CONTRATAPA

Ornamentos del fin

 Por Stefanía Sahakian

"El recuerdo, como una vela, brilla más en Navidad" Charles Dickens.

Hay lugares que brillan más en esta época del año. Lugares que suelen ser de paso, grises, se encienden en la ciudad e irradian un aroma festivo y también nostálgico, que transforma a las fiestas en una epidemia que invade no solo las vidrieras de los locales céntricos, sino también los pensamientos del peatón más distraído, que se siente obligado a levantar la mirada y se hipnotiza con el primer foco de luz que anuncia las celebraciones próximas y que tiñe todo de nuevos comienzos.

Aquellas luces que cuelgan como inocentes e inofensivos ornamentos prologando las fiestas, poseen también la incómoda función sepia para trasladar a quienes pasean hacia recuerdos que empapan el fin de año de una tristeza calma, que se mantiene hasta que los fuegos artificiales y los descorches la sepultan (o la agravan).

Tristeza que se percibe flotando entre los caminantes cuando cambian su habitual ritmo acelerado por pasos más reflexivos, como si aquellos brillos y luces los afectara hasta pausar sus movimientos. Irrumpen los místicos adornos una vez al año con un cruel tintineo pavloviano en el torrente de deberes y obligaciones que recorren la peatonal y los inyectan con un paquete de memorias que los conmueve y los vuelve más pesados.

Dejan, por unos pasos, los contratiempos del trabajo -que son lo que suelen cargar en esas peatopistas céntricas-, levantan sus nucas oxidadas por la mirada puesta en la pantalla y se dejan transportar por aquellos adornos que irrumpen anónimos en la linealidad urbana.

Transforman al caminante de paso convencido en uno desorientado que deambula las calles y los tiempos a los que fue desplazado, coronado por las figuras brillantes que penden del cielo cableado.

Un roce de mirada basta para que la melancolía arremeta contra el cuerpo desarmado y lo teletransporte como aquella sensación que Dickens nombró fantasma pero que bien podría ser un olor, una canción, una palabra, una comida, porque tienen la misma función: arrancarnos de las veredas calientes, desalojarnos de una jornada alienante y mostrarnos lo que realmente tenemos, donde realmente estamos. Llegando a esos momentos a los que necesitamos llamarles fin. Porque no soportaríamos nuestros pasos diarios sin creer que al menos, de vez en cuando, todo eso se acabará y llegará un brillo de arriba, una figura extraña que nos llevará a otro lado.

Entonces, cada tanto tenemos fines y celebramos y nos reunimos con gente que alegremente no vemos durante el resto de los días pero a quienes elegimos para los finales, vaya uno a saber por qué.

Paso por debajo de unas luces decorando la peatonal y sin cerrar los ojos llego a mis 8 años, a mi abuela pidiéndonos a mi y a mi hermana que fabriquemos, con lo que tuviésemos a mano, adornos para colgar del arbolito, tarjetas artesanales para los regalos y cualquier otro ornamento que pudiésemos inventar. Eran tardes de investigar el patio, de encontrar ramas, hojas y bichos que terminaban pegados sobre un papel escrito con fibrones rojos y verdes. Y llegar ahí es tantas ausencias. Pero sigo caminando y otro roce me lleva a mis primos ensayando un villancico para la cena de Navidad (a mí me tocaba solo rematar con el din-don-dan y estaba preocupada por afinar las 3 sílabas que me habían adjudicado). Salto hacia reuniones que por suerte están borrosas, pero las escucho, las siento. Y sigo hasta fuegos artificiales a las 12 y un brindis empapado de abrazos y buenos deseos para un comienzo que todos imaginamos que aparecerá, mesiánico, de un día para otro y con buenas nuevas.

Están ahí. Inmóviles, suspendidos, con un aire inocente, esperando a los que pasan para asaltarlos con la nostalgia de las fiestas, con el goce del fin (de año).

Es esa tristeza de saber ahí, en algún lugar, que es mentira, que aún no se termina nada, que debemos seguir caminando. Y es calma porque simula el fin que deseamos y en el que creemos. Y por un contrato silencioso, festejamos el fin todos y amanecemos más pesados y llenos y cansados para un comienzo que en realidad no inaugura nada nuevo, salvo el recuerdo del deseo del fin.

Y para que el pacto siga vigente y para que los fantasmas sigan llegando, cuando pasa la hipnosis callejera, lo primero que haremos será lanzarnos sobre una tienda y llenar una bolsa con adornos, luces y santos que llevaremos felizmente para decorar nuestros hogares.

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