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Viernes, 3 de febrero de 2012

Y la orquesta siguió tocando

María Laura Alemán ha recorrido un largo camino desde sus tiempos como profesor de música en un colegio religioso, padre de familia, deportista y marido enamorado. Hoy, expulsada de su trabajo por su condición de trans, integra un grupo folklórico con toda su familia, sigue siendo el padre de sus hijos y una gran amiga de su ex esposa.

 Por Juan Tauil

María Laura abre la puerta de calle y caminando adelante, todavía con las llaves en la mano, marca que hay que subir a un primer piso. En el fondo del pasillo, una vecina con un bebé en brazos la saluda; los aromas de las cenas de los vecinos se mezclan y se potencian en la bóveda que se forma en la escalera de su departamento de soltera. Está muy bien equipado; pero se nota a la legua que es un rejunte de muebles de diferente procedencia, entre los que se destacan un clavicordio, un telar, un bombo legüero, unos cuantos estuches de instrumentos y un órgano. La primera vez que escuché a María Laura fue en el primer Destravarte, el festival trans organizado por Mosquito Sancineto en 2009. Un coro de chicas trans cantó dirigido por ella en el Palacio El Victorial, de San Telmo. Luego le perdí el rastro. Me la reencontré en la nueva edición del Festival en la Casita Brandon, donde dio un show más íntimo, con toda su familia musical en escena y recibieron una ovación emocionante. María Laura compone la letra y la música de su repertorio; su hijo la acompaña con varios instrumentos, entre ellos el contrabajo. Sus hijas hacen los coros, su sobrina toca la flauta traversa y Cécile, su ex mujer, canta algunas canciones con ella. Al entrar al living de la casa veo que nos están esperando, (para que la entrevista sea más completa) dice María Laura, sus hijos, Lalo, de 24 años, Luisa (21), Sonia (17), la sobrina (25). “Yo tengo 54”, se apresura a declarar María Laura.

¿Cómo se logra ensamblar un grupo familiar? Empecemos por lo musical.

–Fue fácil, la música ya estaba en todxs. Fue juntarnos para hacer las cosas que ya sabíamos y ensayamos poco porque nos manejamos con partituras, todo muy profesional. Todxs hacen música desde muy chicos. Cécile –mi ex mujer– y yo siempre tocamos y mis padres tocaban la guitarra como hobby.

María Laura creció en la Recoleta, vivió hasta los 19 años en la calle Santa Fe entre Paraná y Montevideo, fue al colegio religioso que queda a media cuadra de su casa. En esa misma escuela dirigió un coro de padres durante 25 años. La secundaria la hizo en un colegio de varones en Palermo Chico –su hijo Lalo también cursó allí– y fue docente en esa institución hasta que la echaron, en julio de 2011, por su transexualidad. “Ahora soy María Laura las 24 horas, pero en ese momento al colegio iba como hombre. Supongo que algún padre me vio en la calle y se quejó. Es un colegio de curas, así que hicieron las cuentas y vieron que era mejor echarme. Llegamos a un acuerdo económico-laboral muy bueno. Ellos sabían que estaban haciendo algo ilegal, estaban asustados y no quisieron quedar escrachados.”

Si te lo hubieran permitido, ¿habrías dado clases como María Laura?

–Sí, pero no quisieron saber nada. En junio fue terrible la persecución; me amenazaban, me presionaban para que me fuera. No todos los padres estaban en mi contra, pero la institución sí. No me duele dejar el colegio; sí extraño laburar en la docencia. Igual muchos de mis ex alumnos me reencontraron en Facebook, me querían muchísimo. También es verdad que cuando me visibilicé muchos me dejaron de querer. A la gente se le mueven cosas; a algunos se les mueven bien, a otros mal. Según la relación que cada persona tenga con su libertad, así será la que tengan conmigo.

¿Cómo te trata la calle?

–Qué sé yo... En el lavadero de autos de la esquina me dicen cosas; siempre hay un empleado nuevo que hace algún comentario, pero se ve que los compañeros lo paran, le dicen que deje de gritar. Me interesa estudiar la relación entre género y urbanismo. Noto que tiene que ver con la ignorancia; cuando los lugares funcionan como ghettos, así esté formada por gente de alto poder adquisitivo o de bajo, siempre va a haber ignorancia. En la avenida Rivadavia, si vas hacia el parque o hacia el otro lado, Plaza Once, funcionan más como un ghetto, en cambio en el medio, notás que la cosa fluye de otra manera.

