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Viernes, 16 de octubre de 2009

ES MI MUNDO

Dos potencias se saludan

Se saludan, se aman, se idolatran y se despiden. En este nuevo aniversario del 17 de Octubre se revive aquí, con ardor y espíritu crítico, aquel encuentro entre la dama y el vagabundo, entre la futura reina y la reina de la alta costura: Eva Perón y Paco Jaumandreu. Radiografía de una relación que Perón compartió dentro de un closet que su mismo gobierno se encargó de mantener cerrado con cuatro llaves.

 Por Alejandro Modarelli

La reseña de este encuentro, con todas sus variaciones posteriores, no se convirtió en monumento partidario, ni en gran verdad histórica, pero mereció un lugar de privilegio en el archivo patrimonial de las locas argentinas. Los peronistas, más quisquillosos en otras cuestiones, no creyeron necesario desmentir ni modificar la anécdota, porque a pesar de todo resguarda la decencia de Juan Domingo Perón y Eva Duarte.

Aclaremos que los dos grandes de esta crónica no son, precisamente, Perón y Evita en la colecta por el terremoto de San Juan (la Evita de entonces no cotizaba todavía fuera del radioteatro), ni tampoco Perón y Gatica en el Luna Park, de donde nace la expresión folklórica. Aquel levante convertido luego en sociedad política, este otro abrazo entre jerarcas de la masculinidad, ya ha tenido suficiente publicidad y guarnición, y forma parte de la hagiografía oficial. Acá se tratará, en cambio, de un flechazo de trastienda entre una actriz menor con aspiraciones estelares y una marica adolescente de alto vuelo, que convertirá ese episodio doméstico en momento cúlmine de su épica personal. Las memorias de la Paco Jaumandreu vuelven trascendente lo fugaz: el relato de su primera visita a Evita y Perón tiene, para quien se aventure más allá de la letra, el don de anticipar la manera en que el peronismo y los homosexuales se vincularán, moviéndose como espásticos entre la represión oficial, las maniobras sexuales bajo el amparo de las multitudes, y los alegres indultos de la pareja gobernante.

La novia de Perón había convocado a su departamento de la calle Arenales a ese chico ya de gran prestigio dentro de la moda, habitué de los salones del espectáculo y las niñas bien, y en el amor que todavía no osaba decir su nombre pero que, recordando uno la estampa de la Paquito, darse un nombre hubiera sido una obviedad. Eva Duarte necesitaba un experto que le aconsejase un vestuario deslumbrante para su irrupción en el ambiente mayor del cine, y a la vez otro sencillo, como de asistente social, para el obligado tête-à-tête fangoso de las campañas presidenciales.

Quien no haya leído La cabeza contra el suelo, enseguida sabrá imaginar a su autor, la loca educada en los desplantes de la alta sociedad y las estrellas, de pie en el living de la primera Evita, ridiculizando los objetos preciados de esa chica cache subida a unos zapatos con plataforma de corcho, que no sabe combinar colores ni materiales, pero busca parecer de gran ciudad. Aunque la evocación de “una cotorra embalsamada con anteojos de alambre y un pedacito de diario bajo el ala” sobre un piano de cola tendrá, en las páginas de las memorias, mucho más de admiración que de malicia, porque a fin de cuentas Paco, seducido por algo más allá de ella, ve enseguida en la defensa que hace Eva del mal gusto una prueba de superioridad moral.

“No sé si decir que Paquito amó a Evita; lo que estoy seguro es que él quiso ser Evita.” El poeta Fernando Noy amplía el relato de Jaumandreu: “Perón estaba echado en el dormitorio comiendo mortadela, muy divertido con el asunto del cambio de look de Eva, y un comentario de Paco sobre la pancita de ella lo hizo cagarse de risa. Entonces Evita se dio vuelta y le dijo al líder del momento: ‘¿Y vos de qué te reís? Mucha gala, mucho ministerio y ahí estás, morfando mortadela’”. Aunque en realidad parece que no era mortadela sino choripán, la intimidad del Coronel, por campechana, relaja al visitante, pero la de Evita, que combina luminosidad con grosería, lo encandila. “Vos acá entre nosotros mariconeá todo lo que quieras, exagerá el brillo y el color, lo que sea; pero para la campaña política ponela seria y distinguida”, le dice Perón a Paco y en esa directiva despliega el boceto de un producto masivo pero, a la vez, un programa de conducta para los gays de la época. La condición maricona, que el Coronel alienta en la intimidad, debe aprender a respetar las apariencias públicas e incluso, llegado el momento de convertir el machismo en política de Estado, tendrá que resignarse al papel de chivo emisario.

