) morir no debe de ser tan malo, ya que todos lo hacen. Cada uno a su tiempo, pero lo hacen. Y algunos, ansiosos tal vez, hasta adelantan la fecha.

4

Alguien me dijo: Heidegger sentenció que el fin último de la filosofía es llegar a la poesía. Si lo dijo, lo celebro, ya que he fracasado en todos los intentos que hice de comprenderlo. Pero me reconforta recordar la atracción que sentía al leer a Gastón Bachelard, ya que, intuitivamente, lo sentí más como poeta que como filósofo. Ignorante en ambos campos del saber humano (que tal vez sean uno solo), este párrafo sólo es una débil justificación de mis veleidades literarias, y del convencimiento de ser "dilettante" en todo y especialista en nada.

5

Hay personas a quienes jamás amó nadie. No es raro. He conocido algunas. Su mirada las delata, pero sólo ante los que, como yo, las buscan. Sé que no tienen más remedio que convertirse en narcisistas. Frente al espejo, creen que alguien las quiere. Es un error suponer que Narciso era bellísimo. Hay personas que nunca fueron amadas, y es por eso que ellas jamás amarán a nadie. Casi todos nosotros somos así. Y se nos va la vida tratando desesperadamente de que alguien repare en nosotros y nos ame, aunque fuese un poquito. Pero, ya cercana nuestra última etapa, comprendemos que nunca lo hemos logrado, quizás porque las personas con las que nos hemos relacionado deseaban exactamente lo mismo que nosotros. Y esa es una situación límite, que sólo unos pocos pueden resolver.

6

Hubo un poeta cuyo nombre no recuerdo, que escribió: "¡Qué solos se quedan los muertos!". Repensando el romanticismo casi fúnebre de mis preferencias del secundario, descubro que la verdad es absolutamente la inversa: somos los vivos los que nos quedamos realmente solos cuando alguien se nos muere.

7

Cada día, al despertar, no decido vivir, decido, solamente, no morirme.

8

Las angustias inevitables de alguien que ha vivido mucho, caen, como todo lo que sucede, en el olvido. Esta importantísima función de la memoria aparece en toda su magnitud al llegar la última edad, que es, precisamente, cuando más se la necesita. El anciano olvidadizo se salva de recordar toda su historia, y es por eso que puede dormir casi todas las noches. Cuando se es joven, se valoriza la memoria, cuando se es viejo, el olvido. El joven sufre cuando olvida algo. El viejo sufre cuando no puede olvidar.

9

Mi peor enemigo soy yo mismo. Nunca pude matarlo ni amarlo. No creo haber tenido otros. Este maligno que siempre estuvo más cerca de mí que nadie, me castiga destruyendo mi cuerpo desde adentro, y poco a poco. Ya logró llevarse algunas vísceras, por suerte no vitales. Esta relación demasiado estrecha, genera la melancolía que nunca me abandonará. Esa melancolía duerme conmigo cada noche, a mi lado, en mi cama, y despierta conmigo, cada mañana, pegada a mi espalda.

10

Una fotografía es el cadáver de un instante.

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