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Viernes, 19 de noviembre de 2010

Lustrando el bronce

Primero fue pecado, después enfermedad y luego delito. Broma pesada fue siempre y también señal de refinamiento, de franco erotismo, de diversión y orgullo desafiante. La historia de la homosexualidad en la Argentina (Editorial Marea), escrita por Osvaldo Bazán, se reedita ahora incluyendo la crónica de los sucesos y discusiones en torno de la promulgación de la ley, vuelco decisivo en una oscura historia de torturas y calamidades.

 Por Liliana Viola

Lo que vulgarmente, o a simple vista, se denomina “un ladrillo”: un libro gigante de más de seiscientas páginas que lleva como título Historia de la homosexualidad en la Argentina. Tal vez una apuesta contra ese mito de que la loca no lee. Ahora van a ver si no lee. Y, enseguida, la tentación de empezar la entrevista con una broma de estudiante: “Disculpe, Osvaldo Bazán, ¿Belgrano era gay?”.

Cuando lo editó por primera vez, en 2004, le predijeron que no iba a vender mucho porque la palabra “homosexualidad” ahuyenta cuando va en tapa. La opción sugerida, Historia de la diversidad sexual significaba huir por la tangente más correcta, pero también más imprecisa. Por si quedan dudas, en esta edición actualizada, el arco iris lidera el arte de tapa. Además, un detalle del cuadro La familia del sentenciado, de la inquietante artista argentina Milfred Burton: es un jovencito de principios del siglo XX, de mejillas sonrojadas, que está oliendo el aroma de una rosa carmesí. Ese debe ser el famoso manflor, tan alegre y tan golpeado, del que tanto hablan las crónicas argentinas de los ’60 y los ’70. Adentro, un grabado donde unos perros se revuelcan con humanos desnudos mientras otros humanos vestidos los miran. Pero no, no es lo que la imaginaciópn de algunos legisladores soñó durante el debate de la Ley, es la matanza de 50 sodomitas llevada a cabo en Centroamérica y organizada por Vasco Núñez de Balboa. Los perros se están comiendo a los hombres. Los que miran son los católicos conquistadores.

Van a desfilar a lo largo de 140 capítulos escritos como microrrelatos, no sin sentido del humor y hasta candor: las transexuales, las travestis del Viejo Mundo, el cacique Era Pacra, “hombre feo, sucio y grandísimo puto”, los huarpes y sus penes de barro, los gigantes sodomitas reducidos en la hoguera, Leocadia/Antonio, expulsada del convento por enamorar monjas, la musa argentina de Marcel Proust, la triste Manon, la Rosita de La Plata, Dafne, la mujer-hombre. También los ejercicios higienistas, el escándalo de los cadetes, los compadritos entre ellos, las teteras, la revista Contorno, la década del ’70, el inicio de la militancia. Revistas, películas, avisos publicitarios, hasta llegar al actual auge de lo friendly.

Osvaldo Bazán publicó en la Editorial Marea la primera versión hace seis años, con el propósito de abarcar 500 años de historia y demostrar hasta qué punto hubo y hay vida homosexual en estas pampas. Escribió un libro que encadena anécdotas y episodios asombrosos, pero sobre todo ha escrito un libro muy triste. Los personajes reales asoman la cabeza, ya sea para bailar un cuplé en el teatro de Lola Membrives, para hacerse escritor en un pueblo de provincia o para cantar su amor a los cuatro vientos, y siempre aparece alguien que le parte la cara de un pisotón. Gran paradoja: la historia de la vida homosexual es una historia de gente que en pos de la divinidad, de la salud, de las buenas costumbres y de la familia, le recorta la vida al resto. Igual, la tentación, casi como decía Oscar Wilde, no es algo tan fácil de domesticar.

¿Belgrano era gay?

–Mirá, no te rías, no es nada casual que la primera pregunta que me hagas sea ésta. Se instaló casi como un chiste, pero con raíces reales. Al principio ni se me había ocurrido investigar el tema, pero tuve que agregarlo porque es la pregunta qué mas me hacía la gente y me sigue haciendo. Creo que por algo se hace, por algo interesa tanto. Te diría que quien quiera la respuesta que lo lea, está en la página 85. Pero lo más importante es que existe una obsesión con este tipo que tenía una voz aflautada, que se dedica a la guerra cuando bien podía haberse dedicado a las artes o al Derecho o quedarse en Europa. Fijate que hay quienes sacaron a relucir los dos hijos que nunca reconoció como muestra de su hombría. Y otra cosa muy interesante es que este morbo viene de los dos lados. Desde la homofobia, que ya en sus tiempos se le burlaban en la cara por la voz, por los modales y cada vez que pudieron le tiraron con esto, lo cual era una lacra; y desde la homosexualidad, con esa necesidad que no entiendo de tener héroes propios. Es ridículo. ¿Por que esa necesidad de que haya un héroe gay? ¿Qué aporta?

