CONTRATAPA

El diente de oro

 Por Juliana Mandolesi

Isla Ometepe, Nicaragua.

Basado en la leyenda urbana del "Indio Largo".

Aquí, en el campo, nos devolvíamos ﷓él a mí y yo a él﷓ las cómplices sonrisas a la hora de la mesa. Tío, con su "diente amarillo" que en realidad era de oro, introducía en su boca salvajemente cucharada tras cucharada la rica sopa con plátano de mamá. Después me decía ﷓susurrando para generar una intimidad, pero lo suficientemente fuerte como para que lo escuche mi padre﷓: "Niña, niña, ¿a quién quiere más usted; a este espárrago flaco de su padre o a su tí﷓íto?" "¡Tío!" respondía yo, aún niña, para complacerlo. Respondía que lo quería más a él porque me gustaba ver cómo, satisfecho, se echaba hacia atrás haciendo equilibrio con las patas traseras de la silla y nos mostraba nuevamente aquel diente de oro amarillo después de lustrarlo un poco con su lengua gorda. Mi padre, puramente, reía de las salidas de su hermano, quien también le contestaba con una risa y más alardes. No creo haber preocupado a papá, no sé si alguna vez le han generado preguntas mis respuestas. Para nosotros que vivíamos todos juntos, compartir el cariño era moneda corriente. Y mi tío, por soltero y gracioso, se llevaba gran parte de él.

Los problemas comienzan cuando todo está demasiado bien, excesivamente calmo.

Tío, no sé cómo ni por qué, comenzó a visitarse con el Indio Largo, un brujo maldito y odiado por todos en el pueblo. Ya casi ni paraba en casa, vaya a saber uno dónde dormía. O si dormía; cada vez que aparecía tenía los contornos de los ojos más opacos, desalmados; apenas se le asomaba el amarillo diente translucido en una breve palabra. Mi padre se agarraba la cabeza y decía "Está perdido, mi hermano, perdido".

Aquí en Ometepe los comentarios eran cientos. Con mi puñado de billetitos y la larga lista, salía a hacer las compras porque mi madre y mi padre, avergonzados, no querían ya salir de casa.

Cuando tenía que regresar con las pesadas bolsas, un señor de esos que están siempre parados en las esquinas me acercaba de pena en su bicicleta hasta mi casa; pero no hasta la puerta, nadie quería detenerse ya frente a nuestra puerta. Él me dejaba a veinte metros y me decía en voz baja "Baje, niña, baje" mientras miraba hacia los costados. Y al ingresar por el sendero, yo me quedaba viendo detrás del grueso tronco de un mango, cómo se persignaba y se sacudía las manos, como quitándose un mal por haberme hecho un favor.

Con el paso de los días la cosa se intensificó, Tío se fue perdiendo cada vez más, ha hecho daños, decía la gente, que ha robado, que ha invocado espíritus malos. Dicen en el mercado que ya no somos familia respetable por haberlo acogido cuando regresaba hambriento a casa, que ya somos un caso perdido.

Yo creo que es verdad, no hay vuelta atrás.

Ese Indio Largo... apenas si lo he visto por la calle alguna vez a ese brujo; una piltrafita de humano, un perro flaco con aretes de atrapasueños. Y anillos de oro que dicen que en realidad son niñas, que las ha capturado y convertido en joyas para tener en el cuerpo un poquito de inocencia. El tiene el poder de convertir a la gente en otras cosas; y eso lo sabemos todos.

Habían pasado ya treinta días sin que Tío se apareciera en casa, mamá y papá no asomaban la nariz a la calle todavía. Si alguien pasaba por el frente de nuestro hogar y de reojo pispeaba o intentaba oír algo, todo parecía calmo, como si hubiera vuelto mi tío y fuera bueno nuevamente; como si nunca se hubiera ido. O como si hubiéramos muerto todos ahí adentro. Sí, eso... una casa tapera. Pero en verdad, en las entrañas de las paredes de mi casa todo fue puro caos en aquellos días. "¡Mi hermano, dónde estará mi pobre hermano!" llorisqueaba mi padre. Mamá se tomaba la cabeza con las manos. Yo misma era toda una tristeza, un suspiro de fantasma. "¡Que habrá hecho con él ese brujo desgraciado! ¡Quiero que me lo devuelva!" Mi padre apretaba los puños contra el grueso de la madera y maldecía a aquel Indio Largo con tanta fuerza y con tanto odio que yo temía que el brujo le oliera el pensamiento. O que uno de los tordos que se posaban a la tardecita en la verja de casa hubiera sido un enviado del hechicero, que fuera después a susurrarle todas las maldades que le habíamos deseado. Mi padre exigía, fuertemente: "Ojalá se muera". Y yo oraba por lo bajo, repitiendo aquellas palabras: "Ojalá se muera. Ojalá se muera. Ojalá se muera. Pronto."

Después debía yo salir a la calle nuevamente, con la lista abollada en las manos, apretándola fuerte para disminuir la vergüenza.

Mientras el mercado rebalsado de frutas me engullía, detrás de los canastos me ponía a oír los comentarios de las vendedoras. Intentaba obtener alguna información que pueda dar con el paradero de Tío, pero nada era cierto, todas decían cosas diferentes, como si hablaran de muchas personas.

Un día, una de las reses de mi padre enfermó seriamente. Tenemos pocas, así que fue doloroso para él sacrificarla. Y para mí fue igual de doloroso verlo, porque era como una mascota, la usábamos de leche, no de carne, pensábamos que viviría hasta más viejita.

Papá la tomó por el cuello, la reconoció a la cara, se detuvo unos segundos en los ojos de la vaca que le clavó la mirada fijamente, la fila de pestañas se había petrificado en dirección a él, el inmóvil animal desde el suelo lo observaba, mientras gemía dolores que suponíamos inframundanos. Mi padre, también hecho roca, con el cuchillo en las manos y la figura desgarbada, como nunca lo había visto, con la impotencia de todo lo que nos estaba aconteciendo, simplemente enterró el filo en el cuello de la res, que se desplomó enteramente en el suelo, como saco de piedras.

Una vez el río de sangre que hacía barrial sobre el polvo del patio cesó de correr, él reunió coraje nuevamente para tocar al animal. Ya estaba frío, ya se le había escapado el alma: empezó a cortar. Descarnó parte a parte, mientras metía los pulposos cortes en un gran tanque azul. Yo, desde la puerta que da al patio observaba el sangriento trabajo.

Luego, cuando hubo terminado con todo, pidió la ayuda de mi madre para limpiar el sitio. Él tomo los restos de la bestia por los cuernos, costó desprender la cabeza del espinazo. Me tapé los ojos. Un sonido crudo y seco "Crac﷓sssac" me indicó que ya había arrancado la cabeza. Observe cómo, con un último rudo esfuerzo, la arrojó lejos. El eco del cráneo en la tierra hizo temblar las enredaderas.

Yo me acerqué, desde mi metro cuarenta le miré los ojos. No había ya más nada en ellos. Con la mirada recorrí sus cuernos, sus duras pestañas, sus labios... Allí, entre sus labios, en la boca entreabierta y sin vida de la vaca, vi brillar el diente amarillo﷓dorado que bien conocíamos. El diente de oro. Con mi mano temblorosa le cerré la boca, como se le cierran los párpados a alguien que sin querer ha muerto.

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