CONTRATAPA

Tallu

 Por Víctor Zenobi

...le ferite e tutti gli errori dell┤innocencia,

que dannoa la nostra sperienza, un valore íntimo

L. Pirandello

Cuando alguno reunía algo de plata, nos sentábamos en un bar de Pellegrini y Buenos Aires para jugar al juego intelectual. Uno de nosotros daba la inicial de un nombre famoso, que los demás tenían que averiguar ganando unas preguntas con nombres que comenzaran con esa inicial. Atraídos por el juego, no era inusual, que alguno se acercara y pasara a formar parte de la barra. Tallu fue uno de esos muchachos, que buscaba integrarse puesto que había venido de Polonia con su familia a la edad de diez o doce años.

Por diferentes razones que no vale la pena detallar, razones tal vez impenetrables, el grupo no congenió con él y éste, incómodo ante las ironías que arrojaban sobre su modo de hablar, no tardó en congeniar conmigo.

Yo había salido del servicio militar y estaba planeando un viaje "a dedo" y Tallu no tardó en sumarse con total beneplácito de ambos. Decidimos ir a Misiones, a una colonia de polacos, Wanda, que según Tallu nos recibiría sin retaceos y a la que nunca llegamos. Nos habíamos preparado y estábamos listos para salir, cuando Tallu me dijo que su madre no lo dejaba y que tal vez, yo podía convencerla. Su madre era una mujer muy reservada, hablaba muy poco y en general no solía comentar algo personal, pero ese día, ante la perspectiva de que Tallu se alejase por un tiempo indeterminado, para colmo ante de las fiestas, me comentó algo que explicaba en parte su resquemor. Había estado en un campo de concentración donde había visto a mujeres enloquecidas por el hambre, que robaban la comida a sus hijos. Frente a esa revelación siniestra, susceptible de ser enunciada potencialmente acerca de algo que llamamos inhumano, yo asumí mi perplejidad que se extendió cuando ingirió unos tragos de vodka o ginebra para apaciguarse y me dijo con un tono de zozobra y resignación: "Ni tú ni Tallu deben pagar por las circunstancias de mi vida. Pueden irse. Lo único que te pido Víctor, es que lo cuides, Tallu parece fuerte pero es muy vulnerable".

Imaginándonos Perseo y Belerofonte, acaso porque nuestra aventura constituía un desafío a lo imprevisible, donde siempre subyace la posibilidad de la muerte, esa misma tarde partimos presurosamente. Narrar las contingencias de un viaje suele resultar abrumador para quien lee o escucha; referiré lo que nos parecía esencial en aquella época. Una ocasional aventura con unas jóvenes, que fue el prolegómeno de otras que se presentaron en el trayecto hacia Posadas y luego, hacia las Cataratas, como una confirmación de que abandonábamos nuestra adolescencia. Cuando nos regalaron un monito Tití en Encarnación, decidimos traerlo simbolizando de una manera pueril y sin duda inconsistente, que nos habíamos confirmado como hombres.

Lo cierto es que los hechos distaban mucho de verificarlo. Tallu tenía un jeep con el que recorríamos la ciudad y con el cual, dada los hábitos de la época, solíamos atraer a las jóvenes que no resistían la posibilidad de divertirse. El éxito fue mayor a partir del momento en que llevábamos al mono al que habíamos bautizado con el nombre de Tavi Baproski, una síntesis de nuestros nombres y un apellido polaco cuya significación era lo suficientemente impúdica y grosera como para insertarlo en castellano. El mono estaba una semana con cada uno, con los consiguientes inconvenientes propios de su naturaleza, que acrecentamos enseñándole un hábito típico de la adolescencia. El grado de excitación en que a veces incurría acarreó más de una situación en extremo hilarante, que no por eso dejó de traernos consecuencias un tanto complicadas. Finalmente el mono murió. Según el veterinario, "por el hábito excesivo que le habíamos inculcado".

Cualquier relato se inscribe a partir de algo no dicho y que posibilita entramar asociaciones que intentan simplificar lo que se quiere relatar, ya que la realidad siempre es más compleja y hasta inasimilable. Lo cierto es que yo me estaba cansando de tanta banalidad infructífera y creo que por lo mismo, Tallu se enamoró. Mi hermana era un poco más grande que él y después de un tiempo de inestable romance, lo dejó. Tallu estaba mal pero como era su costumbre, no accedía a hablar de ello.

Volvimos a las andadas, retomamos el ardid con el que nos presentábamos ante un grupo de muchachas, en el Iberia como en la arenera o La Florida. Yo declaraba ser el valet de un joven aristócrata polaco del que daba sus dos nombres y sus dos apellidos y que había emigrado a estas tierras que variaba, según me parecía, frente el auditorio femenino que estaba tratando. Un aditamento especial era que nos veían bastante parecidos, sólo que era imposible hermanarnos sintácticamente.

Pasaron unos meses y le dije que ya no quería seguir así. Me inscribí en el profesorado y aprovechaba la mayor parte del tiempo, indagando la obra de Pirandello que me volvía a revelar un costado de la vida en que solo la literatura era la vida para mí, puesto que todo lo demás finalmente perdía su sentido. Y en algún momento, al dudar si la literatura podía salvarme, fue mi madre la que a costa de su vida veló por mí... Cuando ella murió, recordé a la madre de Tallu y creí comprender la historia de mi amigo, sus esfuerzos por parecerse a lo que se esperaba de él, que provenía de un mundo diferente, un mundo marcado por las intensidades de Kafka, Meyrink o Karel Capek. Me percaté de que Tallu no podía desprenderse de una concesión excesiva a la imagen que forjábamos para ser aceptados y eso, para él, en un ámbito que no era el de su origen, acarreaba una condena en donde el sufrimiento estaba velado.

Pasaron los años y nos veíamos muy circunstancialmente. En una oportunidad, nos encontramos, imprevistamente, a una de las mesas de El Cairo donde yo estaba con unas amigas, y deleitó con sus relatos que, como era nuestra costumbre, se extendían en una parte ficcional. Cuando nos fuimos, me dijo al oído: "Tenés que escribir la historia del mono".

Yo le prometí visitarlo, pero nunca lo hacía. La última vez, lo vi muy solo, apagado por el desgaste de los años y un exceso de desidia en la expresión. Creo que una o dos semanas después se suicidó... Una intermitente decepción conmigo mismo se hizo constante y ahora solo apelo a la inútil inscripción de su nombre en unas hojas para expulsar un reproche antiguo, filial, subyacente, del que no logro saber hacia dónde me conduce.

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