LECTURAS

SUEÑOS DE LA HERMANA

 Por Juan Martini *

Madre, la Hermana tuvo un sueño: la Hermana soñaba que en los límites de la villa, en lugar de los sauces y el pantano, ella veía el mar, Madre, veía el mar pero no podía acercarse, mojar sus pies ardientes, inclinarse, recoger espuma con las manos, no pudo Madre, se despertó sudando, perturbada, al borde del llanto, con los pies hirviendo todavía, y ahora delira por la fiebre: cayó de pronto, al despertar, en el fuego de la fiebre y delira, ¿qué podemos hacer, Madre? ¿Qué haremos?

En estos términos pensaba el Tonto que debía contar a la Madre el sueño de la Hermana, aunque también pensaba: será baldío, será una intención baldía, o una intención que caerá como una semilla muerta en un terreno baldío: la Madre despreciará el relato del Tonto, ajena, intolerante, dirá: los sueños de la Hermana me tienen harta, estoy cansada de toda esta tontería, ya no entiendo, y también dirá: que la fiebre de la Hermana baje, que nunca más le pasen esos sueños por la cabeza, ni dormida ni despierta, que se sane o que termine de morir de una vez por todas.

Por eso el Tonto pensaba que la historia, desde hacía mucho tiempo, era inútil entre ellos, y que incluso vivir en la villa parecía algo merecido, ya no tenemos tranquilidad, Madre, ya hemos perdido todo lo que la gente puede perder acá, menos la vida, no somos dignos, me avergüenzo, no sufro por mí, sufro por la Hermana, pensaba el Tonto.

Sin embargo la Madre no regresaba y él siguió buscando la forma en que debería contarle, cuando la viese llegar, oscura y descarnada, el sueño de la Hermana: el último sueño, el que nadie conocía en la villa del Rosario: debo contarle, Madre, que la hija de usted soñó. ¿Soñó?, preguntaría ella, ¿otra vez? Sí, Madre, y quiero que me autorice a referir el sueño a la gente de la villa. ¿Qué sueño tuvo ahora la Hermana?, preguntaría ella, y el Tonto, animado, confiaría: que el mar nos está buscando, para bien, los pies ardientes de la pobrecita daban prueba de ello. En estos términos seguía pensando el Tonto, y así no entristecía. Pero la Madre no regresaba y nadie, en el Rosario, conocía lo que la Hermana acababa de ver.

Después de soñar, como siempre, ella se había sumido en el fuego intenso de la fiebre: el rostro encendido, los ojos cerrados, las babas que le caían de la boca, su murmullo ininterrumpido, como un lamento, como un llanto de palabras que el Tonto ya no podía comprender, aunque sabía que ella repetía el relato del sueño, la visión de un mar en busca del Rosario, para bien, para cambiar los misterios y la pobreza del pantano por otras aguas, pensaba el Tonto, y cuando esto ocurra, se decía, cuando después de las grandes lluvias los sueños de la Hermana comiencen a cumplirse, ella sanará, no tendrá que seguir soñando para mantener viva la esperanza del Rosario. Todas sus heridas cicatrizarían, todas las llagas de su espalda, de sus nalgas, de sus piernas, todas las llagas de la vida entera en una cama, soñando, se curarían, dejarían de segregar pus y dolor, y su piel sería buena, y nunca más las llamas del fuego de la fiebre volverían a castigar su pobre cuerpo. En estos términos se ilusionaba el Tonto, mientras refrescaba con un trapo húmedo la frente, la boca y el cuello de la Hermana.

El día, mientras tanto, transcurría y la Madre no regresaba. Lejos de su choza el Tonto creyó escuchar voces, oraciones, rumores de gente y de plegarla, y hubiese querido salir para saber qué sucedía en la villa, pero el delirio de la Hermana continuaba. El sol caía sobre el Rosario como una maldición, la tierra se rajaba en las pequeñas calles desnudas con penosos y sordos crujidos, los perros ladraban sin fuerza, enfermos de calor, desde la sombra de los aleros de las casas, como respondiendo a aquel rumor de la gente, la Hermana murmuraba algunas palabras comprensibles: las lluvias, la sangre, el agua..., y otra vez su voz era un lamento, y otra vez el Tonto mojaba el trapo, lo estrujaba y le humedecía la frente.