La risa frente al puto o al posible puto aparece en muchos capítulos de tu libro.

–Se repite porque es la forma de la mayoría heterosexual de relacionarse con la minoría, es parte de una dinámica de crueldad.

Cuando empezaste a investigar, ¿no estabas vos también buscando héroes propios, mártires incluso, personajes ejemplares? ¿Llegaste a vislumbrar que podía servir para informar a los legisladores algún día?

–Cuando empecé este libro, lo escribí para mí. No es que tenía una tesis que quería probar. No soy académico, soy periodista, y sentí la necesidad de buscar respuestas a la pregunta de por qué hay una parte de la humanidad a la que yo pertenezco que recibe tanto odio de la otra. Por qué molesta tanto la diferencia sexual. Por qué si hay tantas diferencias entre las personas, justamente esta diferencia genera un odio tan grande.

¿Y qué encontraste?

–Muchísimo más de lo que esperaba. Yo pensaba trabajar de la dictadura para acá cuando empiezo a ver que hay muchísimos materiales. Los relatos de los conquistadores donde ellos mismos cuentan la diversidad que los horroriza. Nos enteramos de cómo se vivía porque ellos relatan el modo en que los reprimen. Los casos que trascendieron nos llegan porque funcionaban como ejemplificadores de lo que no se debía. Conocemos las historias por el castigo que recibieron. Por eso vas a ver que el libro tiene siempre un tono de asombro, que es el asombro mío ante lo que iba descubriendo.

¿Y tan fácil es encontrar esta información?

–La información está, al menos si hablamos sobre homosexualidad masculina. Sobre lesbianismo es muy difícil porque no se consideraba sexo si en la relación no intervenía el pene. Por lo tanto, hay menos castigo, y menos relato. Pero claro que lo que falta es una mirada no hétero a la hora de ir a buscar. Por ejemplo, en el caso del malevo Cepeda que va preso por anarquista, por borracho, por ladrón, en ningún lado decía que también porque era gay. Cuando voy a la Academia del lunfardo, nadie me daba esa información que tenían ahí, estaba en los documentos que Cepeda muere peleando con otro hombre por el amor de un pendejo. Entonces ahí la historia de su vida se reconstruye en otra clave.

¿La pregunta inicial fue por la molestia que la diferencia genera en los otros o también buscabas respuesta sobre tu propia homosexualidad?

–La pregunta sobre por qué soy gay no me la hice nunca, no me interesa, no se me ocurriría preguntarle a un psicólogo, a un cura, tampoco a mí. Es como decir por qué tengo dos piernas.

Sin embargo, muchos personajes que rescatás identifican ese momento en el que se dan cuenta como un momento fundacional. Por ejemplo, en el siglo XIX, Karl Heinrich Ulrichs contaba que la revelación espontánea y definitiva le llegó hojeando un libro de arte cuando notó que lo excitaban los desnudos masculinos; dice además que ahí su vida cobró sentido. También contás que María Rachid, adolescente en Estados Unidos, se reconoció como lesbiana en el momento en que luego de pensar qué pensarían de ella si la veían allí, se puso en una cola en una oficina de información para gays y lesbianas antes de tener mucha idea de por qué lo hacía.

–Sí, incluyo varios “darse cuenta” a lo largo del libro, porque el descubrirse en el desarrollo de cualquier personalidad es un momento pesado , y más de un homosexual. Es cuando te das cuenta de que sos alguien a quien la sociedad no está esperando. Hay un momento de mayor violencia todavía y que hoy persiste: es cuando te das cuenta de que sos alguien a quien la sociedad no le da un documento de identidad. Por eso es tan importante la ley de género. Las personas trans se dan cuenta de que son alguien a quien la sociedad les responde que no, que no lo son. Darse cuenta implica decir “Yo soy éste”. O, si no: “Tenés razón, soy lo que vos mandes”.

