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Viernes, 27 de agosto de 2010

RAUL ROSSETTI (1945-2010)

Un sujeto encantador

Raúl Rossetti emprendió su último viaje. Así era como él entendía a la muerte, aun habiéndola desafiado con garra cuando su porte de galán de fotonovela se había dañado con esas marcas que hace más de veinte años delataban al sida. Sobrevivir entonces fue una manera de navegar contracorriente, haciendo oír su voz ronca cuando la mayoría todavía aconsejaba silencio sobre la enfermedad y sus síntomas. Escritor desapegado de la carrera literaria, su obra se inscribe en la mejor tradición de la crónica de viajes. Oriente fue su mejor destino, hacia allí peregrinó contra su origen blanco, pacato y pueblerino sin caer en la ilusión de que podría convertirse en otro. El, transgresor por definición, llamó al servicio de emergencia médica y nunca pudo abrir la puerta. Una noche en Marrakech relatada por él mismo en su libro ¡Qué verdes son tus hojas! y el recuerdo de un amigo que no lo llora porque sabe que Rossetti supo vivir mil vidas es el homenaje posible ahora que él se llamó a silencio.

 Por Salvador Gargiulo

Hay vidas que podrían apreciarse en toda su extensión, como una suma de hechos que apuntan en una dirección y que responden a una voluntad certera e ineluctable. Vidas que cualquier occidental, como ironizaría Rossetti, envidiaría por su coherencia y solidez. Raúl Rossetti pertenecía exactamente al género opuesto. Es decir, a aquellos especímenes donde, parafraseando un acertijo de Leonardo Da Vinci, cuanto más se los trata menos se los conoce. Era, por decirlo de algún modo, un moralista estrictamente inmoral. Entrañable, dueño de una voz barítona que modelaba a su antojo y de una inefable sonrisa, Raúl era lo que se dice un sujeto encantador. Cierto era que en general las cosas le iban importando cada vez menos, pero eso no se traducía en una actitud de desprecio sino en el ejercicio de un sexto sentido rayano al absurdo: Raúl se reía de todo, y sobre todo de sí mismo. Había sido actor, y la conjugación en pretérito no hacía justicia a sus dotes de comediante, siempre presentes aun cuando la vida se empeñaba en hacerlo trastabillar.

Le gustaba tratar con chicos. Cuando lo hacía, se convertía en uno más. Mi hija Vera lo proclamaba “el tío Raúl”, y en la tarde de su cremación me enteré de que tenía tantos sobrinos adoptivos como gente había en ese recinto. Las mujeres se enamoraban de él tanto como los hombres. Conozco a alguien a quien la noticia de su muerte sumió en un llanto sincero y desesperado. Lo había visto sólo dos veces.

Sabía de drogas y narcóticos lo que nadie. Pero cuando alguien se engolosinaba con esta cháchara, el maestro herbolario le advertía que de nada servían, si la mirada no estaba puesta más allá. ¿Más allá? “Cuando el dedo apunta a la Luna, el idiota mira el dedo”, advertía, citando un proverbio sin dudas apócrifo. El humor de Raúl, sus atajos, no dejaban entrever el bosque. Apenas el brillo de sus ojos lograba traicionarlo.

Eran sus ídolos Genet, a quien imitó aun en sus más terribles virtudes, Rimbaud, Conrad, Burroughs, Blake y un inextricable elenco de autores legitimados por su prontuario. Habría que hacer mención especial de Oscar Wilde, a quien veneraba por su talento epigramático, y a Antonio Porchia, por sus paradojas crípticas y silenciosas. Pero fue Borges, a quien alguna vez guió por los puentes de Brujas, su dios tutelar y a cuya efigie dedicó un pequeño santuario doméstico.

Escribió libros que nunca releyó. Samsara, Túnez y otras orillas y Los mandatos ocultos representan tres etapas de un viaje singularísimo en la literatura argentina. Dé él como de nadie podría afirmarse que hizo suyas las palabras de su amigo Bowles: no era un turista, era un viajero. De Gulle Tijd, en coautoría con Felicitas Casavalle y publicado en Holanda, añade una enigmática cuota a esta lista.

