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Viernes, 3 de diciembre de 2010

Ahora que ya es de noche

Novelista, ensayista y poeta, Reinaldo Arenas nunca dejó de cantarle a su querida Cuba, ni al deseo ardiente por los esculpidos cuerpos masculinos. Perseguido por el gobierno de Castro en la década del ’70 y escribiendo en un exilio forzado hasta su muerte tan temprana en los ’90, Arenas dejó una obra de gran resentimiento, de experimentación alucinante con el lenguaje y de una potencia sexual que aún levanta la temperatura de quien lea estas páginas.

 Por Adrián Melo

”Las mayores fuerzas de la vida íntima –las pasiones del corazón, los pensamientos de la mente, las delicias de los sentidos– llevan una cierta y oscura existencia hasta que adquieren visibilidad y se hacen públicas”, dijo una vez Hannah Arendt. “A veces no sé si soy un ser real o el personaje de algunas de mis novelas”, dijo en otra ocasión Francis Scott Fitzgerald. Las dos afirmaciones valen para el escritor y poeta cubano Reinaldo Arenas (1943-1990), quien hizo particularmente de su vida una obra y de su obra su biografía. A veinte años de su suicidio, su poética y su narrativa, que pueden leerse como una gran creación única y monumental –a la manera de En busca del tiempo perdido de Proust–, nos interpelan respecto del lugar de la literatura como supervivencia y denuncia, del amor de los muchachos como goce y subversión y se presentan como el alegato literario más elocuente respecto de la política represiva del régimen de Fidel Castro contra los homosexuales.

Las cinco verdades

Las novelas y los cuentos de Reinaldo Arenas cuentan una y decenas de veces la misma historia, que son la de su propia existencia: una niñez y una adolescencia pobres en un pueblo y durante la dictadura de Fulgencio Batista, una juventud erotizada y rebelde que se embarca en el sueño eterno de la revolución cuyo centro es La Habana, el desencanto y el derrumbe de todas las ilusiones bajo la forma de Estado implementada por el comunismo castrista, y luego el exilio y de la añoranza perpetua de Cuba. Arenas nació el 16 de julio de 1943 en un pueblo rural. Su denominada pentagonía está compuesta de Celestino antes del alba (1965), El palacio de las blanquísimas mofetas (1980), Otra vez el mar (1982), El color del verano (1991) y El asalto (1990), todas novelas que siguen esa trayectoria vital.

Así, Celestino antes del alba es la historia de un niño cubano que vive en el campo, en una provincia muy pobre. Su abuelo es un hombre frustrado que lo regaña y lo amenaza de muerte. La abuela es una vieja que vive para discutir con su marido y que habla con apariciones y santos. Es la madre de una generación condenada al fracaso y a la soledad: todas sus hijas fueron abandonadas por los hombres o no conocieron ninguno. Celestino, fruto de una de esas mujeres, convive con sus primos muertos y con duendes, brujas y fantasmas. Es la imaginación y el escribir en las hojas de los árboles –actividad violentamente reprimida por el abuelo– lo que le permiten sobrevivir. Sin embargo, harto de su vida y de las persecuciones de su abuelo por ser poeta, Celestino terminará ahorcándose.

El palacio de las blanquísimas mofetas es, sin duda, la continuación de Celestino antes del alba y narra la juventud de Celestino, que ahora cambia su nombre por el de Fortunato. Fortunato es el nuevo alter ego de Arenas: se le pide que deje de soñar y que ingrese al mundo de las responsabilidades, el trabajo y la hipocresía de los adultos.

Nuevamente tenemos un abuelo empobrecido y frustrado que ahoga su furia en su familia y deja de hablar el día en que su hija, Digna, es abandonada por su marido. Su abuela habla con Dios y maldice su destino y el de sus hijas. Si Celestino escribía en las hojas de los árboles, Fortunato escribe en los papeles que sirven de envoltorio en el negocio de su abuelo. Son los últimos años de la dictadura de Batista, y el hambre y el desempleo son moneda corriente. Más por tedio que por convicción, Fortunato intenta irse a la Sierra con los rebeldes, pero los guerrilleros no lo aceptan porque no tiene fusil. El triunfo de la revolución no logra terminar con la desolación y el hastío, y Fortunato muere ahorcado. En Otra vez el mar el protagonista es Héctor, un poeta devenido burócrata desencantado por la revolución. La novela es un interesante experimento literario compuesto de dos cantos: en el primero, una mujer –que quizá sea el propio protagonista desdoblado– narra la frustración sexual de su matrimonio con Héctor y el temor de que su marido la haya engañado con un bellísimo adolescente durante unas vacaciones en la playa. El segundo canto es el único espacio en donde Héctor puede mostrar sus poemas, poemas que pueden costarle la vida –como a Celestino, como a Fortunato– porque describen su decepción frente a la revolución: “Cada puerta, una docena de sonrisas hipócritas. Cada ventana, un centenar de reverencias”.

