CONTRATAPA

Los del barranco

 Por Javier Chiabrando

Aún recuerdo el vértigo. Yo asomado al vacío de un décimo piso en construcción, sin paredes, ventanas ni puertas. Abajo sólo vacío. En realidad estaba la barranca, el Monumento a la Bandera y millones de personas, pero yo sólo podía pensar en el vacío. En ese momento hablaba Alfonsín, que poco después sería presidente. Visto desde abajo, el edificio repleto de gente despertaría en todo escritor la metáfora "panal de abejas". Éramos gente dando sus primera pasos en la política. Es decir el debut político.

Era épocas de debutes. En la vida, en la política, en el trabajo, en el sexo (en eso se renegaba el doble, para qué mentir). No recuerdo cómo llegué a ese edificio, seguramente siguiendo a debutantes como yo. Casi no recuerdo otra cosa que el vértigo. El miedo de caer. De ser empujado. Seguramente era miedo a ser traicionado por el mismo tipo que me motivó a ir arriba, como si en el mismo debut hubiera entendido la política de pe a pa, del amor a la traición, del compromiso a la indiferencia.

Vos fuiste a otra movilización. La del candidato peronista que nadie recuerda de tan poco peronista que parecía. Seguramente cantaron la marchita y el que más desafinaba sería el propio candidato. Más tarde, en los bares donde nos cruzábamos, la gente discutía la cantidad de gente de cada movilización. Exultantes, todo se contaba en millones, la gente, los votos por venir. El futuro.

Poco antes algunos nos habíamos desayunado (otro debut) con que nos habían sometido a una masacre. Supongo que en escandalizarse y dolerse por ese horror estuvimos de acuerdo. Aunque si la memoria no me falla, te me reíste desde una vereda cuando me viste en una marcha contra el intento de golpe de los carapintadas. A esa altura marchar ya te parecía poco. El peronismo te parecía poco. Querías la revolución o nada, y yo apenas era uno que trataba de estar en el lugar correcto.

No sé si yo te seguía a vos o vos a mí. Pero la decepción de lo que defendimos aquella tardenoche en el Monumento a la Bandera fue mutua. Nos costó entender que nos habían sacrificado, como a vacas. Después te vi marchar en defensa de la escuela pública y yo me burlé, porque lo que estaba de moda era no creer de la política y abjurar de las convicciones del pasado. Así, de a poco, nos convocaron a no convocarnos. Nos hicieron creer que el país funcionaba mejor sin que nosotros metiéramos la nariz.

Qué buenas que eran las discusiones que no tuvimos (comprábamos en diferentes librerías) cuando desde algún templo del saber nos imponían libros y uno de los dos no quería leerlos mientras el otro lo compraba al instante. Es que tanto hablar de Foucault y de Las venas abiertas... que a uno le daban ganas de leer Patoruzito de la mañana a la noche. Con el cine era lo mismo. Uno haciendo cola para ver la ganadora del Oscar y el otro dale que te dale con el cine polaco, ruso, iraní.

Cuando yo perdí en un rodrigazo lo que había ahorrado vendiendo una guitarra, vos entraste a trabajar en un banco. Después tu banco se fusionó con otro y vos te quedaste sin nada, ni siquiera con el ticket de una guitarra empañada. Entonces me fui a Europa como todo buen argentino se merece. Y disculpame si no pude ir a las movilizaciones donde defendían los puestos de trabajos perdidos. Después de todo era tu trabajo; yo ni siquiera tenía.

Volví, como dice el tango, a buscar algo de mi pasado. Y vos te fuiste escapando de uncorralito o rodrigazo tardío. Ya por entonces no iba al Monumento a la Bandera a defender ideas sino a comer lomitos y a mirar chicas. La verdad, era divertido. Pensar en el pasado era cansador. Pensar en el futuro era ilógico teniendo tanta vida por delante. El presente eran lomitos y chicas. Toda la relación con la política se basaba en un estado de indignación que se parecía mucho a la indiferencia, y que se calmaba con un vaso de cerveza. Creo que fue allí donde me contaron que habías vuelto también vos con la frente marchita.