Detestaba entrañablemente el pueblo donde había nacido –Cañada Rosquín– y odiaba sin tapujos el Liceo Militar, donde había dilapidado cinco años de su vida. Corría el año 1965 y el adolescente de pies de viento estaba dispuesto a desarreglar sus sentidos, en el más conspicuo sentido rimbaudiano, y a desafiar con hechos la moral burguesa. La apatía pueblerina lo había convertido en un craso transgresor: su primer trabajo en Buenos Aires fue en el grupo Lobo, en el Instituto Di Tella, cuyo elenco retozaba desnudo entre el público. Meses antes, en Santa Fe, desfilaba en un cuadro militar. ¿Contradictorio? No para Raúl Rossetti, amo y señor de lo inconjugable. Quería volverse sabio, pero travestido de demonio.

A Raúl lo cautivaba el Oriente. Había vivido en la India, en Marruecos, en Nepal y en algún monasterio de Tailandia. Había estado preso en Túnez, fue legionario en Cinecittà, chofer de una condesa, cultivó la amistad de Paul Bowles y consignó todo esto en una obra breve e intensa. No rendía culto a la imaginación: le bastaban sus experiencias. Tampoco al deseo: prefería refregarlo contra la realidad.

En su antología de viajeros argentinos en Oriente, María Cristoff lo considera, no sin razón, el único viajero mimético de la literatura vernácula. Su maniqueísmo resultaba honesto y pueril, y recuerdo arduas discusiones al respecto. Oriente era para él el reverso de Occidente, cloaca de la humanidad.

Un médico, Enrique Maloberti, a quien Raúl había conocido en el monasterio trapense de Azul, me anunció, un domingo a la madrugada, que mi amigo había muerto. Que lo encontró en su casa, a medio vestir, a los pies del poster de Borges. Habían quedado en encontrarse esa tarde, y Raúl no contestaba las llamadas. “Llevaba un día de muerto”, me dijo. Su hermana Irene contó después que en el contestador de Raúl había encontrado un mensaje. Era de los médicos de Emergencias, que después de tocar el timbre por diez minutos anunciaban que se retiraban del domicilio. Raro: ni siquiera sospecharon que un paciente cardíaco que llama a las dos de la mañana debía haber sufrido un paro respiratorio.

Lo que ocurrió luego fue una humorada del propio Raúl. Como no quería velatorio, su hermana decidió cremarlo. Jamás nadie vio el féretro. Ni en la funeraria, ni en la furgoneta, ni en el cementerio. Nadie lo vio cuando debió haber entrado al horno crematorio. A las dos horas, un lacayo mal atribulado nos entregó una caja de madera, que llevamos, en procesión automotriz, al muelle del Club de Pescadores de Buenos Aires. Una vez allí, el guardia no quiso permitirnos la entrada porque esa actividad –se refería a arrojar cenizas al río– “no estaba contemplada en el estatuto del socio”. Salvado el contratiempo, los deudos nos trasladamos a la mitad del muelle para proceder según la costumbre. Pero la caja de madera no se abría. Intentamos forzarla con una llave, sin resultado. Alguien sugirió pedir prestada una tenaza a los pescadores, que contemplaban atónitos la escena. Y no recuerdo quién, como más tino, sugirió dar vuelta la urna. Efectivamente, del otro lado estaban los tornillos. Fellini, otro fetiche del panteón rossettiano, hubiese aplaudido la escena.

De Raúl quedan unas noventa fotos, sesenta y dos cartas, treinta y nueve postales, veinte libros descalabrados, libretas con apuntes, seis fotonovelas donde hace de galán y, sobre todo, un original mecanografiado donde el mártir comediante ahoga al rodar de la pluma su aluvión de recuerdos. Queda además un documental sin estrenar y un puñado de amigos que insisten en emborracharse en su honor para sofocar la pena.

Creo que presintió su muerte. Tres meses antes nos había hecho firmar un documento en el cual se negaba a ser conectado a un respirador. Sus cenizas remontan ahora las nacientes del Río de la Plata, su Ganges tan odiado y tan amado.

Había vivido mil vidas en una sola. No le temía a la muerte, pues la sabía ocasión de otro viaje. Quienes lo conocimos seguimos frecuentándolo con obstinación y cariño.

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