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Viernes, 3 de diciembre de 2010

ES MI MUNDO

Hasta la Wilde, siempre

Provocador, ultramoderno, siempre a la moda, siempre fuera de lugar, admirable y objeto de burlas, la silueta de Oscar Wilde se mantiene en forma. Uno de los primeros mártires de la homofobia, pero también el padre de ese amor que no osa decir su nombre. A un siglo del juicio al que fue sometido por “indecencia”, la galería porteña Miaumiau presenta la muestra Oscar, donde varios artistas lo evocan y trascienden.

 Por Ignacio D’Amore

Como haciendo ejercicio de una premisa de luxe, nueve destacados artistas plásticos fueron convocados en estos días para confeccionar un trabajo inspirado en Oscar Wilde, sin más condición. Las respuestas oscilan entre lo decorativo, el retrato clásico y los arrebatos simbólicos. Según afirma Lucía Fridman, curadora a cargo de la exposición, “todos ellos tienen algo crucial que revelar y comunicar a través de la figura de Oscar”, como si aquel bravo espíritu victoriano descendiese y los atravesase en un temblor de creación reveladora. Mariano López, director de la coqueta galería de arte joven, añade: “El trabajo de todos los artistas tiene zonas de diálogo con la sensibilidad de Wilde. Algunos de ellos trabajan desde la literatura y de acuerdo con un sistema en el que Wilde es central. Otros tienen incorporada su estampa como santito de devoción. Otros tienen afinidades con el pulso caprichoso y provocador de las máximas de Oscar”. A continuación, algunos casos.

Desde el abismo

Máximo Pedraza imagina un aura monocromática que envuelve a Wilde en un pasaje de su extensa carta De profundis, escrita en el último año de los dos que pasó en cautiverio por “indecencia grave”, una ambigua figura legal creada en el Reino Unido en 1885 para justificar la persecución de homosexuales. Pedraza cuenta que “al releer De profundis encontré una frase que habla del encono, la acritud y el desprecio, y quise incluirla formalmente en la imagen como un intento de reconocer y al mismo tiempo mantener alejados esos sentimientos que son, claro, una carga horrible para el espíritu”. Wilde dirigió la carta a Lord Alfred Douglas, su traicionero amante, quien a su vez era hijo del aristócrata que impulsó el proceso judicial en su contra.

Un grafitti que tacha pintura al agua con pastel negro y rojo. Sebastián Bonnet marca la pared de Miaumiau y hace retumbar el horror de los primeros meses que el pobre Oscar vivió detenido, sin acceso a los materiales necesarios para continuar escribiendo y humillado de manera pública. Le cuelga el marco oro al trazo fálico, rematado en corazón. Fue tal el deterioro que la cárcel provocó en la salud física y emocional del autor que terminó por llevarlo al exilio y a la muerte en 1900, en un hotel parisino. “Cárceles bellas para la gente bella”, sugeriría –o más bien reclamaría– tres cuartos de siglo más tarde Andy Warhol en su perfectamente necesaria Filosofía de Andy Warhol (De la A a la B y viceversa). Sarcasmo, ¿homenaje?

El color del pecado

Juan Becú, por su parte, desvencija el rostro del escritor en una maraña de tonos, ofreciendo un díptico en el que los pecados de Wilde manchan su imagen como los de Dorian Gray lo hicieran con el retrato que da nombre a la famosa y única novela publicada del autor. Quizás en esa obra es que aparezca de modo menos velado la fijación del escritor con el sistema de la belleza, con la inalterabilidad necesaria y obcecada de lo que ha nacido puro. Cuando Gray agota su culpa y escoge hacer el bien, termina por asumirse un vanidoso irredimible, dando la última pincelada al cuadro de sus días con un puñal.

Muy próximo a Becú, sobre brocato ocre y en formato ovalado, el perfil de Oscar Wilde es trazado cual stencil de fluorescente blanco por Amaya Bouquet, en una intervención que transforma el textil tapicero de base en un nuevo motivo que añadir al capitoné de preferencia. No es casual la elección: se trata del mismo afán decorativista y artificioso por embellecer más y más lo cotidiano que movía al escritor.

Extraño en su pueblo

Tan categóricos como aquella afirmación de Warhol fueron los principios contraculturales que obtuvo Wilde de sus mentores, los críticos John Ruskin y Walter Pater. La preocupación por el placer, el desdén por lo establecido, la necesidad del disfrute: él era un dandy y un esteta full time, de cuna acomodada y formación ejemplar, que fundó para sí una existencia de concordancia exacta con los ideales heredados de ellos y de Charles Baudelaire. Se presenta entonces Sergio De Loof, a mano alzada, coronando con sus cuadros al escritor como El Regio que abofeteó a desparpajo limpio a las victorianas recatadas y moralizantes. ¿Qué satisfacción tan absoluta como la de saberse Rey de los Estilos? Recuérdese en este instante que Wilde supo lucir una elegancia varios años adelantada a su tiempo, además de un amaneramiento soberbio, convirtiéndose en objeto de bromas y miradas densas en sus giras norteamericanas y europeas como autor y disertante. “Si en ocasiones me visto en exceso, lo compenso siendo siempre en exceso educado”, le responde Algernon a su compinche Jack en la comedia The Importance of Being Ernest. Uno imagina al propio Wilde diciendo estas palabras, excusas para desplegar la verdad de su esencia. Como los trazos, como los gestos, como las voces.

La muestra Oscar se puede
ver hasta el 10 de diciembre
en la galería Miaumiau,
Bulnes 2705.

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Máximo Pedraza

Juan Becú

Sergio De Loof

Sebastián Bonet
 
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