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Viernes, 6 de julio de 2012

Celeste, blanca y rosa

Desde las filas que no formamos y las guerras en que perdimos hasta Evita y Libertad.

 Por Alejandro Modarelli

Creo que la última vez que los homosexuales fuera del closet nos echamos al hombro el macho concepto Patria fue en los comienzos de la Alemania nazi, mucho antes de que existiesen los campos de concentración, y así y todo nos mataron. El fascismo nunca nos quiso ni siquiera de patriotas fachos. Al jefe de las SA Ernst Röhm, viejo amigo de Hitler, y a sus acólitos manflores de esvástica impecable –inspiración de escenas de rubio jolgorio para Visconti– las SS los pasaron a cuchillo una noche porque se estaban yendo de mambo con las críticas al capitalismo, los reclamos contra las leyes de sodomía y las fiestas bondage tan comentadas por los diarios socialdemócratas.

El estalinismo tampoco nos convocó a atravesar el río mayestático de la historia, a menos que lo hiciéramos con una piedra al cuello, y en cuanto a la Cuba pre Mariela Castro (la sobrina activista gltbiq), ya casi aprendimos de memoria ese Manifiesto de Pedro Lemebel exigiéndole al tío Comandante Fidel, que había dicho en los setenta que la revolución no necesitaba peluqueros que, en fin, nos dejase de una vez por todas bordar con pájaros la bandera de la Patria Libre.

O sea que de la sagrada tríada que para los reaccionarios componen Dios, la Patria y el Hogar, sólo nos fue muy mal con la segunda. Dios no se nos dio tan difícil en cambio, porque llenamos de locas los laberintos de la fe católica y cuando visité el Vaticano me di cuenta de hasta qué punto el ideal fisonómico para el buen seminarista tiene más del efebo andrógino de Muerte en Venecia (una vez más Visconti) que de un personaje de Mel Gibson. En cuanto al Hogar, en el siglo XXI se nos abrieron las puertas del domo con el matrimonio igualitario y la adopción, y hasta en las escuelas se habla ahora de familias homoparentales o el alquiler de vientres.

Pero la Patria, ay, es otra cosa. Así en mayúscula es otra cosa. Cruel con los migrantes, los raros y los vencidos, siempre arando sobre las mismas huellas ficticias de sus orígenes viriles. Ahí se la ve arrastrando el carro de los héroes cuyas voces sólo salen de los huevos, coronando como a sus madres a esas ventrílocuas que apenas saben hablar con palabras heredadas de los varones vencedores, perennes manuales de la Historia. Bajo su macha estrella no se quieren maricones ni lesbianas. Miren si no cómo en Chile se les complicó la maternidad de la Patria cuando se supo que Gabriela Mistral tenía como pareja a su blonda albacea yanqui. Y eso que Gabriela escribió contra el masculinismo chileno.

Por tanto, habrá que pensar siempre en patrias en minúsculas, patrias fronterizas, lábiles, minoritarias, forjadas en acontecimientos marginales, con Sarmientos de labios pintados como el icono del bachillerato trans Mocha Célis, Belgranos de vocecita de sirena que mantienen la compostura a pesar de las burlas de Dorrego, Alberdis tejiendo abrigos en su casa ocasional de Río de Janeiro, compartida con un amigo de juventud; cadetes del Colegio Militar enredados en fiestas con travestis de los años cuarenta, Eva Perón consultando a Paco Jamandreu sobre asuntos domésticos del General, Cristina Fernández devenida en la drag queen que muchas locas llevamos dentro.

Y si los archivos de la Patria no nos proveen de suficiente material para construir la memoria de nuestra propia mínima patria, hurguemos entonces en los meandros de los recuerdos colectivos o incluso en las ficciones transmitidas de generación gay en generación gay. A mí me gusta repetir la historia que en una mesa del Café Tortoni me contó un amigo que ahora vive en San Pablo: el famoso cachetazo que le encajó Libertad Lamarque a Eva Perón en el rodaje de La cabalgata del circo no fue porque la jovencita amante del coronel se las diese de estrella y retrasara la filmación. No. Esa escena de violencia (que Lamarque siempre desmintió, aunque después se tuvo que exiliar en México) tuvo un origen más emocionante. Libertad y Eva habían sido amantes cuando vivieron juntas en un conventillo porteño, bastante antes de convertirse en Libertad y Eva. Broncas nacidas de un amor tumultuoso y frustrado. La historia que escuché fascinado en el Tortoni seguramente sea falsa, pero díganme ustedes si no contiene la belleza necesaria para formar parte de nuestro anecdotario patrio.

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