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Despedida a Petracca

Alberto Petracca. Melómano. Viajero incansable (viajero dije, no turista). Curioso por naturaleza, racional por convicción, escéptico como rodeo para permitirse dosis variables de optimismo. Eficaz administrador del tiempo en ese hábitat tan suyo llamado aula. Administrador más eficaz aún de gestos, ademanes, silencios y palabras para zamarrear lugares comunes o cuestionar certezas no tan irrefutables.

Provocador. De los incómodos. De los que se precipitan en secuencias de anécdotas e historias propias y ajenas para despertar la curiosidad. De los que juegan a romper esquemas y prejuicios, sin por ello dejar de ser rigurosos, ni ceder por simple comodidad ni una pizca de consistencia.

Generoso en el arte de socializar lo visto, lo oído, lo visitado. Culto sin hacer alarde nunca de saber amontonado y erudito. Defensor de la educación pública. Convencido y consecuente. Amigo de sus alumnos. Compañero de sus colegas. Sensible. Solidario. Ameno. Afable. Buen tipo.

Ecos de sus clases, ahora que ya no está entre nosotros, quedarán seguramente en las aulas de la UNR, donde llegó a ser secretario académico y docente respetado. Pero apuesto a que en ningún otro lugar quedarán atrapados de manera más consistente como en las aulas de Fighiera. De su escuela secundaria, más precisamente. Allí fue profesor, mano tendida, abrazo compartido. Allí fue jueves entrañable, extenso y pletórico de sentidos. Allí tuve la suerte de ser su alumno.

La charla pendiente quedará pendiente, nomás. Irremediablemente. Garabatear este texto quizá sirva para conjurarla. Quizá sirva de despedida.

Néstor Gabriel Leone

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