LECTURAS

Aquellos días entre paréntesis

 Por Javier E. Núñez

Lo primero que recuerdo, Mayra, son tus ojos de gato triste y la costumbre que tenías de abrirlos o entornarlos o mirarme fijamente sin que hiciera falta nada más. Tus ojos y la sonrisa ágil por la que asomaban dos incisivos chuecos que me hacían perder la cabeza. Es absurdo, pero me gustaba tu sonrisa por ese defecto, por la gracia que tenían esos dientes rebeldes que rompían la línea perfecta de tu boca y la hacían más auténtica y terrenal. El pelo renegrido, lacio y brilloso como si todo el tiempo acabaras de salir de una publicidad de Head & Shoulders; tu cuello blanco del que pendía una medalla del tamaño de una moneda de un euro; las uñas largas que eran el desvelo de mi espalda. Y --es menester decirlo, porque esbozar un retrato sin tener en cuenta este detalle sería poco menos que una hipocresía-- un par de tetas que encandilaban hasta a los ciegos, que las olían o las intuían y se daban vuelta para no verte pasar.

Fue hace siglos. Tenías, no sé, quince, dieciséis años. El esbozo, la maqueta inacabada de la mujer que luego fuiste. Es curioso, porque después tenés que haber cambiado, haberte convertido en una mujer con diferentes inquietudes, preocupaciones, certezas, actitudes. Pero todo eso forma parte de una Mayra que me es por completo ajena, de la Mayra cotidiana que crecía, dormía, lloraba, trabajaba, paría. Me quedó, en cambio, atrapada en el recuerdo, la Mayra adolescente que a veces florecía cuando nos volvíamos a ver.

El que ahora me estés olvidando un poco cada día, que por fin después de tantos años empieces a dudar sobre el color de mis ojos o se confundan las palabras de una tarde con los silencios de otra, que ya no estés segura de si fui yo quien dijo aquello o si fue otro y te gustaría que hubiera sido yo, todo eso que tanto te asusta, no es más que nuestro destino demorado. Siempre estuvimos condenados al olvido: haberlo esquivado todos estos años fue producto del azar y la persistencia. ¿Nunca te preguntaste por qué nos empeñamos en permanecer? ¿Por qué nos dejamos arrastrar por el mar de la ausencia, nos dejamos sumergir por las olas de la distancia durante días y meses y más meses pero después, indefectiblemente, asomábamos los brazos como náufragos para nunca hundirnos del todo? ¿Por qué nos obstinamos en combatir el olvido inevitable con estos encuentros efímeros, absurdos, esporádicos? Me tendrías que haber olvidado hace mucho. Tendría que haber dejado de quererte hace tiempo. Estas dudas que te inquietan, esta pérdida selectiva de memoria, viene a ser el adiós que no supimos decir.

Pero te empeñás en combatir. Como si estas palabras que me hiciste prometer que escribiría pudieran salvarme del olvido. Pero ya sabés --ahora, por lo menos, todavía lo recordarás: pronto ya no--, nunca tuve la resolución suficiente para negarme a tus deseos. O para borrarte del mío.

Nos conocimos en Brasil. Verano de Brasil. Yo tenía diecisiete: vacacionaba con tres amigos, en un departamento exiguo con tres camas y un colchón en la sala, de modo que por las noches rotábamos como un disminuido equipo de vóley. A la semana de haber ocupado el departamento nos cruzamos en la escalera, mientras vos y tus cuatro amigas arrastraban los bolsos y el cansancio del viaje, envueltas en ruidosas indicaciones en las que se percibía sin dudas que veníamos del mismo lado de la frontera, frases claras y reconocibles como un piso más y llegamos, dale que este bolso no lo aguanto más, alguna me convida un cigarrillo por favor que los míos se acabaron. Supongo que por eso me detuve. No porque fuera novedoso encontrar argentinos en Brasil, tropezar con una camiseta de un club de fútbol que resultara familiar o reconocer compatriotas en el acento del que preguntaba una dirección o pedía fuego por la calle, sino porque a pesar de que llevaba varios días en Brasil todavía me manejaba con un torpísimo portugués y eso, en ocasiones, me cohibía cuando tenía que tratar con desconocidos. Por eso y porque tu bolso parecía pesado. Enseguida me desconcertó tu acento y el modo de hablar --dijiste «vale», no «bueno», ni «dale», ni «de acuerdo»--, y cuando intercambiamos una presentación a los apurones dijiste que eras de Madrid pero llevabas dos años viviendo en Mendoza por el trabajo de tu padre.

