CULTURA / ESPECTáCULOS › LA HISTORIOGRAFíA DE UNA LEYENDA DE LA CIUDAD

Una saga rosarina de opinión y humor

 Por Rafael Ielpi

La aparición de La cebra a lunares, que se publicó desde fines de 1973 a julio/agosto de 1975, y la posterior de Risario, ya en los '80, fueron sin duda acontecimientos culturales que movilizaron no sólo a una nutrida y heterogénea cofradía de dibujantes, humoristas gráficos, guionistas, periodistas, escritores, etc., sino a la ciudad misma, carente hasta ese momento de publicaciones en las que el humor estuviera acompañado por el ejercicio de la opinión de sus integrantes sobre temas que excedían el chiste puntual o el chascarrillo ingenioso y se vinculara con la realidad de la ciudad de esos años a través del prisma de la cultura popular.

La condición de pionera de La cebra a lunares la ubicará para siempre en ese rol, pero fue sin duda Risario la que mejor representaría el proyecto inicial de Manuel Aranda: generar (y sostener en el tiempo) una publicación que hiciera recuperar a los rosarinos una autoestima que por entonces estaba poco menos que en el suelo; que les recordara que esta ciudad también tenía sus módicas pero entrañables leyendas urbanas, sus personajes y sus íconos propios; que los obligara a reírse finalmente de sí mismos, de sus prejuicios y su persistente dependencia cultural de Buenos Aires.

Manuel cuenta el momento, casi mágico, del nacimiento de Robinson Sosa, cuyo guión inicial fue escrito en una modesta servilleta en la mesa de uno de los tantos bares rosarinos, para que El Tomi lo convirtiera, con su formidable talento de dibujante, en el primer episodio de una saga delirante, creativa y original: la de las aventuras, desventuras, filosofía y locura del hombrecito que había elegido como hábitat insólito pero innegociable (a falta de islas más famosas y promocionadas), la pequeña ínsula del laguito del centenario Parque Independencia, con un cófrade tan surrealista como él, cuyo nombre Jueves se adelantaría al Viernes de Daniel Defoe...

Las sucesivas entregas de Robinson Sosa (incluidas en la revista desde principios de 1981 hasta abril de 1983, con una esporádica reaparición en 1985) fueron dejando evidencias de los avatares que atravesaría la historieta: la permanente búsqueda de El Tomi en el tratamiento de un dibujo que se modificaría y superaría incesantemente; su decisión, ya instalado en España, de ser también el guionista de la misma y el empeño de ambos en mantenerla viva, a pesar de la distancia geográfica que los separaba --en un tiempo sin Internet ni celulares--, hasta la mutua decisión de darla por extinguida.

Resumir las peripecias de Robinson durante el transcurrir de la historieta sería privar al lector actual del placer de ser partícipe de los trabajos y los días de quien, rompiendo las cadenas de la agobiante cotidianeidad, se lanzó a navegar en busca de una soñada libertad. No es un dato menor detenerse en el momento en que aparece Robinson Sosa, en los años finales pero no por ello menos trágicos de la dictadura militar. Así como La cebra a lunares se vinculaba a su contemporánea Hortensia en la generación de un humor de honda raíz popular, sin un compromiso excesivo con la crítica a la realidad política de esa época, Risario se ubicaría en la línea de publicaciones que, como Satiricón (1972), Chaupinela y Mengano (ambas de 1974), ejercieron con valentía una crítica permanente hacia la dictadura de Onganía, sus sucesores Levingston y Lanusse, y luego hacia el gobierno peronista de Isabel Martínez y López Rega, en los años oscuros de las Tres A.

En 1981, Risario heredaba legados como los de El Ratón de Occidente (1979), Bang (1981) y la notable Humo(r), aparecida tres años antes. Las páginas de la revista fundada por Manuel Aranda fueron entonces posibilidad para el humor gráfico pero también para la crítica a la realidad local y nacional, para reportajes e investigaciones. En ellas, también encontró albergue y espacio un estrafalario y casi indescriptible rosarino llamado Robinson Sosa, nacido del dibujo de El Tomi, hijo de su talento y de su permanente búsqueda, y de los guiones de Manuel; una dupla que bien puede compararse con algunas de las que hicieron historia en la cronología de la historieta en la Argentina.

Recuperar 35 años después, completa y en libro, aquella historieta pionera, es sin duda un acto de justicia hacia esa generación de rosarinos (y de varios que no lo eran) que entre 1970 y mediados de los '80 generaron en Rosario una eclosión cultural de proporciones, sacándola de la abulia creativa y la resignación colectiva.

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