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Viernes, 29 de octubre de 2010

A LA VISTA

Revisando el consultorio

A pesar de haber salido de la lista negra de las enfermedades mentales, la homosexualidad, y ni hablemos de la transexualidad, sigue siendo una brasa caliente en las aulas de la Facultad de Psicología. Aquí, la experiencia de una psicóloga que vivió en carne propia la sesgada interpretación de los textos de Freud como paciente y estudiante.

 Por Laura Colipe

Ante el pedido de asistencia psicológica en un hospital, tuve el agrado de conocer a una psicoanalista —al menos así se presentó— que luego de escucharme unos minutos, creo que al darse cuenta de mi identidad trans, me dijo sin sonrojarse: “No, yo no puedo atenderla. No soy especialista en estos casos”. Estas palabras resonaron por mucho tiempo en mí: la angustia de ser un objeto no registrado. Con el tiempo conocí muchos “casos” que vivieron una atención psicológica similar. Es así que como estudiante de Psicología comencé a despuntar el lápiz; y si me centro en el psicoanálisis aquí, es porque la Facultad de Psicología de la UBA es claramente psicoanalítica. En diferentes cátedras —no sólo de psicoanálisis—, algunos profesorxs al pronunciar el tema homosexualidad expresan claramente su posición homófoba, abonando a la idea de que la homosexualidad es una condición que hay que revelar, explicar, cuya etiología requiere una investigación. La heterosexualidad no. Es más: en una cátedra se sostiene que el travestismo y el transexualismo son psicosis, que reflejan categorías psicoanalíticas que promueven la segregación.

Hay que aceptar que los textos freudianos presentan cierta conflictiva tensión teórica que sienta base para lecturas tendenciosas, en especial Tres ensayos para una teoría sexual, donde se habla de la homosexualidad como producto de una “desviación” con respecto al objeto sexual y a la meta sexual, resultado de la “detención del desarrollo sexual”, de un salir “erróneo” del complejo de Edipo, cuyo fin es llegar a una vida adulta, normal y sana. Según las identificaciones que realizó la persona en esa fase libidinal —fálica—, el sujeto homosexual queda fijado a su madre sin abandonarla en la adolescencia, identificándose con el objeto, porque de esta manera alivia su temor a perderlo.

Pero la lectura de este texto y otros debería imponer la circulación de interrogantes sobre esta tensión teórica, para reelaborar sobre lo dicho, y no tomarlo de forma literal: ¿la homosexualidad es producto de una detención del desarrollo? Entonces, ¿existe dónde llegar? ¿Y cuál es la meta? Si no se evoluciona en etapas o fases, ¿hay déficit? ¿Es definible la sexualidad?

Durante una clase de “psicología del deporte”, luego de un acalorado ir y venir de opiniones, el docente dijo lo siguiente: “Yo creo que es así, como ustedes dicen; en el fútbol hay mucha homosexualidad pero, bueno, no nos metamos con esto, demasiados problemas tiene esta gente, ustedes que tienen psicoanálisis lo estarán viendo”. Todos nos miramos, pero nadie emitió una palabra. Parece ser que para algunos el derecho a una inscripción simbólica —que unos pocos deciden— sólo está cedido a los heterosexuales, mientras que las otras formas de sexualidad resultan fantasmas imaginarios desafiantes, transgresores por esencia.

Este planteo no pretende sostener una imagen peyorativa del psicoanálisis —ni de las diferentes perspectivas psicológicas— sino realizar un llamado de atención acerca de la tensión presente en los textos psicoanalíticos utilizados para fundamentar creencias personales (las contradicciones son propias del proceso de creación del conocimiento, esto no lo hace menos válido, al contrario, manifiesta el dinamismo propio del pensamiento). Se debe prestar especial atención a la formación que reciben los “psicólogos y futuros psicoanalistas”, a lo que se dice, cómo se dice y por qué se dice. Si bien Freud postula cierta normativización en alguno de sus escritos, también es verdad que puso blanco sobre negro, reconsiderando su posición sobre el tema, que sostuvo hasta sus últimos días. En “Carta a una madre americana”, escrita en 1935 y publicada recién en 1951, Freud no dudó en afirmar que la homosexualidad “no es un vicio, ni un signo de degeneración, y no puede clasificarse como una enfermedad [...]”, definiéndola como una variante en la función sexual; subrayó además que hostigar la homosexualidad era una “gran injusticia y una crueldad”, y que el análisis debería ser útil para devolver la armonía a una persona si se sentía infeliz o neurótica, autónomamente de si era homosexual o no. Además, en una de sus últimas cartas, sostiene: “La moral sexual tal como la define la sociedad (...) me parece muy despreciable. Me identifico con una vida sexual mucho más libre”. El gran interrogante a partir de lo breve expuesto aquí es pensar que si bien el psicoanálisis manifiesta cierta conflictiva, que puede ser leída y criticada, ya que en sus variadas “contradicciones” resulta normalizador y defensor de dogmas, lo oportuno es repensar en “quiénes son” los que tergiversan los textos para sostener desde una disciplina una posición. Estos psicoanalistas habilitan un orden patriarcal, forjando una sexualidad idealizada e ideada para reproducir e imponer un orden simbólico social; así, el psicoanálisis actúa en ocasiones como un saber que el analista instrumenta en su trabajo. Pero esto rompe con los ideales del mismo Freud, quien sostenía que el psicoanálisis es el ejercicio de un método, por lo tanto hay que olvidar todo prejuicio, toda creencia para que resulte. Algunos psicoanalistas fuerzan a que el destino político del psicoanálisis sea instrumento para heteronormativizar la sexualidad. Sosteniendo una ficción de ser hombre o mujer sólo para tener inteligibilidad social, reproduciendo prácticas sexuales prescriptas por un régimen político dominante. Algunos no aceptan que los conceptos de homosexualidad y heterosexualidad son modelos creados por la cultura, los cuales ya no existen —o se están fragmentando— y, en contra, sostienen un saber disonante con el hoy. Un profesional se define en la práctica, hay algo operando que no permite un mínimo de coherencia y eso es la contradicción no pulida que fuerza a definir a un otro de forma arbitraria y cruel, sin posibilidad de ser escuchados. Quien utiliza el poder del conocimiento para invisibilizar al otro, lo hace porque adolece de sabiduría.

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