CONTRATAPA

Oda a la bajada Sargento Cabral

 Por Miriam Cairo *

El joven mozo de aquel bar tomó por el empinado pasaje de adoquines regados con viejo sudor de presidiarios. Las mujeres jóvenes que pasaban a su lado eran tan bellas como las viejas que, al mirarlo, gemían como un suspiro en flor. Los hombres, censurados por su propia masculinidad, tragaban saliva y constreñían el ano. Él los miraba a todos. Los deseaba a todos. La hermosura lo movía a la generosidad.

Era la hora en que la luna se pegaba, gelatinosa, sobre el empedrado y empezaba, otra vez a confundirse, con aquel antiguo dilema acerca de quiénes gozan más con el placer sexual: si las mujeres o los hombres.

De pronto una de las mujeres que bajaban por la calle Urquiza, la quitó de sus lucubraciones porque resueltamente llegó hasta el joven mozo: "Te estaba buscando", dijo y dio una voltereta empujada por el viento que en esa esquina se ensaña con las mujeres que usan pollera. Él la tomó por la cintura y ella, dando saltitos de calandria, se soltó y se entregó a la pendiente que la arrastraba. Con qué facilidad caía. Qué manera de rodar. Él la seguía a cierta distancia para verla derrumbarse, en toda su plenitud, por el vasto callejón.

El sargento se azoraba al sentir sobre el lomo adoquinado tan lúbrico rodar. Con picardía, la luna le mascullaba en el oído que si no hubiera quedado debajo del caballo en aquel combate en que salvó la vida del general de la santa espada, el destino le habría negado la posibilidad de convertirse en calleja corta, anchísima, y por lo mismo, de sentir sobre su espalda el taco aguja de las que repiquetean graciosamente en sus ceremonias previas al fugaz apareamiento vial.

La mujer rodaba, maltrecha y excitada. De vez en cuando giraba para verle los ojos al joven mozo que en el bar servía café cortado con esperma, medialunas rellenas de calostro, tostadas untadas de saliva, té de menta con cucharitas revueltas en el orinal.

Al llegar a la fuente ella se sorprendió: "Qué raro, ya no hay piso donde apoyar los pies". Entonces él volvió a sostenerla por la cintura para que ningún abismo imaginario se la tragara. Diciendo las palabras apropiadas, las palabras que todo mozo de un bar domina, como una bandeja cargada de delicias, la sentó sobre la fuente que salva al sargento de la sed eterna.

A los pocos minutos, el joven mozo de aquel bar ya le abría las piernas, estiraba el pelaje, soplaba y engullía. Los labios de esa mujer, tan cárdenos, tan propensos, abrían las puertas de un pasaje oscuro, ulterior, ante el cual, el sargento Cabral se sentía disminuido.

El joven mozo, ávido, en el borde de la inmensidad, quiso entrar. Despacio, hizo pie con una pierna, guiado por los serpenteos consentidores de ella, que se abandonaba al deleitoso acto de sentirse expuesta. Las paredes granulosas le ceñían el tobillo, la pantorrilla, la rótula. Mientras el joven empujaba y la mujer pedía, la luna decidió no moverse un céntimo, para no perder detalle de cópula tan serpentina.

Intrigado por hurgar, el joven mozo sacó la pierna e introdujo el puño hasta la muñeca. Hasta el codo. Hasta la axila. Abrió la mano adentro de esa granada laberíntica y viscosa. Revolvió allí a mano suelta. Palpó altares, estambres, fantasmas, azucenas. Deseoso de ver, sacó la mano e introdujo la cabeza. Lentamente el joven mozo de aquel bar penetró la cavidad erótica y materna. La mujer se lo comía desde abajo. Con sofocadas contracciones, con dolor voluptuoso se lo tragaba como una serpiente sensitiva.

Él le tocó los senos desde adentro. Desde adentro nombró la flor carnívora que se retorcía como una mujer, como una madre inversa que en vez de parir, tragaba, en vez de educar, corrompía. El joven mozo, presa de la devoración, retozaba en un océano de glóbulos rutilantes. Con frenesí sacudió su sobre de azúcar adentro del tazón de carne. Con las dos manos frotó el azucarero de plata, leche y oro hasta derramar la más dulce nata.

De pronto ella hizo un giro y a la vez, se dio vuelta el mundo. Lo que era noche se hizo más oscuridad. La que era luna se rehizo en desemejanzas y quien fuera calle de piedras pudo tocar la trompeta de un ángel hecho de algodones. Boca abajo, la mujer fue pariendo al joven mozo que renacía aceitado y jadeante como dios de la obscenidad.

Una vez más el sargento dio gracias a su historia. A la posible metáfora de su heroicidad. Si en vez de quedar debajo del caballo hubiera cruzado cordilleras y libertado pueblos, hoy tendría el atiborrado nombre de una peatonal llena de ofertas, de carteles fluorescentes, de guardia urbana y promotoras de Kenzo, religiones, loterías y préstamos a sola firma: compre ya.

Satisfecho con su destino, el sargento una vez más hubo de abandonarse a las interminables lucubraciones de la luna, quien con más dudas que nunca volvía a preguntarse: entre hombre y mujer ¿acaso haya uno que más disfrute?

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