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Viernes, 23 de marzo de 2012

ES MI MUNDO

La verdad del amor

Se casó dos veces, la primera con una mujer y la última con un hombre. ¿Qué hubo en el medio? Mientras intenta responder a esa pregunta construye una teoría sobre la verdad (homosexual) del amor.

 Por Daniel Link

“Habrá habido mucho más en el medio”, leo en el mensaje de correo que se refiere a mis dos matrimonios, el primero con una mujer, el segundo con un hombre. No sé qué hacer con esa presunción, pero desarrollarla al pie de la letra para dar de mí una imagen de libertino me obligaría a tantos pedidos de autorización que prefiero renunciar a esa ficción autocomplaciente (“nada de lo humano me es ajeno”). Elijo la segunda posibilidad, tomarla al pie de la letra para interrogar qué hubo en el medio, y si es que hubo tal medio, hiato o punto de separación.

Desbrozo el terreno, para que se entienda qué amor nos preocupa y en qué dioses griegos fijar nuestra mirada. Sigo a Eratóstenes (276 a.C.-194 a.C.) quien, si fue capaz de medir la superficie terrestre con margen ínfimo de error, poco es lo que puede equivocarse en este punto: Afrodita (Venus) rige los amores intersexuales, Eros (Cupido) los amores entre varones.

Yo, que desde pequeño frecuenté los mitos griegos (y envidié la temprana erudición de Claudio María Domínguez en la materia), estaba destinado, más tarde que temprano, a volverme griego. Mi virginidad en materia de amor entre varones, descontadas las amistades platónicas de la escuela primaria, me acompañó hasta bien entrada mi treintena y rompí los sellos que guardaban esa puerta de la mano de un (entonces) amigo y compañero de trabajo heterosexual que después de declararme su amor y de arrastrarme a un fin de semana salvaje (siempre tuve el “sí fácil”) decidió continuar con su vida y sus rutinas afectivas y dejar a mi cuidado la parte experimental (o teórica) del asunto.

Por supuesto, a partir de entonces empecé a leer retrospectivamente mi vida anterior y a descubrir (incluso en mi cultivo de la poesía) señales inequívocas (siempre es así en la mentalidad del converso) de una oscilación entre Afrodita y Eros que espíritus más aventajados que el mío habían codificado decenas de años antes que yo en términos de un combate entre lo apolíneo y lo dionisíaco (y que habían pasado a la historia, por eso mismo, como paradigma del pensamiento decimonónico “del armario”): oh sí, fui un lector adolescente embriagado de Nietzsche y de sus tristes herederos.

¿Cuántos amores se pueden tener a lo largo de una vida? Dejo de lado los arrebatamientos que hoy no sabría exactamente cómo interpretar: amores frustrados, sin historia y, por lo tanto, sin destino y, sobre todo, sin Tiempo. De hecho, del puñado de amores que recuerdo, cuyos objetos fueron hombres y mujeres (podrían ser muchos más, si mi memoria operara de otro modo), dos terminaron en sociedades matrimoniales (con una mujer, primero, y con un hombre, después). No quisiera bastardear ni sobrevalorar el instituto matrimonial: lo único que de él retengo para mi argumentación es el factor temporal que involucra o presupone.

Si la sexualidad es atemporal (y de esa atemporalidad le viene su fama, probablemente sobrevalorada: la petite mort), el amor es pura duración (los “signos dolorosos del amor” lo son precisamente porque duran, insisten).

La durée es una dimensión de la realidad que coincide con el Todo: flujo de tiempo que cambia, que dura mientras cambia y que produce lo nuevo. La paradoja constitutiva del amor hace referencia precisamente a este carácter del pasado en relación con el presente: el presente no podría pasar a menos que el pasado del amor (toda la historia amorosa) coexista con él. No es que el pasado del amor sea un antiguo presente que ha dejado de existir sino todo lo contrario: es la profundidad propia del amor, de la que depende para pasar a la existencia. El amor hunde sus raíces en el tiempo absoluto de su propio pasado y allí encuentra su fuerza. Si lo propio del presente (y de la sexualidad, que es presente puro) es la existencia actual bajo la forma de una sucesión de diversos instantes (antes y después), el pasado puro, fundamento y profundidad del tiempo amoroso, en cambio, se caracteriza por la “coexistencia virtual” de sus diversos niveles con el presente. Cada punto de presente contiene todos los yacimientos de pasado y eso es el amor.

