CONTRATAPA

La corbata del presidente

 Por Adrián Abonizio

Mi primera elección sucedió hace más de treinta años, en blanco y negro. El 30 de octubre de 1983.

Voy camino a la escuela Juana Azurduy que es donde voto. Alfonsín la tuvo clara desde un comienzo. Se mostraba como el macho de la especie, rubicundo, profético y certero, mientras a su lado el peronismo, principal adversario, se debatía entre sus muertos enterrados, los desaparecidos y lo que se subían a los estrados para ahuyentar votos. Luder parecía una tía buena. El peronismo estaba cansado y el radicalismo era una pinturita. Nosotros los navegantes de todo un mar sin partidos políticos debíamos votar por vez primera.

Ya habíamos hecho los chistes sobre "erecciones" y "elecciones"; "presidentes" y "prescindentes". Y la magia del humor se iba acabando junto con la noche. Ganase quien ganase estábamos perdidos: las aspiraciones reales eran imaginarias y las imaginarias absurdas.

En aquel tiempo de bigote, pelo largo y un pasaporte al tono las esperanzas estaban cifradas en viajar a vivir lejos o aceptar el tembladeral que se anticipaba. No se pensaba en participar. Eramos semidiotas para los militantes, músicos lúmpenes, pelandrunes que vivían mirando los astros en vez de la tierra. En aquel tiempo mis ideas eran un flash sicodélico, un Big Bang donde entraban las drogas recreativas que no conocíamos, la escritura instantánea que perdíamos en las mudanzas y el álbum inédito de Jimy Hendrix que nunca apareció.

Miento si digo que me interesaba verdaderamente el país, la política, la acción cívica. Nos habían vaciado y la revancha era huir donde la arena del desierto o el humo de las ciudades extravagantes nos borrara toda cucarda de ser argentinos. Había un montón de platos rotos por toda la casa y con barrerlos no se hacía nada: muchos muertos, muchos muertos caídos, mucha desesperación y luto. Lo tenía decidido: votaría y con mi DNI y una rapiña que venía ahorrando y escondiendo me iría a vivir a Holanda.

Ahora era la noche previa al 30 de octubre, cerca de las tres de la mañana y mientras tomábamos vino a uno de la mesa se le ocurrió la observación: "Che ¿vos que vas a ser presidente de mesa, no preparaste el saco y la corbata?".

Se dirigía a mí en quien había recaído aquel honroso cargo. El chiste era evidente pero me sobresalté. Habrá sido por el cansancio, el alcohol o la sinergia poderosa que envuelve a los indiferentes, pero la cuestión fue que me levanté de un salto y salí a recorrer casas que me prestaran el atuendo. Cerca de las seis estaba yo en una esquina con un enorme saco gris de algún finado y una corbata con reflejos rojos y violetas espantosos. Me presenté en el colegio donde debía ejercer la presidencia. Sin dormir, ajeno a los trámites, aquello era una pesadilla tempranera. En el baño me recompuse, robé café de un termo y me dispuse a gobernar. A mi lado los fiscales de los partidos, preparaban sus útiles escolares: éramos todos pibes volviendo al colegio, atentos a los dictados, vigilados por el preceptor vestido de gendarme, repasando la tarea.

Los trajines de galán jovencito con dos novias me estaban doliendo en el cuerpo: durante toda la noche estuve yendo de una casa a otra para estar con ambas. Cené doble, amé doble y llegaba esquizofrénico al día cívico más importante de mi vida. Un codazo leve me despertó: llegaban las urnas y debía bautizarlas. Las bendije, hice algunos chistes malos sobre la religión y di por comenzada la sesión: "Señores, pueden hablar si quieren", me dirigía a los fiscales que me miraban ya aburridos de mí y de mi apartidismo bastardo. Lo supe: todo presidente de mesa era en aquellos tiempos algo así como un roedor sin ley, un traidor a la patria, un tibio vomitado por Dios y los Jefes Políticos y la Historia y la Ley y la ausencia de valentía por portar una bandera.

Soy un nadie, uno al que no convencieron de nada, soy lo que queda de esta sociedad, soy un itinerante, un buscador de laberintos, repetía yo de memoria un poema a la chica dócil y con aire hippie que se acercó a traer el desayuno a uno de los punteros.

"Vos sos un vivo que no se quiere comprometer", me estampó por lo bajo. Y se fue meneándose con eficacia y valentía frente a un cobarde que ejercía con el desvaído título de Presidente de Mesa.

Todos lo oyeron y se complotaron para echarme una mirada piadosa, como la que se da a los desertores antes de la hoguera o el pelotón. Luego el día se desmadró: algunos amigos en la cola que pedían rapidez y que mi cargo sea disuelto, otro que ejerció el voto cantado, literalmente entonando una marcha partidaria, la presencia de mi padre y su oración --"Hijo, yo sabía que ibas a llegar bien lejos"- cuando le firmé y sellé su viejo DNI tamaño carpeta.

De vez en cuando para no aburrirme contaba historias acerca de mi neoperonismo cercano a Willian Cooke y del romance secreto que mantenía Balbín con Isabel Perón. Que en el fondo todos actuaban y que este país se iba al carajo. Me odiaban silenciosamente. Cerca del mediodía mientras los fiscales iban almorzando su pitanza de campaña --ni una miguita me convidaron como si fuera un apestado - recordé que ese día ostentaba más poder que el brazo armado de la ley.

Llamé al policía quien, sorpresivamente, se cuadró ante mí. Invirtiendo la ecuación lo semblanteé, escudriñándolo por si no estaba ante un subversivo y seguidamente le largué con voz marcial: "¡Documentos por favor!". Era el mismo que vigilaba la plaza de mi barrio en su Comando Radioeléctrico y que reiteradamente me los había pedido cuando pasaba para el ensayo con mi grupo de rock. "¿Me vas a llevar preso como siempre o me harás el favor de ir a comprarme algo de comer?". Se puso colorado de indignación y sonrió turbiamente. Un viejo me tocó el brazo: "Tome joven, me parece que actúa así por falta de comida", y me entregó un sánguche de milanesa glorioso. "Puede retirarse", le dije al cabo culminando la escena. Luego fui al baño y en el espejito me miré largamente: era un clown descolorido, con barba de dos días, sin fe y contando chistes malos.

Salí y luego de votar, me firmé yo mismo el documento. Contamos las boletas, se firmó, nos saludamos para nunca más vernos y sobrevino una noche fulminante que dejó a todos solos en medio de un viento inesperado. Caminé hacia la esquina y no había taxis. Un viento extraño había armado como un pequeño ciclón con basura, hojas y boletas con las caras de los candidatos. Allí, bajo el foco de la luz, abrazada a su novio estaba la chica neo hippie que me miraba burlona. Era hora de cambiar de hábito y de vida. Me saqué la corbata y la tiré en el baldío de la esquina. Nunca más habría de ser presidente de una república donde yo sea quien la gobierne. Yo era el apolítico, el sin bandería, el alcahuete inerme de una Nada que no me contenía, yo era un artista fuera de la vida que no encajaba en modelo alguno.

Pero en medio del fragor de idiotez, mal aliento, cansancio y desprecio hacia mi persona desvaída de creencias erráticas, honré a los que no estaban, a los soldaditos en Malvinas, advertí que había estado en un sitio histórico y que sea como fuese, en nuestro futuro había una lucecita al final y que mi armadura de indolencia la había abandonado junto a la corbata en aquella esquina y que nadie, nunca más, me habría de quitar mi voto, ese que llevaba en el DNI, firmado por mí mismo. Y que era preferible ese gesto antes que el olvido.

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