Fueron a parar al departamento contiguo al que yo ocupaba con mis amigos. Te lo dije --se los dije a todas-- en ese momento, por si más tarde necesitaban algo. Después nos saludamos por la ventana: los dos departamentos estaban separados por un espacio hueco que desembocaba en un patio interno y las ventanas respectivas quedaban enfrentadas. Por fin alguien --una de ustedes, uno de nosotros-- dio el primer paso que desembocó en una noche de pizzas y cerveza en nuestro departamento y caipirinhas en la playa. No sé bien cuánto pasó después: un día, un día y medio, y andábamos todos juntos como si nos conociéramos de muchos años. Después de una tarde de playa te abracé cuando bajó el sol y arreció el viento. Tus dedos jugaban con un mechón de mi pelo. Recuerdo lo que no decías cuando decías que te gustaba mi pelo. Esa noche, en una disco, me arrimé a tu boca y me dijiste que no podías, que estabas con alguien, que una de las otras chicas era la hermana de ese alguien. Si no quién sabe. O eso último no lo dijiste pero así lo quise interpretar.

Después vendría otra noche en que todos se fueron a bailar y nos quedamos vos y yo. Estaba a punto de salir, usar mis últimos veinte pesos. Mauricio no iba porque ya no tenía un mango. Entonces supimos que vos te quedabas y preguntaste si íbamos todos. Me compré esa noche a solas con vos: le di mi último billete a Mauricio y me quedé a jugar al chinchón. También: a jugarme mi última carta.

Hasta entonces siempre habíamos estado atados por la presencia de los demás. Esa noche por fin fuimos vos y yo. Quisiera recordarla mejor, aunque no haya mucho por destacar. O quisiera saber cómo contarla sin afectación ni vulgaridad. Los vaivenes de mi confianza al ritmo de nuestro diálogo, mi patético desempeño en el partido de chinchón --quién carajo se hubiera podido concentrar, cómo saber si el ocho de espadas había pasado o no--, la canción que decía que no tengo nada desde que no te tengo y nosotros tan jóvenes y cursis y predispuestos. Tus ojos como una promesa. Tu lengua. Tu cuerpo apretado contra el mío. Ya ves: voy hacia atrás con la memoria y recupero intacta mi cursilería. Digamos que tuvimos esa noche. Que los dos éramos muy pendejos o yo muy imbécil como para hacer el amor. Y que los dos éramos muy pendejos o yo tan imbécil como para creer en el amor.

Quince días después habíamos atravesado una de esas historias que parecen inolvidables y que el tiempo se encarga de ir borrando paulatinamente, hasta que ya no queda nada más que la certeza de haber vivido días intensos pero con muy pocos recuerdos precisos. Caras y nombres que se pierden, arrasados por otros días y caras y nombres que se amontonaron en nuestra memoria.

Salvo tu cara. Y tu nombre. En fin: vos a salvo del olvido.

Pero el verano acabó. Nos despedimos con los ojos llenos de promesas. También hubo promesas pronunciadas en voz baja, con esa voz tenue con la que se dicen las cosas en las que no se cree del todo, pero en los ojos persistía una convicción mucho más fuerte. Y contra toda expectativa, contra toda tradición de los amores de verano, nos volvimos a ver. Yo viajé a Mendoza varias veces; vos viniste una vez a Rosario. Y entonces suspendíamos el tiempo y nos gustaba besarnos sin apuro, o mirarnos a los ojos hasta la miopía, y hablábamos de sueños o canciones. Y yo recorría la línea de tu cuello con la yema de mis dedos. Una vez imaginamos futuros, entregados al juego de olvidarnos de distancias e imposibles: vos acunabas nombres de varón o de nena --con ojos como los míos, afirmaste--; yo te miraba mirar el porvenir imaginario. Nunca hicimos el amor. Mejor dicho: no llegamos al sexo, porque al amor lo hacíamos, lo descubríamos, lo inventábamos a cada rato. Éramos jóvenes y torpes y tímidos, y nunca había espacios separados del mundo y los amigos. Sin contar la amenaza invisible pero siempre presente de la despedida, esa certidumbre que flotaba entre nosotros y se materializaba en un pasaje de regreso con fecha concreta. Lo tendríamos que haber hecho entonces, como pudiéramos, precisamente por eso: porque me iba, porque te ibas. Era una razón mucho mejor que las que nos habían impulsado antes y nos impulsaron después a hacerlo con otra gente. Lo tendríamos que haber hecho aquella tarde en Rosario en que dijiste que no.