Hasta que al anochecer, por fin, llegó la Madre, cubierta con su larga túnica en hilachas, la mirada oscura desde las cavernas de sus ojos, el pelo opaco, negro, como una nube de hollín, densa y sin forma, la piel seca y gris pegada a los huesos.

-Madre- dijo entonces el Tonto-. Madre, la Hermana tuvo un sueño - la mirada fija en aquella figura sin luz que de inmediato se dobló sobre sí misma, los brazos apretados contra el vientre, tiembla, gime, escupe, echa chispas muertas por los ojos, golpea el suelo con sus pies largos y desnudos, con los puños cerrados, maldice al cielo y al infierno, maldice al Tonto, a la Hermana, a la luz que los alumbra y a la puta yegua que la parió.

Llegará, llegará la Madre y le diré que el mar viene a nosotros, que la Hermana ha soñado con sus aguas, con su sal y con su espuma, había pensado el Tonto, en estos términos, y la Madre preguntará ¿soñó?, estallará de angustia, preguntará ¿otra vez?, y maldecirá al sol, al mar, a los sueños de la Hermana, y no querrá que nadie en la villa sepa que la Hermana ha tenido estas visiones.

-¿Qué sueño tuvo ahora?- preguntó la Madre desde la oscuridad de su cuerpo, desde el vacío de su túnica, caída en el suelo, herida por mil dolores entre los huesos, contorsionándose por la furia, vomitando cenizas, alzando los puños para castigar el aire que los une.

Y el Tonto contó a la Madre el sueño y dijo:

-La fiebre no le baja. ¿Qué podemos hacer, Madre? ¿Qué haremos?

-Que la fiebre de la Hermana baje -repuso ella-. Que nunca más le pasen esos sueños por la cabeza, ni dormida ni despierta.

El Tonto entonces pidió permiso para contar a la gente del Rosario que la Hermana había soñado, pero la Madre creció desde el suelo, desde las cenizas, la negra nube de su pelo sobre el rostro y dijo no, repitió sus maldiciones, invocó a su puta madre, imploró que un milagro del infierno le vaciara los ojos para no tener que seguir viendo la miseria, la estupidez de sus propios hijos, la desesperación que la rodeaba:

-No -y miró los rincones, el cuerpo de la Hermana temblando sobre la cama, el resplandor de otras luces que llegaba desde afuera-. No -repitió como el graznido de un ave de rapiña-. Hablaré yo con el Rosario, yo le referiré el último sueño de la Hermana, y le pediré que ella se sane, o que termine de morir.

Salió dejando en el aire cenizas que parecían haber caído de sus ojos. El Tonto humedeció el paño, lo extendió sobre la frente de la Hermana, dijo no vuelvas a soñar hasta que yo vuelva, ya vuelvo, voy con la Madre, ella no pedirá nada malo, verás. Hablará con el Rosario para implorarle que te cures, para hacerle saber que el dolor y la pena ya han sido suficientes, para pedirle al Rosario que se haga su voluntad y que su voluntad sea piadosa, verás, hablará con él para rogarle que te libre de tus sueños.

Besó el Tonto el rostro encendido de la Hermana, acarició sus manos, repitió ya vuelvo, verás, no te olvido, y salió corriendo detrás de la sombra y de las cenizas de la Madre.

Anochecía sobre la villa del Rosario y el calor cedía, se hacía menos intenso por una brisa maloliente, dulce y fresca que soplaba desde el pantano. La luz rojiza del cielo enrojecía las sombras, las ramas secas de los árboles, la túnica de la Madre que ondeaba como una llamarada negra tras su paso, la nube de su pelo alrededor de la cabeza, murmurando eternas maldiciones para la tierra que pisaba, para las aguas del pantano, para los sueños de la Hermana, para la sangre que corría por sus venas: maldita sea mi sangre que es un veneno, maldito sea el veneno lento de la locura que corre por mis venas, malditos sean mis hijos y el suelo que habitamos. En estos términos murmuraba la Madre mientras marchaba en busca del Rosario, en busca de la voluntad del jefe de la villa, derramando cenizas por la boca, eternas maldiciones.

El Tonto corrió tras ella gritando espéreme, Madre, espéreme, no pida la muerte de la Hermana, nadie en esta tierra puede autorizarla a un acto semejante, y entonces, al fondo de la calle, bajo el cielo todavía claro, vio a la gente que rogaba y reverenciaba frente a la choza del Rosario, frente a la morada del fundador de la villa, frente a las latas y a las maderas que alguna vez se habían alzado por primera vez en las cercanías de Encarnación como un desafío, como una manifestación de resistencia, como la expresión de un derecho que continuaba vivo a pesar de la resignación.