Perón se divierte con las locas, aunque no les dará espacio en su plaza, porque el peronismo recoge los heridos y olvidados en los márgenes de la sociedad, pero no renuncia a las instituciones tradicionales, entre ellas la homofobia. Su invención de la familia obrera ideal, de la casa al trabajo y del trabajo a la casa, necesita al invertido lejos de la bragueta del patriarca. Festeja a Miguel de Molina presentándose en las tablas como “Her-culito”, se ríe con el Paquito zafado (“si no me riegan la concha no puedo coser”), pero su gobierno creará el famoso inciso h) del artículo 207 de los Edictos Policiales, que castigará medio siglo de yiro manflora; penará la homosexualidad en el nuevo Código Militar de 1951, y multiplicará razzias en su enfrentamiento con la Iglesia en 1954, con la excusa de que los amorales, como se decía, enloquecen a los muchachos si están privados de burdeles.

Así como Perón dijo haber sido el verdadero inventor de la Eva política, Paquito aseguraba ser el gran creador de su primer estilo. Si esto es cierto, la cópula entre un militar y una loca gestó a la Primera Dama del ’46: “Zully Moreno, todas estaban en la colecta por San Juan. Pero fui yo, una boba de segunda, la que pescó a Perón”, se ríe Evita Duarte en pijama. Tretas de aventurera periférica, más que estrategias propias de señorita, en la confidencia con Paquito –como después exigiendo donaciones para la Fundación– la voz de Eva recupera autonomía y se mezcla con la jerga del margen: “Te espero a las ocho; pero a las ocho. A ver si te encontrás con un chongo en el camino y llegás pasado mañana”.

Los que escapan de la maledicencia llegan al centro de Buenos Aires para adueñarse por fin del anonimato, condición necesaria si se persigue el triunfo. Lo que fui, si ya no sirve, se falsifica. El triunfo de Evita, la hija ilegítima, en las luces de la alta política es el despliegue de una ilusión colectiva entre los que siempre provienen de algún afuera. Ni qué decir cuando aparece vestida de gala; ahí enciende sobre todo el sueño de las locas, que no dejarán nunca de hacer su imitación. Por eso Evita se entendió enseguida con Paco Jaumandreu; los dos hablan el lenguaje de la infancia humillada, hacen de la huida de su pueblo una gesta, y su ascenso social esplendente es promesa de revancha cumplida.

Pero, a medida que Evita se institucionaliza, Paco encuentra que no hay ya una sino dos Evas, y que la segunda deberá vestirse en Dior. La Eva de Dior es para él una posesa comparable en gloria a Catalina de Rusia, es la “mejor del siglo”, la peronista “más auténtica y más modesta”. Pero en un texto de Néstor Perlongher, que parece leer a Jaumandreu a contrapelo, esa última Eva será también el cadáver patrio embalsamado que exige, en su funeral, que le alejen al modisto, “al puto de la cabeza contra el piso... que mis muchachos no se enteren de que ha tocado mis carnes casi necrosadas con esos dedos que han hurgado braguetas en el Rosemarie o en la penumbra del Eclaire”.

A Perlongher no lo seduce la Eva glamorosa, especie de drag queen, y ni siquiera la que se propone como abanderada de los trabajadores, porque ésa es la jefa espiritual de la Nación y de la CGT, y vaya usted a encontrar ahí un lugarcito para las maricas. Lo que le interesa al poeta es la Eva que el chonguito provinciano lleva adentro suyo cuando se ofrece en los baños de Retiro, donde acaba de bajarse con dos trapos en el bolso. Ese paria para quien el 17 de octubre de 1945 será menos un mito obrero que un refugio de vagabundo, y que no tiene otro compromiso que la subsistencia y algún placer reparador. A través de la Eva que bajó del tren dentro del chongo (y que una noche Jaumandreu redescubrirá, sola en un rincón, vestida de gala y comiendo dos huevos fritos sobre las rodillas), la homosexualidad se aleja del desfile, se confiesa bastarda, regresa a los yuyos.

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