Héctor se volvió adulto a la manera en que se le exigía a Celestino y a Fortunato. Sin embargo, el deseo por el muchacho de diecisiete años, que exhibe libremente su cuerpo, que entra y sale del mar, que se contonea arrogante y le ofrece sus muslos en la playa, le hace replantear su vida. “Hoy / no iremos al mar / porque en el mar hay siempre un adolescente / que exhibe la inminencia de estar vivo / y eso ya no lo podemos tolerar.”

Héctor no sucumbirá al placer de gozar del muchacho sino que, convencido de que es un agente que trabaja para la Seguridad del Estado, lo mata en una cita clandestina. Queda denunciada aquí la imposibilidad de los amores fugaces o perdurables bajo los regímenes autoritarios, ilustra esa sensación de persecución permanente que impide el goce y rememora quizás un hecho narrado por Arenas en su autobiografía: “(...) mientras me estaba bañando, llegó al baño un mulato imponente que, no bien entró a la ducha, su sexo se irguió de una manera impresionante. Yo siempre he sido sensible a ese tipo de hombres; él se me acercó con el sexo erguido y, por suerte, logré que mi mano enjabonada lo frotase varias veces antes de que eyaculase. Nunca vi a una persona más feliz después de eyacular; daba saltos sobre el tablado y decía estar muy contento de haberme conocido. Me dijo que teníamos que vernos al día siguiente y yo le dije que sí, aunque no pensaba hacerlo (...). En mi paranoia, pensaba que me lo habían enviado para saber si continuaba con mis prácticas sexuales, porque en mi retractación había prometido no volver a tener contactos homosexuales”.

Quizá la novela más lograda de Arenas es la que eligió como la cuarta de su pentagonía, aunque es la última que escribió: El color del verano o Nuevo jardín de las delicias, un verdadero Satiricón pleno de aventuras eróticas y de exaltación del deseo masculino, que transcurre ya no en la Roma antigua de Nerón sino en la Cuba de Fidel, o Fifo, como eligió llamarlo en su relato en el futuro cercano de 1999 y narra la preparación de las festividades del 50º aniversario del régimen de Fifo Castro, quien aparece como un viejo patético, paranoico, represor y culeado que manda asesinar por un tiburón maricón a los disidentes que, en medio de una orgía carnavalesca, intentan desprender la isla de su plataforma insular para convertirla en una gran canoa a la deriva. Incrusta aquí una narración rabelaisiana de celebración del bajo vientre, verdadera oda a los cuerpos espléndidos masculinos, a los culos redondos y a las pijas grandes. Como transcurre en épocas de Carnaval, la metáfora sirve tanto para festejar el tiempo en que la carne vale como para subrayar el hecho de que la única forma de vivir bajo el castrismo es con máscaras. Lejos del dramatismo de Otra vez el mar, el humor y la risa en sentido bajtiniano actúan como liberadores del miedo al diablo. Si Bajtin es la referencia para leer El color del verano, al contrario del Carnaval medieval, que era liberador y conservador en un mismo movimiento por estar restringido a un plazo establecido, nos encontramos en la novela con el carnaval sin tiempo que sólo es posible en el plano imaginario de la literatura.

En la última obra de la pentagonía, El asalto, Arenas consuma en el plano imaginario su deseo más recurrente: matar a Fidel Castro. El personaje principal recorre la isla de Cuba con la intención de encontrar y asesinar a su madre. Está convencido de que “si no la mato rápido, seré exactamente igual que ella”. Después de que gran parte de su obra fuera construida en función del odio a Castro, Arenas quizá teme que se cumpla esa paradoja recurrente de terminar pareciéndose a su enemigo. Situada en un futuro apocalíptico (después del exilio, Arenas se refirió a sí mismo como un refugiado del futuro) que recuerda el clima de 1984 o Un mundo feliz, la búsqueda de la madre es la excusa para denunciar un Estado megatotalitario conducido por el Reprimerísimo en donde abundan las matanzas, las persecuciones ideológicas y los campos de reeducación, trabajos forzados y concentración (“Las grandes prisiones patrias”).

A partir de un plan político inspirado e instigado por el narrador (que sufre náuseas ante el contacto físico), son particularmente penados con la persecución masiva y el aniquilamiento total todos los que son sorprendidos mirando la bragueta o las nalgas de alguien. En la última escena de la novela, el narrador encuentra finalmente a su madre y se le revela que su madre y el Reprimerísimo son la misma persona.

Todos los hombres, todas las voces

Mientras sus novelas eran leídas y festejadas en Europa y en el resto de Latinoamérica por su inteligencia y su originalidad, Arenas vio reducirse su vida a una especie de escena picaresca donde el protagonista debía ir mudándose de un lugar a otro, donde iba viviendo tórridas aventuras amorosas y cambiando de trabajos para sobrevivir.

