rosario

Domingo, 29 de abril de 2007

CONTRATAPA

Sabía que iba a pasar

 Por Luis Novaresio

Uno: Y yo sabía que eso iba a pasar. Al menos, que no podía transcurrir mucho rato sin que eso se escuchara. Miré, atendí a todas las radios, leí. Cuanto pude, leí, convencido de que la prensa reflexiva cultiva mejor este tipo de razonamientos. Me dediqué hasta a las cartas de los lectores, ese raro espacio en los diarios que todavía preserva el derecho de expresión a la hora de la palabra escrita, tan perdurable, menos frívola que el oyente de la radio o televidente de la caja boba que opina de todo con la secreta esperanza de hacerse famoso. Y nada. No pasaba nada. Raro, me dije. Pero yo sabía que eso iba a pasar.

Al tercer día, resucito de entre los valores muertos. Comenzó con el clásico grito de voz ahuecada: ¿Y mis derechos humanos?, es la primera pregunta casi retórica. Enseguida viene la otra: ¿O solamente los delincuentes tienen derechos humanos? Ese huevo empollado por la ineficiencia de los inquilinos del poder hace parir en un rato la contradicción inexistente. Pero tan efectiva. Tengo hartazo, te empiezo a escuchar, hasta el cansancio existencial de escuchar a los periodistas preocuparse por los derechos humanos de los delincuentes y olvidarse de los de los ciudadanos decentes que laburamos para parar la olla. Y eso sigue. Vos, seguís.

Explosión volcánica que no se detiene como todo lo que es movido por las pasiones ciegas. Las criaturas, como a vos te gusta decir, los pibes, los chicos, son delincuentes que han asesinado, robado y en el mejor de los casos golpeado a algún anciano al que le arrebataron dos mangos con cincuenta que es toda su jubilación. Las criaturas delinquen dos, tres, quince o veinte veces, terminás gritándome. Reinciden, repiten, demuestran que lo han hecho y están dispuestos a seguir haciéndolo. Pero el señor, o los señores periodistas en el mejor de los casos, se preguntan por los derechos humanos de los pibes.

En este país hay pibes que toman agua de pozos infectados de enfermedades del subdesarrollo. En este país hay viejos que mueren sin siquiera acceder a un tratamiento médico que era antiguo en el siglo XIX. En este país, me mirás odiando mis convicciones, vos y yo reventaríamos en la calle si no tuviéramos laburo y una prepaga algo más que indecente. Y vos, me decís, y vos te preocupás por los derechos humanos de los niños. Fue muy rubia la que lo dijo, pero debería yo también preguntarte si vos no esperás el que le den el Sheraton a tus criaturas que roban, golpean o matan veinte veces en sus quince años en un país que, mayoritariamente, vive en la Lata.

Y yo sabía que iba a pasar. Ni bien se apagasen las llamas que se llevaron la vida de un menor en el Instituto de Rehabilitación del adolescente rosarino IRAR, yo sabía que me lo ibas a preguntar.

Dos: No sé si mide. Pero debería. ¿Cuál es la expectativa de proyecto de vida de un niño? IEPV, bien podría ser. No mide. No cotiza ¿Demuestra más a un país que crece en su PBI? ¿Compensa menos balanza de pagos entre exportaciones e importaciones? ¿Expresa mejor que el coeficiente de GINI que insiste en ver las diferencias de ricos y pobres? IEPV, quiero que se llame.

Un pibe con pelo duro que roba veinte veces. Uno, acusado de homicidio, que muere quemado en la cárcel. Un chico de 23 años que se droga con 30 Rivotril por día que compra por teléfono sin receta y le mandan por cadetería. Un chico que abandona la secundaria porque no puede.

Pasa acá. IEPV. ¿Sabés cuánto da?

Tres: Matémoslos. Es sencillo. Me viene a la cabeza la imagen de los gatitos que nacían en la casa abandonada cuando éramos pibes y que nosotros quisimos adoptar. ¿Te acordás? Tu abuelo nos los arrancó de los brazos y los llevó al fondo con un balde de agua. No tenía sentido que vivieran, nos dijo. No tenemos espacio. Cuando alguno de los pibes comience con un delito, se le advierte. La próxima es la definitiva. No lo entiende, no se corrige, se lo mata. No exagero. Si es cierto que un crío de 12 años ya es irrecuperable para la sociedad, liquidémoslo. No hay espacio.

Porque de esto se trata. Saber qué ganas tiene esta sociedad organizada de ofrecerle otra chance al que se sale de la convivencia. Pero una chance en serio. No te hablo de la hipócrita actitud de proclamar con leyes lo que se violará con hechos ante la mirada impune del que dice con pretendida pesadumbre que es lo más que se pudo hacer, con esta crisis. Te digo pensar en serio, como privilegiados que tuvimos la opción de elegir, ni bien ni mal, simplemente elegir, para ofrecerles a los condenados a vivir como se puede. No te entiendo, me decís. Y es tan sencillo. ¿Cuánto creés que te corresponde preguntarte por el destino de Peloduro y tantos otros peloduros luego de exigir, con derecho, a estar seguro?

Y si no te alcanza con el imperativo moral, perdoname que te lo diga así, si no te alcanza, al menos apelá a tu instinto de superviviencia. Ya sabés que esta nada en la que estamos en el tema perfecciona la escuela de la violencia sin límites desde la edad primaria para que el pibe que ingresa en el sistema de la nada vaya perfeccionando su capacidad de alejarse de lo legal. Y cada vez, cada escalón, con más fuerza. Y eso no es un título en un diario, un flash en la televisión. Eso es dejar que tus detestados infiernos menores mejoren su condenado destino a la violencia sobre vos. Sí, sobre vos. Sobre tu vecino, sobre tus afectos.

Cada vez que te escucho pedir que los que queremos derechos humanos para los delincuentes nos pongamos en la fantasía de ser los violentados quiero pedirte un análogo esfuerzo de imaginación para que sepas que los delincuentes encerrados en los infiernos que hoy tenemos esperan salir para encontrarse con los progenitores de esa tortura. O sea, esperan encontrarse con vos. ¿O tu soberbia te hace beneficiario de un manto de impunidad para que nunca seas la víctima y sòlo en analista de lo que les pasa a otros?

Si no te conmueve la dignidad del otro, que te espante la indignidad a la que pueden someterte los hijos de su sistema. A menos que hagas lo de los gatitos en el balde. Vos verás.

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