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Viernes, 13 de enero de 2012

MI MUNDO

Memorias del preembarque

El cineasta, músico y escritor Ricardo Becher comenzó a escribir estos diarios del geriátrico cuando tenía 78 años y los terminó a los 80, pocos meses antes de morir. Recta final es un testimonio delirante y vertiginoso sobre la vejez, la amistad y los amores entre hombres, la vida en el arte, la pregunta por la identidad cuando el cuerpo y quienes nos rodean ya no son los mismos.

“Cuando Ricardo Becher llegó por primera vez a la editorial –cuenta Luis Chitarroni en el prólogo de Recta Final, editada por )el asunto(– me llevé una sopresa. Había leído su libro, La séptima década, una novela increíble escrita a los Pic de Jack Kerouac, sin ningún tipo de artificio ni atenuación y esperaba a un tipo de menos de treinta, un poco rabioso tal vez y contrariado por tener que encontrarse conmigo, a quien, por el puesto que ocupaba, de editor, debía de juzgar “un careta”. Podrá haberlo hecho Ricardo, pero él no era el joven de menos de treinta de mi sospecha sino un veterano de setenta, no me acuerdo ya si con bastón, de dicción muy porteña y de inteligencia asesina.” Efectivamente esa novela fue editada en Mondadori en 2006, mientras otras tantas que escribió Becher sin pausa y sin mordaza ni de estilo ni de temas a lo largo de los ultimos años todavía quedan inéditas. Becher había nacido en Buenos Aires en 1930 y fue durante muchos años guionista y asistente de Leopoldo Torre Nilson y fue el reralizador de la legendaria película de los sesenta, Tiro de Gracia.

Recta Final, que se acaba publicar por estos días y que lleva el mismo título que la versión documental que realizó su discípulo Tomás Lipgot (Bafici 2010), muy atrás ha dejado aquel sello beatnik (el peso de los ochenta años y el ambiente del geriátrico no son sitios amables para la experimentación con drogas aunque sí para demencias naturales y peleas domésticas) aunque conserva la inteligencia asesina.

Becher tipea en su computadora que ha conseguido ingresar al geriátrico, casi todos los días da su registro, salvo en aquellos en que le depresión lo voltea. Se recupera siempre. Se presenta a sí mismo con su ironía, su desnudez y su impaciencia, como un anciano lúcido, tal vez el único en este depósito de ancianos donde las interrupciones, recuerdos, las visitas de sus amigos y amores, sus propios inventarios, reflexiones teóricas sobre el mismo diario que está escribiendo, van otorgando a estos años últimos su gracia y su dignidad. Notaremos, en el fragmento inicial de la novela, que se transcribe a continuación, que los compañeros de geriátrico al principio no tienen nombre, para poco más adelante convertirse en personajes testigos, murientes, compañeros, otro mundo. Becher consigue, con la ilusión del que no se lo propone, reconstruir sus propios últimos días incorporando el recuerdo de los primeros, de su esposo, El Negro, de antiguos amores, de presentes deseos y otros amigos más jóvenes. Becher, personaje y narrador, es el único gay en el geriátrico, además es un gay a la antigua, entre líneas pueden leerse reflexiones sobre ambas cosas. Ser el único y ser uno de los últimos. Pocos registros tan sórdidos y a la vez tan encantadores y tan literarios de lo que pasa y lo que no pasa cuando se ha llegado y se ha franqueado ya el límite de la edad de la franqueza.

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