CONTRATAPA

No confundas ombligos con ojos

 Por Dahiana Belfiori

Tienen sus manos manchadas con vino de otros cuerpos, sometidas. Un vino agrio, imperceptible, les quiebra la piel. Finísimas grietas como las de los pliegues en los párpados jóvenes, les duermen su sueño irreversible. Debajo de los guantes con pólvora, el vino los delata más que las balas certeras que hacen entrar en la historia. Onelia se asfixia entre esos torsos varoniles. Como un animal asustado les huele en las axilas que se aplastan en su nariz la adrenalina que prepara el ataque. Animales, monstruos, varones, rodeados de plomo y poder. Onelia no distingue dónde quedaron sus amigas, había amigas? Está perdida. Huele, es el olor lo que la rodea, su propio miedo, un gran miedo que hace mover todos los cuerpos en una masa informe. Araña, y hunde sus brazos en la masa. Cuero, piel, grasa, cartílago, sudor: gritan una sustancia viscosa por sus lenguas. Gritan exultantes, soberbios. Onelia es arrastrada al nivel de los estómagos. Confunde ombligos con ojos. Ombligos que lloran pelusa y baba, chorreando por las braguetas armadas. Sólo son hábiles para la muerte. Disparan su semen lleno de odio contra mariposas indefensas. Contra murciélagos, contra lechuzas. Son de otra especie, siempre superior. La masa empuja, tuerce, se contornea, estruja el cuerpo de Onelia.

Contra algo van, contra lo que sea. Arrasan la hierba, alguna flor tardía que no se entera de lo que ocurre, todavía. Arrasan las dudas, los ruegos, las plegarias. Están aburridos, hastiados, repletos de fiebre incomprensible. No hay máscara que proteja. Todos son culpables de una culpa incrustada en la razón de las armas, de la seguridad. Onelia también. Onelia sobre todo, porque sabe qué los mueve, porque no lo dijo, porque no alcanzó a medir su poder. Quién es inocente? La ceguera se extiende por las pieles infamadas de veneno. Todos portan el veneno aunque se crean inmunes. Onelia también. Lo que huele es a ella misma en sus manos incapaces de apuñalar. A veces son necesarios ciertos crímenes, matarse en el camino, degollar la basura que sale por la boca, esa cloaca. Entre medio de la ola distingue unos ojos conocidos. De frente, esos ojos se agigantan suplicando explicaciones. Conmoverse está vedado. Está tan clavado el miedo que no hay ni una sola lágrima que perturbe. A nadie le interesan las lágrimas. Llorar es para los ángeles. Angeles con gorra, ángeles desposeídos de miseria. Alguien es capaz de pensar? Cómo es posible que sólo el miedo sea el motor de la historia? Onelia también? Onelia? Onelia! Volvé, mirá, mirá bien, salí del pantano, hundite bien hundida. No confundas ombligos con ojos. Hay lágrimas que no mienten, son lágrimas negras de mierda. Negras de mierda son las lágrimas que lloran verdades. Verdades chiquitas, provisorias, como el hambre, como la tierra. Negras de mierda son las lágrimas que jamás serán semen de la muerte. Aquellos ojos fijos sobre el cuerpo casi rendido de Onelia retienen para sí toda la mierda del mundo y en el espejo singular de cada lágrima que cae, rebotan contra las balas eyectadas desde miles de ombligos miserables. Lágrimas negras de mierda hacen un ejército más poderoso que toda la baba aburrida con que se cubren los objetos de la santa seguridad. Onelia bebe desesperada de la fuente de esos ojos y con los dientes cose un manto que extiende sobre el único sitio donde sigue creciendo la hierba. Un manto protector hecho con fino hilo de lágrimas negras.

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Imagen: Augusto Warnke
 
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