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Dignidad

Después de 40 gloriosos años de trabajo arduo, intenso, productivo, alcancé una de las metas fundamentales en el otoño de la vida, la merecida jubilación. Durante mi juventud, con mi trabajo decente, crié mis hijos en la calidez de un agradable hogar donde a través del amor se dieron cita el confort, la buena comida casera, la educación hasta la finalización de la universidad. Orienté sus jóvenes pasos para que transcurrieran siguiendo el ejemplo que yo tomara un día de mis propios padres. El trabajo honesto por años hasta alcanzar "la frutilla del postre" que es la jubilación digna. Por este medio quiero dar especialmente las gracias a la Provincia de Santa Fe que me permitió transitar ese sendero y llegar como empleada pública al maravilloso broche final. El que me permite vivir esta etapa con la satisfacción de no necesitar nada de los hijos en el terreno económico.

Y es en esta calma reflexión, donde no puedo evitar que una mueca de dolor acompañe mis razonamientos. En esta misma nación, en este mismo lugar, miles y miles de argentinos, que igual que yo trabajaron en diferentes disciplinas con conciencia de familia como pilar de la sociedad, y el trabajo decente como sostén de la misma, se ven hoy sumidos en la pobreza más penosa e injusta. La llaman con tristeza la "jubilación mínima", cuyos magros recibos de cobro, flamean al viento su negro rostro de insensibilidad y desprecio. Nada novedoso es mi pensamiento. Simplemente con todas mis fuerzas, deseo que quienes tienen en sus manos el poder de decisión, no continúen indiferentes ante la inmerecida indignidad que padece este enorme sector de nuestra población argentina.

Edith Michelotti

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