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Viernes, 7 de mayo de 2010

ENTREVISTA A LAURA RAMOS

El arte de la guerra

 Por Paula Jiménez

¿Por qué hacer esta suerte de rastreo lésbico en la vida de cada una de estas mujeres, arrancando desde la niñez?

–Me atrae el mundo de las niñas –de hecho, estoy preparando un libro sobre las niñas en la literatura– y me fascinó el desafío de encontrar cómo iba naciendo lo lésbico en una mujer. Hubiera querido hacerlo sólo en la niñez o en la pubertad, pero hubo muchas historias, como por ejemplo la de Beatriz Gimeno, en la que esto pasó más tarde, y no quería perderme el momento de la iniciación. Me encantaba la idea de poner una lupa en los 7, 8 o 9 años, una línea de tiempo en la que a muchas les pasan cosas muy intensas. Como el caso de Irupé, que es la chica que le hace el amor a una adolescente. Ella la lleva a su cuarto, a la rastra, y le hace el amor. La otra chica quedó muy conflictuada y le contó a una amiga lo que había pasado, que esta niña hipersexy de 8 años la había casi violado. El otro caso es el de la africana que jugaba a la familia con sus amigas debajo de la cama y que terminaron haciendo el amor, de a tres, también a los 8 años. Ese era su secreto, su juego favorito.

¿Y con respecto a tu propia infancia...?

–Lo que cuento en el prólogo sucedió a mis 11 años. Me mandaron a la casa de unas personas a las que yo no conocía, una uruguaya que se escapó en el avión de vuelta a Cuba con el Che y que después vino de vacaciones a Punta del Este junto con sus hijos. Pasó antes por Montevideo, donde vivíamos nosotros y me invitó a unas vacaciones con ellos. Estuve con esta familia 15 días y al viaje se sumó una camarada uruguaya. Yo, que odiaba la playa, me quedaba escribiendo sobre ellos en un diario íntimo. Lo hice desde la identificación con un personaje de Louise M. Alcott, el de niña pobre hospedada en el seno de una familia rica, pero adaptándolo al estilo de una familia revolucionaria (creo que, desde entonces, un fuerte tópico de mi imaginario era la figura de la huérfana insertada en una familia ajena y, justamente, en la escritura de La niña guerrera me encontré con un montón de huérfanas. La figura de la orfandad sigue siendo una obsesión para mí). Durante esas vacaciones mi imaginación me dictaba anécdotas falsas y pasé mucha vergüenza cuando me descubrieron. Escribía mentiras y “acusaba” a esta mujer y a la camarada uruguaya de lesbianas. Eso pone en un plano de sospecha a todas las amigas de mi madre, con las cuales me crié. El imaginario lésbico estuvo rondándome desde la infancia y volver a entrevistar a chicas lesbianas fue como volver a casa. Y es como hacerles un homenaje a ellas, a esas mujeres amigas de mi madre, que no sé si eran tortas o no. Y es como pedirles perdón por mis mentiras y agradecerles lo buenas y generosas que fueron conmigo.

Este imaginario lésbico del que hablás parece hacerse presente cuando localizás en las historias de La niña guerrera escenas sutiles, donde la relación de cariño entre las niñas cobra un tinte pasional...

