CONTRATAPA

Sopa derramada

 Por Gualberto García

"Aquel día, pues, él conoció una de las formas extrañas de la estabilidad: la estabilidad del deseo irrealizable. La estabilidad del ideal intangible. El, que era un ser consagrado a la moderación, se sintió por primera vez atraído por lo inmoderado: una atracción por el extremo imposible. En una palabra, por lo imposible. Y por primera vez sintió, en consecuencia, amor por la pasión." Clarice Lispector

Hasta ese día desconocía la existencia de la Servilleta Dragón. Es muy suave, creo que de alguna clase de seda blanca, con dibujos de hombres montados en dragones de cuerpos alargados. Su doblez sobre el plato era un preciso origami con forma de cresta. ¿Quién dispone del tiempo suficiente para doblar así estas telas, o del dinero para pagarle a alguien que lo haga en su lugar? Doblar una tela tan larga, con esos detalles. ¡Por Dios! ¡Ni mis cuadros tienen ese nivel!

A todos nos pasa. Y nos seguirá pasando. La servilleta que nos ponemos en el regazo es la diana donde cae la gota justa de líquido de verduras servido en la mesa. Queda atrapada y ya no llega al pantalón.

Si hablásemos de un sistema de castas, podríamos pensar en distintos niveles de protección. Hay, por ejemplo, servilletas de tela con infinidad de calidades. Cada casta adhiere, en general, al utensilio que el mercado decidió que debe poseer. Este lugar, tan crítico, puede ser reemplazado por un repasador o rollo de cocina, en cuales casos ya no hablaríamos, según este pequeño esbozo teórico, de la protección de prendas de diseñador ni realizadas a medida. Esas ropas de alta calidad casan perfecto con la servilleta fina de seda bordada que me tocó usar esta noche, la cual a su vez estandariza al Líder, Señor o al trabajador ejecutivo vip.

Muy estúpido sería tomarme en serio el problema del uso adecuado de este cuadrado de tela. El rico señor, en cambio, por miedo a manchar su delicada ropa o quemarse con ese líquido caliente que espera, en forma obligada, como primer plato en la cena elegante de estaciones frías, se aferra a ese trozo de tela como a un noble y silencioso aliado. Yo, como participante de esa mesa, me vi en la necesidad de actuar, por sentir cierta incomodidad, después de escuchar un ohh por parte del padre de mi amigo Mariano, quien me invitó; pregunté, con cara de preocupación (mientras disfrutaba de la ironía de la escena): "¿Está usted bien, señor? ¿Necesita que vaya a buscar algo para que pueda secarse?". Claro, Mariano sabe que esa cordialidad no es genuina en mí, sonó convincente sólo porque estuve escuchando atento las palabras de la mesa familiar, aunque sin aportar ni una palabra, sino asintiendo al azar con la cabeza.

No quiero dejar de mencionar, para redondear el tema de castas gastronómicas, que en mi casa se usa repasador (compartido con el resto de la mesa), por lo cual no me correspondía o no sabría responder a las vicisitudes de sus triviales temas de almuerzo.

De fondo comenzó a escucharse una música que no me gustaba pero que me parecía familiar. No entendía de dónde venía. Pedí permiso, como corresponde en una cena distinguida, me levanté y seguí el sonido, que iba a uno de los tantos baños de la casa. La música provenía de la cocina. La señora que cocina (no me gusta decir "la cocinera" en una casa, suena objetual, perdón) ya no es joven y perdió audición, eso justifica el volumen que llega a cada rincón del área de servicio.

Mientras ella seguía el proceso sincronizado y ya instintivo de su tarea para los platillos que seguían, escuchaba una novela brasileña. Esmeralda preparaba la sopa muy muy caliente, en principio por costumbre pero además para que los comensales tardasen más en tomarla y así poder trabajar con mayor tranquilidad entre plato y plato, entre escena y escena. "¡Paixao, paixao!", repetía en las partes románticas. Me di cuenta de que con ella no me sentía solo como en la mesa, donde no paraban de preguntarme sobre la gente que conozco, la que debería conocer, mis actividades académicas, los valores de la tradición, etc.

