CONTRATAPA

Tema del traidor y del héroe

 Por Roberto Retamoso

Siempre supo que la vida del político es esforzada y dificultosa. Lo supo cuando comenzó su carrera, muchos años atrás, en esa ciudad del oeste de la provincia, en plena cuenca lechera, donde el ritmo cansino de los poblados del interior se veía alterado por una actividad industrial que la distinguía del resto de los poblados de la zona, volcados generalmente a actividades agropecuarias.

Quizás esas características de su pago chico, donde su familia también había participado de la industria láctea, quizás cierta intuición visionaria que le permitía vislumbrar su destino futuro, hicieron que eligiese la carrera más adecuada para formarse y prepararse para lo que vendría con los años: Contador Público Nacional.

Con ese título bajo el brazo fue intendente, recién pasados los treinta, de su ciudad natal, la misma que había tenido la dicha de engendrar otros hijos destacados y de fuste, como ese médico anatesista que llegó a ser gobernador de la provincia, o ese abogado especializado en pleitos que le aseguraban suculentos dividendos, que llegaría al tribunal máximo de la República.

Seguramente signado por la misma estrella local que trazaba, en el firmamento astral, destinos tan venturosos, inició entonces la lenta pero sostenida carrera que lo llevaría, con el tiempo, a escalar cada vez más las laderas que conducen a la cima del poder. Ministro provincial, consultor de bancos en el corazón del imperio, al lado de Wall Street y Manhattan, nuevamente intendente de su ciudad natal, diputado nacional y senador por su provincia, galardonado por famosas fundaciones por su tarea como administrador público de la década, se dedicó con ahínco y paciencia a construir, detrás de un perfil productivista y desarrollista, pero jamás enfrentado a los intereses de la oligarquía agropecuaria que lo cobijó y dejó crecer, una imagen de político moderno, confiable y apto para desempeñar las responsabilidades más elevadas en los distintos poderes del Estado.

Sus orígenes inevitablemente plebeyos lo llevaron a militar en el movimiento fundado por Juan Domingo Perón, claro está que con toda la libertad de maniobra que le concedía su carácter pluralista, policlasista y esencialmente amplio, que le permitió siempre operar en función de intereses que no eran precisamente los de la clase trabajadora, lo cual disimulaba apelando, de vez en cuando, a alguna máxima formulada por el General.

Sin embargo, su identificación con la figura señera de Perón se basaba más en determinadas apariencias que en las cuestiones de fondo. Y no sólo a nivel de los asuntos doctrinarios fundamentales, sino incluso en el plano menos relevante, por lo menos desde el punto de vista de lo político, de las aficiones o gustos estéticos. Así, mientras al General le atraía fuertemente el "Martín Fierro", algunas de cuyas sextinas siempre recitaba en el exilio al recibir los numerosos y heterogéneos visitantes que concurrían en busca de su palabra rectora, al él le gustaban los relatos fantásticos e irreales de Borges, acaso porque le permitían la experiencia de huir de la dura y cruda realidad, entregándose a sofisticadas y complejas especulaciones filosóficas que, además de ponerla en entredicho, ofrecían la posibilidad de imaginar arbitrarias y caprichosas manipulaciones que permitían transformarla a su antojo.

De ese modo, sin que nadie lo supiera, porque de haberse conocido ese amor por la obra del poeta ciego que hizo del antiperonismo una causa personal y obsesiva ello le hubiese costado muy caro, solía frecuentar sus relatos y sus ensayos cada vez que debía enfrentarse con circunstancias problemáticas. La lectura de Borges, bien lo sabía, era una inagotable cantera de inspiración, de la que tomaba ideas, ejemplos, menciones y hasta propuestas gnoseológicas, a partir de las cuales elaboraba, amén de sus proyectos, sutiles estrategias que le permitían incidir, siempre con éxito, en la lábil pero inclaudicable sustancia de la vida política.

Fue así como, enfrentado a la más dramática de las múltiples encrucijadas que debió afrontar a lo largo de su exitosa carrera, hizo lo que hacía siempre en situaciones como ésa: recurrir a las iluminadoras escrituras del Maestro. Las noches previas a la noche decisiva, aquella en la que se jugaría, para siempre, su destino, abrevó de las páginas del relato más apropiado para sortear ese momento: "Tema del Traidor y del Héroe".

Se encontró, entonces, como tantas veces, con la figura de Fergus Kilpatrick, y también con su sombra.

Releyó -recordó- esa historia ejemplar, por la cual la Historia podía copiar a la Literatura, haciendo de la realidad un inmenso teatro, en el que los actores, como decía el texto, fuesen legión. Sin embargo, algo había en la fábula borgeana que no podía aceptar: su preciso desenlace, que hacía del Traidor un Héroe porque aceptaba inmolarse, dando su vida por la causa, con el propósito de que el pueblo conmovido se alzase en contra de su sus enemigos.

Más pragmático, a tono con el espíritu de la época -tan distante, por cierto, del espíritu de los revolucionarios irlandeses que había inspirado a Borges-, había decidido modificar el final de la historia. Así fue como en vez de inmolarse dando la vida, decidió hacerlo entregando su honra y su gloria. Pensó -calculó- que asumir ese escarnio era infinitamente mejor que la muerte. Pensó, razonó, que mostrando al Traidor en todo su esplendor y transparencia, los millones que lo observarían a través de la pantalla de los televisores o de las computadoras donde estarían presenciando, fascinados y atentos, el drama, comprenderían que la traición debía ser repudiada eternamente, salvando al Movimiento y a la Patria de sus riesgos en el futuro eterno.

Conocedor profundo del alma humana, decidió de tal manera aleccionar, por medio de lo que los retóricos llamarían un contra-ejemplo, a sus compatriotas, a sus compañeros, a las generaciones por venir, acerca del infausto peligro que representaría, hasta el fin de los días, la mera posibilidad de la Traición. Amparado por esa convicción, el día decisivo, el día en que descubriría, por fin, qué era lo que se cifraba en su nombre, marchó hacia el recinto, se sentó con decisión en su banca, y profirió, para que esas palabras quedaran grabadas en la memoria histórica hasta el fin de los tiempos, unas pocas palabras: "mi voto es positivo".

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