–Es que éste es un falso libro realista. Hay una manipulación completa del material real. Detesto la verosimilitud. Pero, contrariamente a lo que se podría pensar, estas historias están manipuladas, no con la intención de hacerlas más lesbianas sino desde el punto de vista de una lectora de Mujercitas. Una lectora enfermiza que trató de reescribir Mujercitas en clave lésbica. ¿Por qué? Porque tengo ese Rosebud –aquella palabra que eligió Orson Welles en El ciudadano como el significante a través del cual se explicaban todos los problemas de infancia del personaje protagónico– en Mujercitas, la lectura de ese libro es mi propio Rosebud. Yo creo que escribí estos relatos buscando mi identidad de mujer. Lo hice a través de Mujercitas, un libro que junto a otros del siglo XIX constituyeron mi manual de etiqueta para la vida diaria y a la vez mi moral como persona. Y también fueron mis libros de instrucciones. Esa figura de mujer estereotipada fue el ancla a la que yo me aferré porque la vida de mis padres era la macrobiótica, la revolución, mandarme de vacaciones haciendo dedo; yo detestaba todo eso y necesitaba diferenciarme para constituirme como mujer. Ser lesbiana es una manera más de ser mujer y la estoy explorando. Y se nota en cómo me enamoro de cada una de estas mujeres que aparecen en el libro.

En el libro tu estilo narrativo parece amalgamarse a las características de cada personaje, como si tuvieras con ellas una identificación muy profunda.

–Yo hice un ejercicio de autoflagelación, autocorte, como un acto de desaparición del yo como autora para tratar de que los personajes crearan su historia. Mi propio estilo es deprimente y aburrido, y es mucho más lindo cómo hablan Dalia Rosetti o Mariana Komando que como podría hacerlo yo. Me enamoré de cómo hablaban ellas. Por mi parte, con riendas invisibles traté de llevarlas al siglo XIX y convertirlas en un material de Louise M. Alcott, pero esto era algo secreto.

¿Cómo lograste que te entregaran sus historias así, con ese grado de profundidad?

–Es que yo me entrego mucho también. La misma avidez con que les pido a mis amigas las recetas que nunca logro hacer –como si les pidiera un password a la feminidad tradicional que mi madre nunca me pasó– es la que yo tuve entrevistando a las chicas que aparecen en el libro. Hubo muchísimas entrevistas que fueron superficiales y que no salieron. Muchas no las hice yo sino amigas que vivían afuera y me las mandaban. Interesantes, pero no lograban esa profundidad. Argentinas tengo un montón, pero son historias de chicas que por sus propias inhibiciones no fueron publicadas. Y también me pasó dar con historias buenísimas que cuando las mandé para que las chequearan, las propias chicas de esas historias me dijeron que no. Porque cuando una se lee no siempre lo puede o quiere soportar.

La palabra “guerrera”, que parece sintetizar tu búsqueda, ¿es algo que estaba en el comienzo del proyecto o te lo dieron a posteriori las historias con las que te fuiste encontrando?

–El libro no tenía título en el comienzo. Yo quería que se llamara Mujercitas, pero me parecía ofensivo para algunas de las chicas que quizá no se identificaban con esa palabra. La niña guerrera es el nombre de uno de los relatos. Yo creo que el día que entendí que el adjetivo para ese capítulo era “guerrera”, también entendí que debía ser el título del libro, porque sintetiza todas las historias. Si sos lesbiana en este mundo te hacés guerrera, no tenés otra posibilidad. Por más que en el libro trato con generaciones jóvenes, todavía ser lesbiana significa romper un mundo. Hasta Lisa, cuya historia tiene poco nivel de sufrimiento, en un momento dice: “Yo estaba desesperada. Pensaba que solamente éramos Sandra, Celeste, Marilina y yo”. Todas se creían que eran las únicas. Además, en el libro hay mucho sexo. Yo me di cuenta, merced a la lectura de un editor, que podía proporcionar material a las fantasías masculinas y me quedé petrificada. Yo no quería eso. De todas maneras, a mí nunca me gustó contar escenas sexuales, las eludo, giro alrededor del tema sin nombrarlo. Lo intenté hacer así a través de diferentes recursos, pero es inevitable: en La niña guerrera hay mucho sexo.l

La niña guerrera se presenta hoy a las 19.30 en el stand de Planeta de la Feria del Libro.

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Lisa Kerner, fundadora de las fiestas itinerantes Brandon Gay Day y de Casa Brandon, movimiento y club cultural.

La Komando, jardinera y performer.
 
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