¿Y cómo fue para vos vivir este momento en Salto Grande?

–Soy muy inconsciente y nunca me importaron las cosas que se dijeran. Hoy es genial porque vuelvo luego de estar en la tele, el libro está en las bibliotecas. Creo que esto les ha hecho la vida más sencilla a los chicos que hoy viven allí. Yo fui estudiante en la época de la dictadura, en un pueblo de 2500 habitantes. Hoy veo la libertad de los chicos y me da un poco de envidia, pero también creo que la adolescencia siempre es jodida. Pero respondiendo a tu pregunta, lo que puedo decirte es que cuando tuve edad para irme, lo que hice fue irme lo más lejos posible. Podía haber estudiado en Rosario, pero me fui a La Plata, les metí un verso a mis padres, les dije que esa carrera no existía en Santa Fe.

En la primera parte del libro aparece muchas veces una palabra que ya no se usa, “nefando”.

–Esa palabra es clave, y eso es lo que estalló ahora con el debate de la ley de matrimonio. Porque en los anales de la historia, el catolicismo, los poderosos, cuando hicieron el marketing para acallar a las minorías, que lo hicieron perfecto, estos estrategas inventaron esto del pecado nefando. Nefando es aquello de lo que no se puede hablar. Y si no se puede hablar, no existe. Y si no existe, se lo puede utilizar como enemigo débil común. Porque eso es algo que entendí en esta investigación: nada mejor para el poder que encontrar un enemigo débil, que no puede hablar, que está avergonzado contra quien descargarse. Y aquí pasó eso en el debate. Como el tema de la diversidad sexual no se podía hablar, las personas no existían como sujetos de derecho. Ahora, en cuanto se habló, hubo que decir en voz alta: “Cómo vamos a negarles un derecho a esta gente”.

En la mesa de noche de cada senador

La versión actualizada cuenta con 200 páginas más que el original. El tono cambia completamente: ya no es el relato de la barbarie sino la celebración de un triunfo. Ya casi no hay bibliografía, se tira la chancleta de la investigación para ingresar a la crónica que culmina en la ley de matrimonio igualitario. Este libro tuvo un lugar protagónico en esta gesta y la contratapa lo anuncia en letras de molde: “El libro que leyeron los legisladores antes de dar el ‘sí’ al matrimonio igualitario”.

Un ladrillo. Un ladrillo en el mejor sentido, el de la construcción, en la cabeza recibieron senadores de la patria poco tiempo antes del debate en el Congreso.

¿Cómo llega el libro a manos de los senadores?

–En realidad, el libro apareció en la discusión en Diputados y yo fui el primer sorprendido. Había seguido el debate hasta la 1 de la mañana y me fui a dormir. Me levanto temprano para ir a la radio y ahí me encuentro lleno de mensajes felicitándome porque el diputado Agustín Rossi había citado mi libro en su discurso. Lo miré en YouTube y me puse a llorar. Eso que yo había escrito en mi casa, de pronto estaba ahí. La verdad es que me sentí superado, halagado y no quiero más que eso en mi carrera periodística, que es más de lo que nunca esperé. Ya en esos días me habían querido hacer entrevistas por el libro, pero como lo había escrito hacía años, yo no daba mucha bola. En ese momento me di cuenta de que era mi lugar, ahí es cuando empecé a salir en todos lados... Empecé a participar del debate y se me ocurrió repartir el libro antes de que se diera la votación en el Senado porque me di cuenta de que aún los que estaban a favor no tenían mucha idea de qué estaban hablando.

¿Cómo se hizo el reparto?

–En la editorial habían quedado unos 100 libros. Pero, bueno, se trata de una editorial chica que no está en condiciones de regalarlos. Así que hablamos con el Inadi, yo no cobré derecho de autor y la editorial los vendió al costo. Y el Inadi se encargó de repartirlos. Todavía no pagó.

¿Por qué decís que te gusta decir matrimonio gay y no matrimonio igualitario?

–Bueno, es que la palabra “igualitario” me suena fea. Es una palabra sin emoción; me pareció bien usarlo, lo usé, pero creo que el matrimonio igualitario se terminó a las 4.05 de la mañana del 15 de julio. Hay matrimonio y punto. Si la ley no hace diferencia, ¿por qué lo hacemos nosotros? Ahora cuando decís “tengo un casamiento”, tenés que explicar si es de chicas, de chicos o de héteros.