Somos como esos personajes de Bryce Etchenique que dan vueltas por el mundo y si se cruzan en un aeropuerto, uno viene de separarse y el otro de casarse. No sé cómo hicimos para estar siempre en lados contrarios. Es un misterio que no podría explicar ni la ciencia ficción. No a la deuda, sí a la deuda, no a los buitres, queridos buitres, basta de peronismo, lo único que hay es el peronismo. Fuimos convocados. Fuimos abandonados. Dejados de lado y vueltos a convocar.

Y de ahí en más ya no paramos de desencontrarnos. Yo volví a movilizarme y vos cambiaste la política por la autoayuda. Alineabas tus chakras mientras era el país el que se desalineaba. Y para sorpresa de todos un día me subí al caballo de los que apoyaban al candidato peronista, o como quieras llamarlo. Y cuando esperaba verte allí, dándole al bombo, resulta que te habías vuelto una especie de radical, o estabas metida en una de esas cosas en las que estuvo metida el radicalismo y que no recuerdo ni yo ni ellos.

Después te vi otra vez en el Monumento a la Bandera. Esta vez por tele. Caceroleabas de lo lindo. Pedías una especie de revolución al revés, no darle nada a los pobres, a los negros, a los chicos, a los abuelos: excepto a los tuyos, claro. Eras tan parecida y a la vez tan diferente a aquella que quemabas gomas frente a cualquier edificio público. Habías adelgazado pero la ilusión era de gordura. Creo que era un efecto especial producido por el reflejo de las cacerolas en los Ray Ban.

Ahora nos toca volver de nuevo a la barranca, como aquella vez en el '83. Pero no es sino una barranca simbólica porque estamos frente a la facultad donde el presidente que no sabe hablar ni leer, y que también debe haber dejado pasar la oportunidad de leer a Foucault, se presenta ante su pueblo. Eso sí, el pueblo está bien lejos, porque parece que así es la nueva moda en la política. El pueblo tan lejos del presidente. Yo tan lejos de vos.

Levantabas la banderita del otro lado de la valla. Por ahí no eras vos y me engañaron mis ojos, que a veces también sufren de vértigo. Una vez consulté a un médico y me dijo: "es el vértigo de ser argentino. Se cura naciendo de nuevo en otro país". Ahí estabas, sacudiendo la banderita con pocas ganas. Había gente a tu alrededor pero la sensación era de soledad.Debe ser porque en una ciudad sitiada por policías y gendarmes, todos estamos un poco solos.

No me puedo quejar: Volviste a la política. Volviste al principio, a ese vértigo. Los detalles no son menores: Estás de lado de la policía que reprime, de los tipos que entregan el país, del que enciende la mecha. Pero tanto nos desmovilizaron y nos vendieron gato por liebre, que no puedo culparte de que estés del lado contrario al mío. Por ahí, quién te dice, en la próxima, nos encontramos tirándole piedras al helicóptero. En este país, que pasó del que se vayan todos a que vuelvan todos, todo es posible.

Luego me fui corriendo a la barranca, donde aquella vez me subí al edificio en construcción y que ocupé como abeja de panal. Miré el edificio y me di cuenta de que en ese lugar no sería bienvenido. Se volvió una madriguera para ricos. Tiene tantas cámaras, porteros y rejas que adentro la gente debe coger vestida, por las dudas. En el fondo es mejor. De pensar en subir ya me vuelve ese vértigo que nunca me abandonó. Deben ser las vueltas de la vida. Las vueltas de este país. Tantas vueltas que hasta los lomitos eran casi imposibles de pagar de caros que estaban.

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Imagen: Alberto Gentilcore.
 
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