Fue entonces cuando el Tonto supo que la Hermana no había soñado en vano y que él no debía pedir autorización para contar sus sueños. Se detuvo, jadeante, contemplando a la gente mientras la Madre continuaba su marcha, y supo que ella no podría hablar con el Rosario, o que a pesar de que lo hiciera el Rosario no podría ya manifestar su pensamiento, satisfacer los deseos de la Madre, o negar su satisfacción: la Hermana había soñado que las aguas del pantano dejarían su lugar a las aguas del mar, y él sabía que en los sueños de la Hermana esas aguas significaban cosas diversas, representaban las aguas del mar y representaban otras aguas. Y sin embargo -parado en medio de la calle, como herido por un rayo de comprensión-, una duda acababa de encenderse en él, porque la Hermana había soñado que el mar buscaba la villa para bien, y el bien no podía, no debía presentarse con presagios de muerte.

¿O sí?, dudaba el Tonto, contemplando a la gente, conmovido por la extrañeza, haciendo un esfuerzo por recordar cada una de las palabras del relato del sueño de la Hermana, pensando: ella no sueña en vano, a pesar del disgusto de la Madre. La Hermana sueña y las cosas que ella sueña se hacen verdad: en estos términos pensaba el Tonto mientras veía la figura de la Madre entre los hombres y mujeres que en sus lentos gestos parecen entregados a una ceremonia, a una danza ritual: la Madre entre ellos, la Madre frente a la choza del Rosario -donde arden sin luz las llamas del fuego que cada noche se enciende, como en toda la villa, junto a la puerta-, la Madre que entra y desaparece.

Y el Tonto volvió a correr, porque ella estaba ya junto al Rosario y él necesitaba escuchar su pedido, sus palabras, y conocer la voluntad del jefe de la villa, saber si sus deseos habían dejado de expresarse en voluntades, saber si los sueños y las penas de la Hermana habían llegado, o no, a su fin.

-¡Ha soñado! -decía la Madre-. ¡Arde otra vez en el infierno y está viva! ¡Por las llagas de su cuerpo salen voces malas!

Y caía, contorsionándose, de rodillas, echando cenizas por la boca, alzando los huesos de sus puños, sin poder llorar más que sin lágrimas.

-¡Ha soñado! -repitió frente al lecho del Rosario, entre gemidos, deslizándose por el suelo sobre las rodillas y las manos, temblando como un animal acosado por la desesperación y por el miedo-. ¡Y el Tonto repite otra vez su sueño como el anuncio de una verdad!

Antes fue el mago, pensaba el Tonto junto a la puerta, respirando con dificultad, contemplando a la Madre y al Rosario en las penumbras rojizas de la choza, en el hedor que desde el cuerpo del Rosario llenaba el aire: antes fue el mago y después la mujer mala, pensaba que a continuación diría la Madre para suplicar, en consecuencia, que aquellos sueños terminaran.

El Tonto miró la mano del Rosario que colgaba a un costado de su lecho, continuó por el camino de aquellas venas verdosas y anchas trepando por el brazo, se perdió en la tiniebla del pecho y quiso ver el rostro marchito, la mirada blanca y serena del Rosario. Pero sólo intuyó formas inmóviles retrocediendo ante la noche.

-Antes fue el mago -dijo la Madre-. Después la mujer mala. Condenas que llegarían a la villa, y el Tonto repitió esos sueños y todos esperaron con terror, porque creyeron que anunciaban una verdad. Pero nada de eso ha sucedido, los sueños de la Hermana son una desgracia. Haz que deje de soñar, Rosario. ¡Hazlo!

El Tonto bajó la cabeza, cerró los ojos, las lágrimas se deslizaron por entre su barba escasa y rubia: condenas que llegarían a la villa, había dicho la Madre, ¿el mar es una condena?, se preguntaba, ¿puede ser un mago la muerte, una mujer mala la sangre? ¿Puede traernos el mar la agonía del Rosario?: en estos términos lastimaba el Tonto sus pensamientos, su memoria, la fe en los sueños de la Hermana.

-¡Haz que deje de soñar, Rosario! -repitió la Madre, de rodillas junto al lecho. Y esperó una respuesta.