Desdoblamiento y polifonía son dos recursos típicos de Arenas. El personaje principal, que suele funcionar como alter ego del autor, muchas veces se suicida para renacer en la siguiente novela con otro nombre en otra época vital. Los desdoblamientos también se suceden entre los mismos personajes. Así, Celestino es también su primo –que puede ser imaginario– que narra la historia. Fortunato es también el narrador y su destino de agonía permanente se confunde con el de los otros muertos y con el de sus tías, que sufren la falta y el deseo de un hombre. A su vez, los relatos eróticos como posibilidad de libertad aparecen prenunciados y parecen desdoblamientos de otros relatos gozosos que asoman en otros cuentos y que aparecerán en la autobiografía en donde Arenas se jacta de haberse acostado al menos con 5 mil hombres. En el cuento “El cometa Halley”, por citar sólo un ejemplo, las hijas de Bernarda Alba, incluso una Adela resucitada, se entregan a una bacanal orgiástica de lesbianismo, incesto y sexo carnal entre ellas, con otros hombres cubanos y con el hijo de Pepe el Romano, poseídas por el influjo del cometa y con la convicción de que se acercaba el fin del mundo.

Por otro lado, sus novelas contienen “pluralidad de voces y conciencias independientes e inconfundibles”, que dan lugar a “una auténtica polifonía de voces autónomas” como había definido Bajtin. Todas generalmente expresan la misma frustración aunque, incomprendidas, no suelen dialogar entre sí. Quizá suelen tomar la forma del monólogo porque expresan diversas facetas de un solo ser o personaje.

“Tres fueron las cosas maravillosas que yo disfruté en la década del ’60: mi máquina de escribir, ante la cual me sentaba como un perfecto ejecutante se sienta ante un piano; los adolescentes irrepetibles de aquella época en que todo el mundo quería liberarse, seguir una línea diferente a la línea oficial del régimen y fornicar; y por último, el pleno descubrimiento del mar”, dice en su autobiografía. Las únicas treguas o las únicas líneas de fuga de la vida son la escritura, el placer de la posesión de los cuerpos de miles de muchachos bellos, el mar, siempre el mar, y el suicidio cuando los totalitarismos no dejan lugar a una vida plena.

El odio que no cesa

Arenas fue muy criticado por su anticastrismo, que no presenta matices ni ambigüedades. Especialmente en su autobiografía, Antes que anochezca (llevada al cine espléndidamente en 2001 e interpretada por Javier Bardem), los sentimientos contra el régimen de Fidel Castro se presentan en forma de insultos personales escritos con violencia y sin demasiada reflexión. Por supuesto, se vuelve banal reprocharle al autor esos sentimientos. Perseguido por homosexual y por no mostrar en sus escritos el debido entusiasmo por el proceso revolucionario, el escritor se vio obligado a publicar casi toda su obra (salvo Celestino...) fuera de Cuba, a ocultar y perder parte de sus libros (Otra vez el mar fue reescrito tres veces), hasta finalmente verse obligado a abandonar a su amada Cuba en 1980 y escaparse durante la denominada Operación Mariel. Las páginas más desoladoras de su autobiografía y que dejan huellas indelebles en todo aquel que la leyó, son las que relatan las encarcelaciones repetidas y muy especialmente su torturante experiencia en la tenebrosa y tristemente célebre prisión del Morro. Pero, como en el resto de su obra, los episodios que describe la autobiografía conjugan el terror estatal con la picaresca, el erotismo vibrante y la pasión por la vida.

También es criticado por centrar su obra casi exclusivamente en el deseo homosexual. La homosexualidad adquiere el status de categoría política, de subversión contra las formas de vida que intenta imponer el Estado castrista. Y, desde el otro lado, que no presente una versión “positiva” de la homosexualidad, ni feliz, ni correcta.

Paradójicamente, Arenas –como Pasolini– rescata de los regímenes represivos el hecho de que permitan el pansexualismo y el goce doble que implica el peligro de estar haciendo algo prohibido. El prohibido placer de tocar un muslo joven en un bus, un bulto voluminoso en un cine o gozar de adolescentes bellísimos que iban a ver a sus novias después de disfrutar las delicias de unas nalgas masculinas o de soldados que iban a satisfacerse con las locas luego de vivar a Castro en la Plaza de la Revolución, son, para el autor, disfrutes particularmente vedados y excluidos de las sociedades civilizadas y tolerantes que favorecen los ghettos.