Bueno, no tanto...

–Tenés razón, ahora los gays son los únicos que se casan. Quiero decir algo: el matrimonio es un garrón. Es bueno decir que es una institución en crisis que no ha hecho feliz a la gente, como casi ninguna institución, nunca pensamos que el matrimonio es una panacea. Mucha gente usó aviesamente esto para decir que tan disidentes que éramos y al final queríamos una institución perimida. No. Lo que yo quería decir es que no me quiero casar. Antes no lo podía decir. Porque, quisiera o no, no podía. Me parece maravilloso que si es el sueño de muchos, lo cumplan.

Por lo visto la ley es más que una simple ley...

–El tema es que, al caer esta barrera de discriminación, funcionó como pedagógico en muchas cosas. Hasta el 15 de julio venía el mozo, hasta uno de buena onda, que si veía que te besabas con tu novia, te decía: “Todo bien, pero éste es un lugar de familia”. Y vos le podés decir ahora: “Esta es mi familia”. El Estado reconoció esta relación. Por eso es importante la ley de género, para que las chicas no sean la caja chica de la policía y todo lo que ya sabemos. La ley no soluciona los temas, claro que no, pero es el peldaño que hay que pisar para solucionar estos temas. Muchos de nosotros empezamos a ser ciudadanos de primera ahora, por eso no debemos cerrar la puerta detrás nuestro porque queda gente afuera. Me pregunto cómo hace un diputado o senador que votó esa ley para no votar la de identidad de género. Cómo hace la sociedad que apoyó esta ley para decir que no.

En un apartado muy apartado decís que no te vas a referir a las rivalidades dentro del activismo Glttbi, pero que las hay, las hay. ¿Por qué no ahondás en ese tema?

–Las internas existen, por eso las mencioné. El día de la promulgación te daban dos pins, dos socotrocos que si te veían sólo con uno, te estampaban el otro en la solapa. Y pensabas: “No se ponen de acuerdo ni para hacer un pin”. Creo que ahora se van a agravar las diferencias, estuve en la marcha de Córdoba este sábado y lo veo. Hay intereses políticos, partidarios, como ocurre en toda organización que crece. Y es saludable, pero para explicarlo y que se entienda, habría necesitado 500 páginas más. Es otro libro.

La primera versión terminaba con una afirmación algo críptica: “La homosexualidad no es nada”. ¿Qué significa eso?

–Bueno, yo decía eso en 2004, estábamos en un momento político muy lejos de la igualdad de derechos. Luego de ver las torturas, la persecución y las vejaciones de las que fue objeto la homosexualidad, yo me dije: “Fuera de esto, la homosexualidad es nada”.

¿Nada malo?

–Como no hay nada diferente entre un homosexual y un hétero, pensemos en sus derechos. Lo que hay es un grupo de gente que tiene un interés sexual afectivo amoroso por otra gente.

¿No hay diferencias?

–En ese momento dije eso. Y hoy entiendo que eso no es así. Hay una frase que dijo el socialista Rubén Giustiniani en el recinto y a mí me despertó: “Lo contrario de la igualdad no es la diferencia, es la desigualdad”. Por eso en esta versión ampliada digo que hay que celebrar la diversidad. Exigir y celebrar esa diferencia. De algún modo hablar de esa nada tuvo un fin estratégico que se cumplió, es algo que a los heterosexuales les pegó.

La otra vez decías que “la homosexualidad no es nada” y ahora terminás con “que siga el show”.

–Sí, en 2004 se lo dedicaba a los ignorantes y necios que me habían llevado a hacerme esta pregunta. Y ahora se los dedico a todos los que hicieron posible que la Argentina sea el décimo país del mundo en donde las personas del mismo sexo se puedan casar legalmente. Y a todos los que no, porque ellos también disfrutarán de la igualdad. Fue una decisión la palabra “show”. El libro es muy triste y creo que merecemos la alegría del show de la vida, nosotros y todos los ciudadanos. Me gustó que fuera la última palabra. El libro tiene como dos finales. Uno fue el orgasmo; es que lo que pasó esa noche de la ley fue increíble. Y la frase final fue el momento del después, ya fumando: “Te digo, ¿sabés qué? Sí, te amo, vamos por el show de la vida”.

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Imagen: Sebastián Freire
 
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