El Tonto levantó la cabeza, alzó la mirada, contempló nuevamente la mano inmóvil, fláccida, que caía desde el camastro, y volvió a decirse que la Hermana no había soñado en vano, que para bien o para mal otras aguas se acercaban a la villa. Y escuchó las voces de la gente, afuera, rogando por la salud del Rosario, hasta que el murmullo de las oraciones terminó por ocupar el silencio que había hecho la Madre, las penumbras rojizas, el hedor que impregnaba el aire de la choza: se aproximó al camastro y vio el cuerpo desnudo del Rosario cubierto de un espeso sudor, blanquecino, inerte, abandonado a la agonía. Su rostro era una sombra más, incierta y desanimada, y por su boca escapaban los silbidos de los monstruos que habían crecido en el interior de su pecho y devorado sus pulmones. Entre las piernas, el largo miembro exhausto pendía como un viejo molusco a merced de una naturaleza feroz.

Un perro entró a la choza, bebió agua de un plato que había en un rincón, se acercó al lecho, olisqueó largamente los pies del Rosario, lamió sus plantas, se echó en el suelo de tierra y sus gemidos se alzaron por entre el hedor y la letanía desconsolada de la gente.

La Madre entonces, abatida, hundió la cabeza en los pliegues de su túnica, se dobló sobre sí misma, de rodillas, y se dejó estar, inmóvil, junto al cuerpo del Rosario. El Tonto salió de la choza, se abrió paso entre los hombres y mujeres de la villa que continuarían murmurando sus plegarias y conjuros durante largos días, conmovidos por la agonía, y miró hacia el cielo cerrado. La muerte, pensó, nos ha tocado la muerte. Apuró el paso, rumbo a la choza donde había quedado la Hermana. Y de pronto, una ola de entusiasmo, de contento, se hizo con él. Su rostro se llenó de lágrimas y risas, mientras brincaba en la noche, en el aire húmedo que llegaba desde el pantano, maloliente y fresco.

Ya es de noche, pensaba el Tonto, el cielo se ha cerrado y la fiebre de la Hermana bajará, siempre baja cuando llega la noche y no sale la luna: brincaba el Tonto, henchido por un sentimiento inexplicable, caminando cada vez más rápido, dando palmadas al ritmo de su paso, alborozado, corriendo finalmente, cantando calle abajo, hacia su casa.

Se detuvo junto a la puerta y encendió el fuego, las débiles llamas que se agitaron en la oscuridad, sin resplandor, amarillas y secas. Respiró la tenue fragancia de los sauces, escuchó el silencio de las aguas espesas y quietas. Y lejos, el lamento de los perros y las gentes.

El cuerpo de la Hermana estaba seco y calmo. Sus labios entreabiertos, partidos por la fiebre, ya no murmuraban. El Tonto recogió el paño que había caído al suelo, lo humedeció, y le refrescó con él la frente, los párpados violáceos. La fiebre baja, pensó, no tengas miedo, la Madre sólo ha pedido que tus sueños terminasen, pero el Rosario agoniza, el ronquido de la enfermedad sale de su pecho y no ha podido hacer caso de las intenciones de la Madre. La gente pena por él frente a su casa, no saben que has soñado, pero lo sabrán mañana: yo les diré que el mar nos busca, para bien, y eso les aliviará la pena, verás. En estos términos le hablaba el Tonto a la Hermana, y así no entristecía.

* De la novela "La vida entera", Bruguera, Barcelona, 1981; Grupo Editorial Norma, Buenos Aires, 2005.

Juan Martini nació en Rosario en 1944. Vivió en Barcelona desde 1975 hasta 1984. Ha publicado numerosos libros entre los cuales pueden mencionarse Barrio Chino (relatos, 1999) y las novelas El cerco (1977), La vida entera (1981), Composición de lugar (1984), El fantasma imperfecto (1986), La construcción del héroe (1989), El enigma de la realidad (1991), La máquina de escribir (1996), El autor intelectual (2000), Puerto Apache (2002), Colonia (2004), Rosario Express (relatos, 2007) y Cine (2009).

Recibió las siguientes distinciones: Mención Casa de las Américas (Cuba, 1977), Premio de Novela Ciudad de Barbastro (España, 1977), Beca de la Fundación Guggenheim (Estados Unidos, 1986), Primer Premio Municipal de Literatura (Buenos Aires, 1989), Premio Boris Vian (Buenos Aires, 1991). Hoy vive en Buenos Aires y dirige talleres de escritura narrativa.

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