La diferencia radical entre el amor y el sexo tiene que ver con esa perspectiva temporal: no tanto que el amor va a durar muchos años, todos los años (mientras que el acto sexual es instantáneo), sino que el amor ya ha durado demasiado y en cada uno de sus instantes coexiste su historia entera: me encanta o me exaspera un gesto de la persona amada porque ya ha sucedido antes y reconozco en su actualización una serie inconmensurable de ocurrencias virtuales.

Dicho esto, vuelvo al punto de partida: ¿he amado del mismo modo a un hombre y a una mujer? ¿Hay unidad en el amor? ¿Qué diferencia hay entre el amor a un hombre y el amor a una mujer (desde la perspectiva de un hombre)?

La pregunta me incomoda y me doy cuenta de que tal vez sea incontestable, salvo en niveles de conceptualización extremadamente abstractos que involucran la propia noción de identidad. ¿Es lo mismo amar a los veinte años que a los treinta y cinco o a los cincuenta? ¿Es lo mismo amar a un carácter tal o cual? ¿Es lo mismo amar a una persona de la misma edad (de tal o cual género) que amar a alguien de quien nos separan quince o diez años? ¿Es lo mismo un amor que se expresa antes en la beatitud (de uno o de los dos) que uno que necesita de los arrebatos operísticos como operadores de la duración temporal (la superposición entre el pasado absoluto y el segmento de presente)?

Yo, personalmente, tiendo al arrebato operístico y por eso necesito de amores que entiendan lo operístico (lo espectacular del asunto) como su única verdad. Las personas que toman (que han tomado) en serio mis arrebatos son las que menos soy capaz de amar y las que menos me aman (me amaron).

Agregaría a las dos leyes que mencioné antes (el amor feminiza, la verdad de los amores intersexuales se encuentra en los amores homosexuales), basándome en mi propia experiencia, que el amor dura (en el sentido en que dura el tiempo) mientras los arrebatos operísticos (o la beatitud) son tomados como lo que son: meras imposturas que sólo reclaman el desdoblamiento del otro en partícipe necesario y en audiencia, al mismo tiempo. “Te hago una escena” no es tanto que te pongo en lugar de antagonista sino de espectador, espectador de todo, espectador total y privilegiado del espectáculo de mi vida. Por amor, cedo “ante quien me leerá como un libro abierto”. Para los demás seré a o b o... n. Para el que participa del mismo amor que yo (el amor a este “nosotros”), seré a+b... +n: el total espectáculo de lo que soy de lo que ni siquiera imagino que soy (el amor nace y se alimenta de interpretación silenciosa).

Nada, por supuesto, de narcisismo. Antes se relacionaba homosexualidad con el narcisismo, pero creo que esa hipótesis fue refutada por lecturas más atentas de los mitos griegos, que notaron que Narciso no se enamoró de sí mismo, sino que se enamoró de una imagen que creyó que era otro (un otro, El Otro). Narciso se entrega al amor por desconocimiento de su propia imagen, fascinado por unos signos que desconoce. Así como yo seré el mejor lector-espectador del otro, el otro será el mejor lector-espectador de mí mismo.

La verdad (homosexual) del amor combinará, entonces, idénticas cantidades de feminización y sentido del espectáculo, y en ese sentido se articula con la ley de la duración: consciente como es de su carácter de espectáculo, el amor (homosexual) transforma radicalmente las dimensiones espacio-temporales, que tienden, a su abrigo, al infinito.

Con frecuencia se ha pensado el espacio amoroso como un espacio cerrado (cerrado por completo a la mirada de los otros, inmune al mundo, profundo como un secreto), pero tal vez el amor funciona en la sociabilidad, y es tanto una unidad de los signos mundanos como de los signos dolorosos.

El amor sucede en círculos de sociabilidad y en ellos encuentran tanta verdad como en la articulación entre uno y otro. La pareja de enamorados se constituye tanto en la propia mirada como en el “¿Qué le vio?” de los otros.

Por eso los votos matrimoniales se pronuncian ante amigos y yo repito ahora los de mi segunda boda, casi en su primer aniversario: “Todo el mundo lo sabe, Sebastián: vos sos lo que yo he hecho de vos, y yo soy lo que vos has hecho de mí. Podríamos haber dicho lo mismo ante Dios o ante la Ley, pero elegimos decirlo delante de nuestros amigos: ninguno de los dos puede ya ser algo diferente de lo que cada uno ha hecho del otro. Después de estos diez años, que te agradezco, eso es ya irreversible y, por lo mismo, definitivo. Sos lo que quise, lo que quiero y lo que voy a querer. Hasta mi último suspiro”.

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Imagen: Sebastián Freire
 
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