¿Por qué María Laura?

–El día que me planteé cuál era mi nombre, lo elegí, pero no sé por qué. A mi madre no le gusta para nada. Ella no me acepta como soy, me sigue tratando como Eduardo. Para mí siempre fue una carga enorme no ser vista como quien verdaderamente soy. No es solo si te dicen o no María Laura, va mucho más allá. Las pulsiones de vivir como mujer las tuve siempre, pero la culpa estuvo muy presente. A la vieja le cuesta, ella es psicóloga, es transfóbica, homofóbica... Ahora, también tengo una tía de 86 años, mayor que mi mamá, y a ella la veo muy seguido, me hace bien verla. Me ayuda económicamente ahora que estoy sin trabajo. Ella me dice “Lauri”.

Sofía, la sobrina, es la primera que se anima a dar su opinión: “Está bueno arriesgarse a ser lo que uno quiere y siente”, dice, y María Laura les pide que sean genuinos, que no tengan miedo de criticar su vida. “No todo sigue igual, pero sigue siendo la misma persona. Ha cambiado su apariencia”, dice Luisa y rompe su silencio, descruza los brazos.

¿Cómo era antes?

Luisa: –La relación no ha cambiado para nada, sigue siendo igual, sólo cambió nuestra forma de pensar. Hace pocos años que caí; apenas nos enteramos todo siguió igual por un tiempo.

Lalo: –Es un aprendizaje, hay que entender al transexual, a la travesti y fuimos acompañando, aprendiendo, pero sigue todo normal, somos una generación más abierta y no nos pega tanto.

María Laura interrumpe con una anécdota: –Yo tengo una relación muy buena con mis sobrinos, con la gente joven... depende de cómo sean los padres y también tiene que ver con irse acostumbrando... una vez recuerdo que Lalo daba conciertos en Parque Centenario y yo fui una vez bastante andrógina y le dije: “La próxima voy como María Laura”. “Ya era hora”, me contestó. El de alguna forma me impulsaba.

Lalo: –No tengo problema o me da igual. O soy alguien que no lo investigó nunca o alguien muy abierto. Es fácil, pero también difícil y me lo planteo. La familia grande empezó a desmembrarse, así que no nos quedaba otra que unirnos o todo se destruía. Lo acompañamos, en casa se habló todo, los malestares se trataron y se dieron a conocer y entendimos y acompañamos y así estamos ahora, todos unidos.

EL AMOR ES MAS FUERTE

El timbre interrumpe la charla. Es Cécile, la madre de los chicos, que viene de tomar una clase de clown. María Laura hace las presentaciones de rigor, mientras se rompe el hielo que casi no hay con una presentación de curriculum: “Cécile siempre cantó canciones conmigo; ahora quedaron algunas que ella sigue cantando”. Y Ceci continúa la frase de su ex marido: “Pero María Laura arrancó a cantar composiciones nuevas, a las que llama ‘Las transistorias’”. “Esas composiciones tienen que ver con cosas que siempre necesité decir. De pronto me doy cuenta de que siempre canté sobre lo mismo. La canción ‘Peñas blancas’, por ejemplo, la que habla del río, escrita en enero de 2003, recién en 2009 descubro que el río me la cantaba a mí, ‘déjate llevar’.”

“‘El sitio baldío’, por ejemplo, habla de esos lugares inexplorados, las cosas por descubrir que todos tenemos y yo disfruto mucho cantándola”, comenta Cécile.

Se trata de temas que tienen un éxito especial.

María Laura: –Mis canciones pegan en lugares trans y gays, pero también en otros ambientes. Como esa vez que toqué en Plasma, un lugar lleno de roqueros y donde toqué una zamba. Ahí me topé con mis prejuicios y me encontré con un lugar donde mis letras pegaban muchísimo. Un chico rocker pelado, lleno de tatuajes, se acercó a decirme “gracias por tu poesía”.