No es mucho, lo sé. Nunca tuve muy en claro por qué nos quisimos tanto. Por eso, a lo mejor. Porque apenas juntamos un puñado de días de amor entre aquellas vacaciones y los tres o cuatro viajes que les siguieron. ¿Treinta días? ¿Treinta y cinco? Entonces el amor se mantenía eternamente en la etapa de idealización: si había una pelea o una discusión se resolvía en cuestión de minutos, y nos prodigábamos en besos y simpatía y en prestarle atención a las necesidades del otro. Todo parecía siempre perfecto. Sabíamos que la vida no era así. Que si en lugar de un fin de semana pasábamos dos, tres, veinte meses, nos íbamos a ir entregando a un amor menos complaciente y más sincero, a esos otros que éramos y que manteníamos maniatados para no perturbar el delicado y precioso equilibrio de la felicidad. Nos queríamos --o yo te quería y vos te dejabas querer-- pero siempre supimos que no éramos nosotros en verdad. Que éramos las versiones mejoradas. La mejor cara que cada uno podía ofrecer. Y eso nunca dura para siempre.

Una noche dijiste basta. Noche de Mendoza. No estoy seguro si fue en tu pieza, con tus viejos afuera y nosotros escuchando música y releyendo cartas larguísimas y tristes que yo te había mandado, o una noche en que habíamos salido. Hablaste con una voz que parecía venir del futuro: no eras vos --aquella Mayra de dieciséis, diecisiete-- sino la que serías. Me contaste que te ibas. Que volvían a Madrid. Y largaste todo lo que habíamos negado en esos meses. Hablaste de la necesidad de soltar, de no estar atada a una relación sin futuro, de no soportar más la soledad cuando me necesitabas y lo único que tenías era una carta rotosa de tanto plegar y desplegar o la esperanza de una próxima carta siempre a punto de llegar. No puedo salir a caminar con una carta, dijiste. También: No puedo abrazarme a una ausencia. Y también: no podía antes, contigo a ochocientos kilómetros --todavía decías «contigo», cuando estabas nerviosa o alterada, aunque a veces se te mezclaba el voseo que de a poco ibas incorporando--. Menos ahora, con un océano en el medio.

Y lloraste. Y lloramos. Y nos despedimos.

Llegué a Rosario y me pelé. Para que me pregunten las rubias taradas, bronceadas y aburridas, respondía para no responder que buscaba borrar tu recuerdo. Como si anidaras en esa parte de mi cuerpo. Como si vivieras en el espejo, jugando con mis mechones como hiciste esa tarde en la playa y tantas veces después. Necesitaba un cambio físico, un quiebre estético que acompañara ese final y ese principio. Y empecé a salir todas las noches, a emborracharme con mis amigos, a acostarme con la primera que no me dijera que no.

Pasaron algunos años. Yo me había casado. Había tenido dos hijos. También había publicado una novela muy mala y un aceptable libro de cuentos, y escribía para una revista que me hacía viajar de un lado a otro. Y un día aparecí en Madrid. Y tu teléfono anotado en el dorso de una tarjeta del hotel sobre la mesa de luz. No me había costado ubicar a tu padre en la filial de Madrid de la misma empresa que alguna vez lo había llevado a Mendoza. Tampoco que él me diera tu teléfono y dirección, aunque creo que me confundía con otro cuando dijo que sabía quién era yo.

Te llamé sin saber muy bien qué decir. Te pregunté si te acordabas de mí. Vos dijiste cómo me voy a olvidar.

Esa noche tomamos algo en un bar de Chamberí, hablamos durante largas horas mientras los cigarrillos se apilaban en un cenicero cada vez más estrecho. Te parecías tanto a la Mayra que yo recordaba. Tanto. Habíamos crecido, cambiado. No hubiese sido ilógico esperar que la emoción del reencuentro se disipara lentamente hasta desvanecerse en el invierno de un silencio incómodo, en la repentina certidumbre de la ajenidad que suele atacar a dos viejos conocidos que dejaron de verse. Sin embargo ahí estábamos, y me mirabas con los mismos ojos de gato triste como si quisieras meterte adentro mío. Y acabamos tomando un taxi para ir a buscar en un hotel aquella noche de Rosario que habíamos dejado escapar, a saldar cuentas con ese pasado que nos acosaba.

