rosario

Lunes, 9 de mayo de 2011

CORREO

Que mueran los feos

Boris Vian, cultor del absurdo en un país que ha presumido de ser el país de la razón, puso ese título -﷓Que se mueran los feos﷓- a una extraña novela en que unos científicos extravagantes buscaban crear una raza superior de hombres y mujeres. Todos lindos, todos atléticos, todos inteligentes. Todos eternos y sonrientes. Por cierto que todo terminaba en un desastre. Mucho más conocida es la novela de Oscar Wilde, El retrato de Dorian Gray. Sabido es que Gray no envejecía nunca, mientras el retrato se envilecía. Otro desastre el del final, cuando ante la destrucción del retrato el pobre Dorian se presenta con su físico decadente y su alma abyecta. En La invención de Morel Bioy Casares describe cómo figuras inmarcesibles representan, periódica y regularmente, un extraño ritual al que permanece ajeno el único espectador real, un evadido que llega a la isla. Evadido que es olímpicamente ignorado por los fantasmas, cuyas vidas fueron registradas por una vez y para siempre por la máquina creada por Morel, que las proyecta. Fontanarrosa nos deleitó alguna vez con una historieta de Boogie en que un matón decadente espera ansioso una cita con una deslumbrante actriz peruana. El hombre la adoraba tras haber visto por años todas sus películas, y había logrado pactar con la mujer un encuentro íntimo. El tremendo desenlace se da cuando descubre que las películas peruanas llegan con muchos años de tardanza a los Estados Unidos, y la belleza de la señora se ha esfumado: una vieja desagradable es la que lo persigue lasciva. Ante tan tremendos interrogantes sobre la juventud, la belleza y la eternidad, y ya que las "maquinarias de la ilusión" socialista postulan que nuestro sistema electoral es -﷓ahora-﷓ el más transparente y garantista del mundo, ¿no será llegada la hora de preguntarnos sobre la posibilidad de prohibir retocar fotografías de los candidatos en la publicidad electoral? Que cada uno salga en la foto más o menos como es. No me gustaría que una quinceañera que me invita a votarla se transformara, de acceder a una banca, en un ser amargo y envilecido, como Gray. Ni que esos personajes eternos de sonrisa perfecta del cartel me ignorasen con la siniestra indiferencia de los personajes de la isla de Bioy. No suscribo políticas eugenésicas como las que reciben la burla de Vian, y no me molesta votar a alguien poco agraciado, o un poco viejo. No vayan a creer que pienso que la vejez implica sabiduría. Pero sigo dando importancia al vínculo personal, estructurado, comprometido y militante entre dirigentes y dirigidos, entre representantes y representados, entre votantes y candidatos. No faltará el estudiante de periodismo que me recuerde que Nixon perdió el debate con Kennedy por ir mal afeitado y mostrarse adusto. Yo le diré que hubiera sido mejor que no ganara doce años después, tras afeitarse y a pura sonrisa.

Sergio Rossi

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