“A ‘Peñas blancas’ la escribí en una servilleta, en un viaje a Salta. Está guardada en la casa que antes compartía con mi familia”, cuenta María Laura. “¿En qué parte?”, pregunta Cécile. “En el cajón de la cómoda, dentro de la bolsa de la agencia de viajes. Viajamos bastante a Brasil, en un Renault 12 del ’86, en el que seguimos yendo a La Lucila, Santa Fe, todos los veranos e inviernos, donde mi abuelo tiene un campo –señala María Laura un retrato de su abuelo, Eduardo Alemán, pintado por Berni–. Yo me llamaba Eduardo, mi hijo se llama Eduardo, pero ahora yo soy María Laura y él es Lalo. El otro retrato es el de mi tatarabuelo Victoriano, que dirigía un diario en Nueva Orleáns. Ese cuadro fue pintado por el litógrafo del diario, se llamaba La Patria.”

“Cuando nació Lalo –cuenta Cécile–, estábamos entre llamarlo Mateo y Eduardo. Era muy fuerte y si no lo bautizábamos Eduardo, algún otro hermano iba a querer usarlo.”

“Soy el segundo hijo varón y la tercera hija mujer –resume María Laura, provocando risas socarronas entre los presentes–. ¡En serio! Un día yo estaba internada, todo relacionado con mi proceso de cambio; me volví diabética y tuve una enfermedad neurológica grave, el síndrome de Guillain-Barré y mi hermana menor estaba a mi lado, tejiendo para su primera nieta. ‘No tengo problema en que seas mi hermana, pero soy más grande’, me dijo. Somos siete hermanos y Sofía, que me acompaña con la flauta, es hija de mi hermana menor, Paula.”

“La anécdota del viaje a Peñas blancas, cerca de Cabra Corral –sigue Cécile–, es que nos comieron los jejenes, nos acostamos sobre piedritas chiquitas que no nos permitieron dormir, hasta que María Laura se levantó, harta, y fue a un barcito, y ahí escribió la canción. María Laura nunca ocultó nada, fue descubriéndolo lentamente. Fui testigo de ese descubrimiento; había cosas que no entendíamos, pero ella siempre fue muy sincera, no hubo doble vida, en ningún momento fue María Laura ocultándomelo. Todo se fue acomodando desde el amor. Es la misma persona, pero con otro envase. Yo me tuve que plantear: ¿Qué hago con otra mujer si a mí me gustan los hombres? Por eso somos amigas, pero también somos un ex matrimonio que se lleva muy bien. Hubo un desdoblamiento en un momento, cuando tomó la decisión de ser quien debía ser. Durante ese período seguíamos casados probando qué sucedía.”

Los chicos le siguen diciendo “Pa”. “Me tratan en femenino, pero me siguen diciendo ‘Pa’. Yo nunca fui madre, soy mujer y padre. Madre es Cécile. Las mujeres y los hombres que cumplen los dos roles no son nada fuera de lo común. No reniego de la paternidad, eso no choca con el hecho de ser mujer.”

Luisa: –Una vez me preguntaron cómo llamábamos a nuestras madres, para no confundirnos. Pero no, les dije que a María Laura le digo “Pa”.

Cécile, ¿vos cómo lo ves?

–Para mí “papá” es el señor que se casó conmigo y engendró los hijos y los ha criado muy bien. María Laura creó un excelente masculino, jugador de rugby, si bien no era el prototipo cancherito, era bastante tímido. Es padre porque fue buen padre y María Laura no reniega de ese momento. Sigue siendo el papá que está en un cambio, en una transición, pero es su papá y no habrá otro y siempre cumplió su rol de compañero en el crecimiento de sus hijos. No es fácil socialmente para ningún miembro; básicamente tratamos de ir por el lugar de la comprensión, del amor. No cuestionamos, vamos para adelante, basados en el amor: las cosas son simples y hay que salirse de ese deber ser, el blanco y negro, la mujer y el varón... creo que hay que acompañarse en los buenos y malos momentos. María Laura no eligió esto: en un momento fue una cuestión de vida o muerte. El que nace hétero no tiene que cuestionarse nada, es como es... yo admiro su valentía.

Dicho así, suena bastante sin conflicto. ¿Qué pasó con la relación amorosa entre ustedes, cómo se rearmó el vínculo? Vos ahora, como María Laura, ¿seguís sintiendo lo mismo hacia Cécile?