Me quedé en la cocina, ellos no notaron mi ausencia. Esmeralda me dijo que la sopa de quesos es la que más demoran en tomar, porque levanta mucha temperatura y vuelven a servirse varias veces en pequeñísimas porciones, y que eso le da el tiempo necesario para terminar con su programa, con el cual ya estoy enganchado, después de apenas 15 minutos, no por interés en la trama, sino para desligarme de la trama, valga la redundancia, de una sociedad absurda.

Ahora no tengo ya ganas de volver a ese paraíso artificial, al que me quieren integrar. Ni siquiera por mi amigo. Las puertas exteriores de la casa siempre están abiertas en ese barrio privado, donde hay una falsa sensación de seguridad. Nadie se levantará de la mesa para preguntarme si me encuentro bien en el baño: la respuesta escatológica que podrían recibir no sería apropiada para el evento. Así que decidí quedarme con Esmeralda.

Terminamos de ver hasta el segundo de 5 cortes comerciales mientras cenábamos a la par. Al retorno del episodio, el protagonista, con una sonrisa perfecta, se encuentra, después de trabajar en una cervecería, con su preciosa amada, y cuando hacen el pedido, juntos deciden compartir un plato, para no gastar tanto. Las caras de los protagonistas son preciosas, sexuales, brasileñas. ¡Puro amor! Nota: en la mesa no había servilletero. La presencia de Esmeralda durante esa media hora me hizo ver que debía salir de inmediato de esa casa. Le di un abrazo de agradecimiento a Esmeralda y me retiré. Después, una señora especialmente pagada para cumplir la función de abrir y cerrar la puerta, me abrió. ¿Quién es esa persona que te acompaña a la puerta? ¿Qué clase de compañía te da? ¿De qué mundo a qué otro te lleva?

Definitivamente, no fue por miedo a que piensen que soy maleducado en la mesa principal, ni a que descubrieran que en mi bolsillo todavía llevaba una servilleta de seda con las iniciales del doble apellido de la familia lo que mi impulsó a volver, o mejor dicho, a no terminar de salir. Fue por Esmeralda. Fue por esa complicidad, esa media hora restante de novela brasileña que nos debíamos, la adrenalina de estar refugiado en la cocina para evitar esa mesa llena de plástico vestido de seda, y porque los últimos capítulos siempre son emocionantes, hasta para el más reo.

El chico y la chica apenas probaron bocado, se hicieron promesas y hablaron de la suerte de estar juntos. El pidió la cuenta y un par de servilletas húmedas, que eran de esas cuadraditas de papel con rayitas (que casi no absorben nada), para sacar aunque sea un poco la mancha que le quedó en el puño, por el roce con la comida en el único plato central de la mesa. El tomó su campera y la puso en los hombros de ella para taparla de la lluvia a la salida. Se fueron caminando de la mano.

Esmeralda tenía todo lo que requiere una amiga para mí. Yo mismo la acompañé a llevar el postre a la mesa. Me preguntaron dónde había estado, a lo que contesté que estaba mirando la novela en la cocina porque era el último capítulo. Las carcajadas que se desataron en la mesa hicieron ensuciar las servilletas, el mantel, que se vean los restos de comidas en sus bocas, se les escapara algún moco, a los comensales en general, menos a Mariano. Su risa era nerviosa, me daba un poco de miedo. El no me creía lo de la novela, pero sí creía en su doble apellido y que le estaba faltando el respeto a su familia, sus servilletas y su mesa decorada con flores a tono con el mantel.

En ese momento lo supe. Mariano ya no era el mismo y yo tampoco. Ni Mariano será más que un viejo amigo ni van a empezar a gustarme las novelas brasileñas del prime time, aunque no niego que en el futuro pueda procurar ver esos finales felices ficticios, esperanzadores.

Cuando me despedí de la mesa principal, con una excusa que ya no recuerdo, pasé por la cocina a saludar a Esmeralda. Ella sabía que sería la última vez que nos veríamos, al menos en esa casa. En el corto tiempo que compartimos juntos, sin saberlo, ella trazó en mí líneas hacia el infinito. Esas líneas son las de las palmas de mis manos, las de los dobleces de las servilletas y las que dibujamos en el abrazo final.

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