“En la Cuba castrista, un hombre podía tener relaciones con otro como un acto normal. Y burlarse de la distinción propuesta por la ortodoxia que postulaba que la lucha en Cuba no era la de revolucionarios vs. contrarrevolucionarios sino la de machos contra maricones. La militancia homosexual ha dado otros derechos que son formidables para los homosexuales del mundo libre, pero también ha atrofiado el encanto maravilloso de encontrarse con una persona heterosexual o bisexual, es decir, con un hombre que sienta el deseo de poseer a otro hombre y que no tenga que ser poseído a la vez.”

Cae la noche

“Queridos amigos: debido al estado precario de mi salud y a la terrible depresión sentimental que siento al no poder seguir escribiendo y luchando por la libertad de Cuba, pongo fin a mi vida... Ninguna de las personas que me rodean está comprometida con esta decisión. Sólo hay un responsable: Fidel Castro. Los sufrimientos del exilio, las penas del destierro, la soledad y las enfermedades que haya podido contraer en el destierro, seguramente no las hubiera sufrido de haber vivido libre en mi país. Al pueblo cubano, tanto en el exilio como en la isla, los exhorto a que sigan luchando por la libertad. Mi mensaje no es un mensaje de derrota sino de lucha y esperanza. Cuba será libre. Yo ya lo soy” (carta abierta y suicida de Reinaldo Arenas).

En el exilio, el odio al régimen cubano y a Fidel Castro parecieron recrudecer aún más, si cabe. Una vez, a mediados de los ’80, Jaime Manrique le sugirió que abandonara sus años de prisión y persecución, que olvidara Cuba y que aceptara a los Estados Unidos como su nuevo hogar y viviera el presente.

“Sencillamente no lo entiendes, ¿no?”, gritó temblando de furia. “Me siento como uno de esos judíos que fueron marcados con un número por los nazis, como un superviviente de un campo de concentración. No hay forma humana de que olvide por lo que pasé. Es mi deber recordar. Esto no terminará hasta que Castro esté muerto. O yo esté muerto.”

Sin embargo, eso no se tradujo, ni mucho menos, en una loa a la forma de vida americana: “La diferencia entre el sistema comunista y el capitalista es que, aunque los dos nos dan una patada en el culo, en el comunista te la dan y tienes que aplaudir, y en el capitalista te la dan y uno puede gritar”. Y en una charla con Jaime Manrique reproducida en Maricas eminentes. Arenas, Lorca, Puig y yo: “Sobre el papel del socialismo es la forma de gobierno-idea, sólo que nunca ha funcionado, en ninguna parte. A lo mejor algún día... Qué vida he tenido. Incluso antes de la revolución, la agonía de ser un intelectual marica en Cuba ya era bastante malo. Qué mundo más triste e hipócrita era éste. Por fin dejo ese infierno y vengo aquí lleno de esperanzas. Y esto resulta ser otro infierno, la adoración por el dinero es tan mala como la peor de Cuba. Todos estos años he sentido que Manhattan era sólo otra isla-cárcel. Una cárcel más grande, con más distracciones, pero una cárcel a pesar de todo, con lo que se comprueba que existen más de dos infiernos. Dejé atrás un tipo de infierno y caí en otro. Nunca pensé que viviría para vernos sumergidos otra vez en la Edad Media. Esta plaga –el sida– no es sino un síntoma de la enfermedad de nuestro tiempo”.

Arenas comienza su autobiografía relatando un suceso en un urinario público en Nueva York. Mientras una serie de hombres seguía con sus juegos eróticos, él pasó inadvertido. Entonces, Arenas presagió la noche.

Desde aquel día en que, teniendo seis años, Arenas vio por primera vez los cuerpos desnudos y chorreando de los jóvenes del barrio de Holguín bañándose en el río con sus sexos relucientes, el amor a los cuerpos de los hombres, el disfrute de la juventud erotizada de su época, las orgías con miles de hombres guapos y bellos en cuarteles, universidades, en la playa o en el mar, debajo de los puentes y en el medio de los matorrales, fueron los pilares que lo sostuvieron en pie y le permitieron emprender su lucha solitaria de poeta contra el castrismo.

Antes de la noche, antes de que estos placeres le fueran completamente negados víctima de las complicaciones por el sida, Arenas, como sus personajes, decidió quitarse la vida. “La muerte voluntaria es el único acto puro, desinteresado, libre, a que puede aspirar el hombre, el único que lo salva, que lo cubre de prestigio, que le otorga, quizás, algún fragmento de eternidad y heroísmo”, había expresado en El palacio de las blanquísimas mofetas. En la poesía en que pensó su autoepitafio, otra vez los muchachos y otra vez el mar:

“No quiso ceremonia, discurso, duelo o grito,
ni un túmulo de arena donde reposase el esqueleto
(ni después de muerto quiso vivir quieto).
Ordenó que sus cenizas fueran lanzadas al mar
donde habrá de fluir constantemente.
No ha perdido la costumbre de soñar:
espera que en sus aguas se zambulla algún adolescente”.

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