M. L.: –Bueno, yo sigo enamorada de ella. Es una mujer muy atractiva, nunca dejé de sentir amor por ella y ahora seguimos con ese mismo amor, pero cambió de forma. Seguimos siendo un núcleo familiar. Ya no somos pareja, pero seguiremos siendo familia para siempre.

¿Tiene una rutina de visitas?

M. L.: –Los martes vienen a visitarme todxs juntxs, es nuestro día de encuentro. Los miércoles yo voy a la casa familiar, en Sánchez de Bustamante, y los domingos generalmente nos juntamos a comer. Lalo es experto en guacamole, de hecho va a lo de una vecina y recolecta las paltas. Cada uno de mis hijos tiene su forma de ser. Sonia, por ejemplo, es la menos contadora de cosas. Desde que soy María Laura, hay cosas que cambiaron, todxs cambiamos mucho, la comunicación cambió.

¿Cómo definirías tu relación con Cécile?

–Con Cécile somos amigas. Nosotros siempre fuimos una pareja muy habladora, hemos recorrido juntxs un camino. Nos conocimos cantando, éramos muy simbióticos, no se sabía dónde terminaba una y dónde empezaba la otra. Nunca nos aburrimos de conversar, de hecho lo seguimos haciendo. El cambio de pareja a amigas no fue fácil, costó entendernos, ahora pasó el tiempo y... las cosas costaron.

Lalo: –Ustedes compartieron más tiempo juntos entre ustedes que el tiempo real de conocimiento de nosotros con ustedes.

–Me salió bien ser hombre, fui lo que debía ser, me convertí en un buen deportista, jugaba muy bien al rugby, mi casamiento y mi paternidad fueron cosas que disfruté muchísimo al margen de sufrir internamente por mi transexualidad. Una sensación de tristeza constante.

Cécile: –Cuando cada una pudo poner en palabras lo que quiso ser, entramos en una tormenta total de pareja. A mí no me gustan las mujeres, no es lo que deseo. Soy enamoradiza, me gustaría enamorarme. Me dedico a tres áreas artísticas: la plástica –vidrio y pintura–, la música y el clown. También soy docente. Así que no tengo ni un minuto para enamorarme.

M. L.: –A mí siempre me gustó Cécile, de hecho me gustan las mujeres. En estos momentos no tengo planeado rehacer mi vida. La situación familiar que tengo es lo que quiero. Tampoco es algo que me llene la cabeza. En una época iba a bailar a un boliche de lesbianas y me dije: no quiero bancarme hasta las dos de la mañana para salir, prefiero quedarme escribiendo música. Me visualizo escribiendo.

Cuando María Laura le contó a su familia sobre el cambio en su vida, Lalo fue corriendo a contárselo a su prima Sofía. “No sabíamos qué quería contarnos mi papá.” “Ustedes pensaban que papá les iba a decir que era gay”, cuenta Cécile. “¡No! –dice Lalo–. Nada que ver, ¡eso es lo que ustedes piensan!”

M. L.: –Uno de los primeros signos de cambio fue hacerme los agujeros en las orejas. Cécile me acompañó a la Bond Street. Yo estaba chocha con los abridores, nos cruzamos en la calle con mamá, que nos preguntó varias veces de dónde veníamos. Le contestábamos que veníamos de ponerme aros, y ella no lo retenía, lo negaba. Lalo pensaba que yo me hacía todas esas cosas por ser artista.

Lalo: –¡Nada que ver! Yo te dije que quería ponerme un arito, vos me dijiste que también y terminaste haciéndotelo vos. Yo pensé que estabas buscando tu lado femenino, ni siquiera sabía lo que era la transexualidad.

“Yo lo busqué en Internet”, acota Sofía. Luisa recuerda haber encontrado una pollera y que su padre le dijo que era suya y la dejó. “No pienso usarla”, le dijo. “Ahora digo que está re-buena”, bromea.

La discusión sobre el arito y la transexualidad se extendió durante varios minutos, que quién pensó esto, quién pensó lo otro, entre risas y alegres reproches. El timbre interrumpió la charla: era la vecina de al lado con dos amigas, que vieron luz y llamaron. Pronto se armó una fiesta, en la que la familia Alemán hizo lo que mejor sabe: cantar su propia vida.

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A la izquierda, la familia unida en la actualidad y a la derecha, la misma familia unida hace unos años.
 
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