CONTRATAPA

Trinidad

 Por Javier Núñez

Me pregunta si estoy despierto. O tal vez no es una pregunta sino una afirmación taxativa, una orden como las que disparan los hipnotizadores para arrancarte de un trance: estás despierto. Yo me revuelvo en la cama desordenada y las sábanas se me enroscan en los pies. Por las rendijas de la persiana se filtra la luz de la tarde, una luz tibia que atraviesa las cortinas y tiñe la habitación de un rojo pálido. Le digo que no, que no estoy despierto.

--Tendrías que estar escribiendo. Yo tendría que volver y vos tendrías que estar escribiendo. Después no hay quien te aguante. Dijiste que hoy ibas a escribir.

--Pero viniste.

--Me pediste que viniera.

Levanto la cara de la almohada, me doy vuelta y la miro. Todavía está desnuda, la espalda apoyada contra el respaldo de la cama. La pantalla del iPad le ilumina la cara.

--Estaba leyendo algo sobre el amor. Sobre la proxemia del amor humano.

--No tengo idea -﷓respondo, con la voz algo ahogada por la almohada-﷓. Pero te quiero entre los 15 y 45 centímetros de distancia siempre.

Le adivino la sonrisa. Tal vez, incluso, me mira la nuca y la espalda con ternura.

--A veces decís cosas que me sacan de quicio. Me voy tan furiosa que me digo a mí misma que no voy a verte más. Pero de algún modo se me pasa. Y entonces decís estas otras cosas y me alegra estar acá. Me gustan tus declaraciones crípticas. Me gusta la forma que tenés de ser tierno como sin querer, o como si no quisieras que se note.

Me siento en la cama y agarro un cigarrillo de la mesita de luz. El encendedor quedó en el bolsillo trasero del pantalón, y tengo que levantarme para buscarlo.

--Contame qué leías.

--Eso que te dije, la proxemia del amor. Hay un pasaje de Lucrecio que Borges cita en "Historia de la eternidad", sobre la falacia del coito. Escuchá: "Como el sediento que en el sueño quiere beber y agota formas de agua que no lo sacian y perece abrasado por la sed en el medio de un río: así Venus engaña a los amantes con simulacros, y la vista de un cuerpo no les da hartura, y nada pueden desprender o guardar, aunque las manos indecisas y mutuas recorran todo el cuerpo. Al fin, cuando en los cuerpos hay presagio de dichas y Venus está a punto de sembrar los campos de la mujer, los amantes se aprietan con ansiedad, diente amoroso contra diente; del todo en vano, ya que no alcanzan a perderse en el otro ni a ser un mismo ser."

--Ajá.

--Te aviso que no es aplicable a lo que me pasa con vos. De todos modos, siempre he pensado que es así. A lo mejor esta vez me estoy dejando engañar por Venus. Digo, para ser más clara: hace rato que renuncié a la idea de fusión. Me apetece más ver quién sos, y para eso necesito cierta distancia. Y sin embargo, a veces, no puedo evitar esa sensación de estar arañando algo así como hacerse uno. Me entendés?

--No.

--Que yo también, como Borges y antes Lucrecio, creo que en el amor perseguimos un imposible que al final no hace otra cosa que dejarnos insatisfechos cuando comprendemos la imposibilidad de perderse en el otro. O quizás insatisfacción no sea esa la palabra adecuada. Nos sentimos estafados, defraudados. Pero a veces me puede el engaño, a veces la falacia del coito se impone. No te parece que hacer el amor brinda esa ilusión momentánea de fusión, sobre todo en el orgasmo? Ahí quizás sobreviene la petite mort. A lo mejor no morimos para volver a nacer: morimos porque dejamos de ser individuales, nos fundimos uno en el otro, somos uno que no es ninguno de los dos. Pero, si es que acaso ocurre y no es una sensación puramente ilusoria, no dura, no basta para alcanzar una unión plena y duradera. Cuando abro los ojos otra vez vos seguís ahí y yo sigo acá. Seguimos distantes, inalcanzables. Y entonces uno comprende que eso no existe, que nunca estuvo a nuestro alcance ni al alcance de nadie. A veces creo que cuando lloro después del orgasmo es de pura frustración, de pura bronca de volver de vos (o de ese otro que fuimos por un segundo) sin transformaciones.

--Ya veo. Me extraña sin embargo que hables de "renunciar a la idea de fusión" porque no te imaginaba suscribiéndola. Ni al mito de los Andróginos, el rayo de Zeus, la búsqueda de la otra mitad.

--Alguna vez fui una boluda romántica que creía que un día haría uno con alguien. Ahora estoy más cerca del concepto de la pareja como una trinidad. No recuerdo dónde lo leí hace poco. Dos que se juntan no se mezclan, pero entre dos hacemos una trinidad: vos, yo, y nosotros. No hay fusión, no hay pérdida de las individualidades. Pero hay, también, un concepto que nos abarca juntos sin que desaparezcan los otros, los que son privativos de cada cual.

--Me gusta cuando decís cosas así.

--Así como.

--Como nosotros pensados como una trinidad, algo que nos reúne separados pero al mismo tiempo juntos. Nuestra no tan santísima trinidad.

--Muy poco santa.

--Y me gusta cuando usás la palabra "coito". Es la palabra menos erótica del mundo y, sin embargo, me gusta la forma en que la pronunciás.

--Qué boludo.

--Besame y callate de una vez.

--...

--...

Después, cuando se vista, me preguntará otra vez -﷓o recién entonces-﷓ si estoy despierto. Dirá que se tiene que ir, que ahora sí, ya mismo, y que yo debería estar escribiendo. Que después me vuelvo insoportable y no hay quién me aguante. A lo mejor escriba sobre vos, le diré entonces. Sobre lo filosófica que te ponés en los interludios de la cama. Te mato, responderá ella, ni se te ocurra. Y yo le diré por supuesto, amor, por supuesto. Pero eso será después. Ahora son los gruñidos, los jadeos, las obscenidades, la intensidad. Y el momento vano de diente amoroso contra diente en que lo imposible está ahí, tan remotamente cerca, tan al alcance de la mano y no.

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