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¿Apáticos o domesticados?

¿Qué queda en la sociedad argentina de aquel libertario sentimiento pronunciado a viva voz en las calles que con firmeza planteaba: "que se vayan todos"?

¿Acaso están tan lejanos los tiempos en que las mujeres y hombres de a pie repudiaban en las calles a quienes los engañaban con slogans vacíos, por las promesas incumplidas?

Los tarifazos continúan, los engaños preelectorales y las manipulaciones y maniobras también, sin embargo, la apatía parece reinar mucho más que la movilización. O por lo menos fechas emblemáticas como la del 19 y 20 de diciembre de 2001, no logran reavivar la toma de conciencia colectiva para acabar con los oprobios cotidianos.

¿Hubo campañas de lobotomización masivas, atrofiando los centros nerviosos, para frenar las protestas populares?

En realidad, lo que seguramente hubo en estos años ha sido cooptación y encauzamiento en rediles y un lavado de cerebro colosal. Vigilancia y castigo, manipulación y terror económico.

Es posible que, como afirma S. Murillo, el nivel de encanallamiento de la sociedad contribuya a la domesticación cotidiana, a la resignación.

Pero, entonces, vale la pena recordar las palabras del anarquista mexicano Ricardo Flores Magón: "nada más desalentador que un esclavo satisfecho", y también a Camus cuando decía que la desesperanza provenía del no saber si había razones valederas para luchar. Como pueblos oprimidos bajo el yugo capitalista nos sobran razones para luchar y empuñar nuestro destino de dignidad por libertad y justicia.

Carlos A. Solero

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