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Viernes, 26 de febrero de 2010

Travestofobia

Sobre el primer año de la muerte de Pequeña P y otros crímenes silenciados.

 Por Diego Trerotola

La última vez que hablé con Arena fue en la puerta de una disco porteña. Me dijo que estaba con problemas con la obra social, creo que era una prepaga, que no le quería reconocer ciertos estudios, que la estaban discriminando por ser travesti. La información no era nueva para mí, sabía perfectamente de qué me hablaba. Diez años antes, mi amiga Nadia Echazú me había relatado sus visitas a las guardias de los hospitales y sus desplantes sin que la terminasen de atender porque lxs profesionales, sean enfermerxs o médicos, la maltrataban al punto de la humillación. La transfobia en los hospitales es un mal mayor, y en parte fue una de las causas que terminó matando a Nadia porque llegó a negarse a ser atendida durante años para no padecer las formas de violencia institucional que empezaban por el uso del género masculino, refiriéndose a ella con un nombre que no la identificaba, y llegaban hasta la incomprensión o el insulto liso y llano por sus modificaciones físicas. Lo de Arena era distinto, según recuerdo tenía que ver con una trampa burocrática, ni siquiera llegaba a tener contacto con profesionales, la travestofobia ya aparecía en la ventanilla para sacar un turno que nunca pudo tener. A Arena la conocí en 1998, durante mis visitas a Gualeguaychú, su ciudad natal, donde la había visto alguna vez en el show del pub El Angel y otras desfilando en comparsas del carnaval tradicional: era una virtuosa del movimiento, una serpiente encantada que sambaba sinuosa, perfecta artista de variedades que te aplastaba con una sonrisa enmarcada por labios y ojos de fuego. El año pasado supe que había ido a hacer carrera artística en París; y hace un mes me contaron que allá se había contagiado de gripe A y terminó muriendo en un hospital de París, a los 36 años, un 28 de diciembre de 2009. Me pregunté si la gripe A la hubiera matado si su salud hubiese tenido una atención adecuada a sus necesidades. Más aún: ¿hubiese viajado a Francia si la calidad de vida y las ofertas laborales en Argentina para una travesti existiesen realmente, más allá de la prostitución? Ahora no se puede tener ninguna respuesta, y casi ninguna institución hace mucho por responder estas y otras cuestiones relacionadas a la falta de acceso a los derechos básicos de las travestis. Y no acepto pensar este caso como excepción, como mala suerte o azar, considerando las alarmantes cifras del promedio de vida de la comunidad travesti, uno de los más bajos que existe en el país. Más bien, se puede decir que el caso es parte de una desidia institucional que se asemeja bastante a un genocidio lento y silenciado, aunque cada vez más evidente. Y Gualeguaychú parece una maqueta de esa evidencia.

A Pequeña Pe también la conocí en Gualeguaychú en aquellos años, y llegamos a tener más cercanía porque toda su familia era casi pariente de mi pareja. Cuando un amigo me llamó la mañana del 27 de febrero de 2009 para decirme que murió, fue uno de los días más desconcertantes y tristes de mi vida. Los programas de chimentos ya se encargaron de enumerar las virtudes artísticas de Pequeña Pe y de crear mucha más confusión alrededor de la particularmente extraña circunstancia de su muerte. Pequeña fue una estrella de brillo sutil como el de sus ojos, podía encandilar con el encanto casi disimulado de su mirada de niña tímida pero suspicaz. Cuando murió tenía 29 años y hacía rato que se había convertido en una vedette profesional de teatros de la calle Corrientes, aunque seguía ayudando en la panadería familiar en Gualeguaychú, salía en las comparsas del carnaval oficial y trabajaba en el pub El Angel donde le dieron la oportunidad de demostrar su talento. A días de cumplirse un año, su cuerpo todavía está retenido para ser peritado, su madre Gladys lleva flores a la morgue y al nicho que la espera en el cementerio, como una suerte de resistencia y de denuncia al absurdo de la burocracia y la injusticia.

Tras varias semanas de haber sido denunciada su desaparición, el 1º de abril de 2009, Gisele “Rony” Galante, otra travesti de Gualeguaychú, fue encontrada muerta cerca del lugar donde supuestamente ejercía la prostitución. Como en el caso de Pequeña Pe, tampoco las causas de su muerte son claras, las investigaciones se demoran y eso provoca más problemas para que existan posibilidades de esclarecimiento. Alguien relacionó los dos casos, hay millones de rumores pero poco trasciende de la existencia de una investigación oficial, y aunque se puede hablar de violencia de género, de crímenes de odio o de “travesticidio”, no se puede analizar la lógica de éstos casos ni encontrar culpables si no se investiga debidamente. Gisele era muy querida y aplaudida en el corso barrial Matecito, contracara popular del despliegue fastuoso del corsódromo oficial de Gualeguaychú. Este mes propusieron dedicar una fecha del carnaval a su memoria. No sería raro, el carnaval siempre funcionó como inversión de la lógica de la experiencia cotidiana, como reverso de las jerarquías sociales. Sólo en ese mundo, fiesta profana que dura pocos días, parece haber lugar para la memoria colectiva de nuestras compañeras travestis asesinadas. Por desgracia, en este país, la justicia y la memoria en relación con la diversidad sexual parece que sólo vive disfrazada.

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