Ya sabés: el sexo suele morir aplastado por las expectativas que alumbraron los desvelos. No fue inolvidable. No fue mágico. No flotamos en el aire ni derrumbamos paredes. Hicimos el amor con pudor y torpeza. Después nos abrazamos y fumamos; tomamos champán y volvimos a charlar y a reír. Prendimos la tele y pasamos del porno para mirar un canal de música. Cantamos juntos un tema de Sting. Hicimos el amor otra vez. Al amanecer dejamos el hotel porque yo tenía un compromiso durante todo el día, que no sé cómo habré cumplido porque los párpados me pesaban y la vista se me nublaba a cada rato. Recién a las seis de la tarde pude volver a mi hotel y desmayarme un rato.

Nos volvimos a ver cada vez que viajaba a Madrid. A veces iba para otro lado y el avión hacía escala en Madrid durante un tiempo demasiado breve, entonces te llamaba por teléfono al día siguiente y te contaba que había estado por allá sólo para escuchar tu indignación, el reclamo airado, el reproche en tu tono de voz. Es difícil de explicar. No lo hacía porque disfrutara con tu enojo: lo hacía porque a través de él me llegaban las ganas que tenías de verme. Y pocas cosas me hacían tan feliz. Pero hubo otros viajes. Aunque siempre andaba con la agenda apretada y vos también tenías tus obligaciones --a veces te llamaba al trabajo, para vernos en tu horario de almuerzo--, juntamos un puñado de encuentros a lo largo de los años. Muchos años. Vos formaste pareja, te separaste, formaste otra pareja, tuviste una hija. Y sin embargo, cuando te llamaba para decir que estaba en Madrid siempre te las ingeniabas para aceptar el café que te ofrecía, o un almuerzo en la esquina de tu trabajo, y nos poníamos al día repitiendo a cada rato aquello de que no podíamos creer que ya hubieran pasado tantos años --cinco, diez, quince, veinte--. Y nos mirábamos igual que siempre: vos con esos ojazos de gato triste; yo con la ternura que nunca te pude dar.

No hay mucho más que contar. Los detalles de cada encuentro no agregarían demasiado. Te quise mucho. A veces, creo que me querías. Suena absurdo, lo sé. Pero sonaba lógico en esos momentos. No, quizás, cuando faltábamos, cuando cada uno retomaba su vida tan distante. Pero sí en esa otra vida, aquellos días entre paréntesis. Supongo que podemos definirlo así. Nunca tuvimos un nosotros, nunca tuvimos una relación, ni siquiera tuvimos un affaire. Tuvimos, quizá, pequeñas digresiones en la narración de nuestras vidas, otra historia entre paréntesis que ni se oponía ni contradecía a la otra. Y un probable punto final en ese último encuentro, después de tres años de no vernos, cuando te conté que las cosas ya no son como eran en la revista y que es muy poco probable que vuelva a Madrid. Y hablamos de nosotros. Y del olvido. De lo que ya habíamos perdido y de lo que, tarde o temprano, acabaríamos por olvidar. No es justo, dijiste. Y yo me encogí de hombros porque hay muchas cosas que no son justas. Los corazones que se dibujan en la arena siempre acaban borrados por el mar, dije, y nos reímos con tristeza porque siempre nos reímos cuando me pongo cursi y melodramático. Y entre los últimos besos me arrancaste la promesa de estas palabras, como si de este modo pudiéramos evitar lo inevitable. Como si de algún modo pudiéramos detener la ola que viene a borrarnos de una vez por todas.

Eso, más o menos, es todo. Un romance de verano que nunca supimos dejar atrás. La distancia enorme entre países y más enorme entre los caminos. Tu risa inalterable, mi nostalgia, los juegos de miradas, los silencios elocuentes, los besos fugaces y sentidos, el puñado de veces que hicimos el amor. El empeño constante por perdurar. Y estas páginas que acaso un día encuentres en algún rincón sin saber si hablan de vos, si alguna vez fue real o apenas se parecen a algo que te pasó.

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