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Viernes, 26 de abril de 2013

Plaza Francia

El escritor y crítico cultural Frédéric Martel acaba de publicar su libro Global Gay (Cómo la revolución gay cambió el mundo), donde recoge testimonios de ciudades de Oriente y Occidente buscando cómo se vive la no heterosexualidad y qué mundo se viene.

 Por Guille Bravo

Desde París

Nos encontramos en su departamento, en el tradicional barrio gay parisino Le Marais. Se trata de un gran loft en donde hay fotos con ministros, fotos originales del mismísimo Hervé Guibert y miles de libros, propios y ajenos. Nos sentamos en uno de los amplios sillones del living. El investigador Frédéric Martel muestra una pila de libros recién salidos de la imprenta de su última obra: Global Gay, que lleva por subtítulo Cómo la cultura gay cambia el mundo.

En él, propone la tesis de una cultura gay unificada gracias a Internet, americanizada y un poco afrancesada, y anuncia que la reivindicación de los gays cambiará el mundo –como lo dice el subtítulo del libro–, como la abolición de la esclavitud lo cambió en su momento.

En el año 2000 publicó Le Rose et le noir: les homosexuels en France depuis 1968, en donde muestra los progresos de los homosexuales después del Mayo francés, las marcas que dejó la aparición del sida y las reivindicaciones que se han hecho hasta nuestros días. En la prensa francesa ya se empieza a hablar de su libro, en un momento en el que los derechos de los homosexuales son de actualidad: se aprobó y todavía se discute el mariage pour tous, mientras la derecha francesa muestra su cara más desconcertante; los homosexuales van ganando terreno.

¿Cómo comenzó a trabajar el tema de una cultura gay globalizada?

Paradójicamente, este libro es la continuación de mi libro mainstream. Ya hace muchos años que trabajo sobre los efectos culturales de la mundialización. Decidí trabajar sobre la cuestión gay primero porque hay relativamente poca bibliografía y el trabajo de campo es más acotado. Si uno va a China, a Afganistán, a Israel, para hablar de la cultura en general tiene que entrevistar a centenares de personas, pero si va a investigar sobre la cuestión gay puede entrevistar a unas quince, veinte personas, y dar un pantallazo. Además, esas personas a entrevistar son muy accesibles. Muchas veces entrevistaba a la gente por la tarde y por la noche me encontraba con ellos para tomar algo, cenar y seguir compartiendo. Rápidamente se encuentran dos tipos de personalidades en el mundo gay: uno muy americanizado, muy abierto, y otro con todas las características locales. Incluso en países como Irán o Cuba. Y ese grupo “americanizado” es sin embargo underground; podríamos decir que son mainstream underground. El diálogo entre lo local y lo global es particularmente apasionante en la cultura gay.

¿Cuáles son las características de la cultura gay global?

–Creo que hay dos modelos. El primero, como he dicho, es el modelo norteamericano, regido por la gay pride, el coming out, la idea de gay power, y también todo lo ligado a la televisión, el cine y la música norteamericana. Luego está el modelo europeo, muy francés. Por ejemplo en Líbano, en Argelia, se ve que hay una cultura gay muy francesa, donde se escuchan las canciones de Aznavour, y en donde se ven todas las referencias a la cultura gay parisina. Es un modelo muy influido por Europa. Londres, por ejemplo, influye mucho en la cultura gay de Africa del Sur. Pero al fin y al cabo se toma como un apéndice de la cultura norteamericana, es decir, parte de la cultura occidental.

¿Cuándo y cómo comenzó este proceso de globalización de la cultura gay?

Si uno mira por ejemplo la cultura gay francesa, y creo que es lo mismo en Argentina o en otros países, es sorprendente cómo siguen las transformaciones y eventos americanos.

Hay muy pocos movimientos radicales de liberación homosexual antes de Stonewall. Stonewall dio de alguna manera nacimiento al FHAR en Francia en 1971. Luego, cuando llegó el sida, los movimientos norteamericanos inspiraron también algunos años después en Francia la creación de AIDE. La creación de Act-Up en Norteamérica en 1987 inspira la creación de Act-Up-París en 1989. El debate sobre el matrimonio homosexual, que aparece en Massachusetts en 2001, se encuentra un poco después en Francia. Como si los norteamericanos nos hubieran indicado siempre el camino a seguir.

Usted escribió Le Rose et le noir, en donde hace una recorrido de los gays en Francia desde el ’68. ¿Cuáles serían las etapas de esta globalización de la cultura gay?

–Puedo decir que al menos en Occidente hubo un movimiento de derecha, casi escondido, ligado a la Iglesia. Y después llegó 1968 y Stonewall en el ’69. En ese momento hubo un movimiento radical, de izquierda, de gay power, antirreligioso. Se pasó de la derecha a la izquierda y de la discreción a las reivindicaciones radicales. Otro hito histórico para la vida de los homosexuales fue la aparición del sida y en los ’80 aparecieron los movimientos de lucha como AIDE. Hoy el casamiento para todos es una forma de socialización.

Hablando del casamiento homosexual, tema de actualidad en Francia, usted organizó el 27 de enero una soirée como manifestación para apoyarlo, en donde, entre otras cosas, Manuel Vals leyó una carta de la presidenta Cristina Kirchner. ¿Por qué ha decidido manifestar tan activamente apoyando el mariage pour tous?

–Considero que es una reivindicación que influye en todo el conjunto de la sociedad. La carta de Cristina Kirchner fue un gesto importante para nosotros. En eso también se refleja la globalización: antes era la Europa la que daba lecciones a Latinoamérica; ahora desde Latinoamérica nos llegan claves a seguir. En la carta se menciona algo en lo que nosotros insistimos: los derechos de los homosexuales son antes que nada derechos humanos. La abolición de la esclavitud no cambió la historia de los negros sino la historia de la humanidad.

Usted es especialista en la cultura norteamericana. ¿Por qué Obama apostó por el casamiento para todos en las elecciones presidenciales?

–Apostó y ganó. Por un lado lo obligaba a dar una imagen más decidida y definida ante los que lo critican por tibio. Por el otro atraía a los votantes jóvenes, mayormente a favor del casamiento homosexual. Pero también hay otras razones. Cuando Obama nació, sus padres no podían casarse por la prohibición del casamiento de las parejas mixtas. Entonces quizá su lucha por el casamiento para todos era una reivindicación.

¿Por qué considera que la revolución gay es un tema de “soft power”?

–Considero que la revolución gay y la cuestión de la igualdad de derechos de las mujeres constituyen una nueva frontera de los derechos del hombre: esto ha sido bien entendido por Obama y Hillary Clinton y por ello hicieron de estos temas una prioridad en su diplomacia.

Hay una especie de “momentum” sobre estos temas. Por eso hay que estar atentos y en la medida de lo posible unidos.

De todos los países que visitó, ¿cuáles son los más hostiles para los homosexuales?

–Claramente en el Asia musulmana (Irán, Irak), Medio Oriente y el Africa evangelista. En ocho países, todos musulmanes, la homosexualidad puede ser castigada con la pena de muerte. Luego hay países como Rusia, donde un cartel homosexual o mostrar abiertamente la homosexualidad puede ser penado fuertemente.

¿Cuál es la situación de Latinoamérica en este mapa de la cultura gay globalizada?

–Salvo algunos países como Cuba –aunque está cambiando–, Latinoamérica es un continente abierto, de avanzada. Tal es el caso del casamiento, que se ha dado antes en algunos países de Latinoamérica que en muchos países de Europa.

En los países friendly, ¿cómo se vive la homosexualidad si uno es pobre, negro, inmigrante?

–Es difícil, por supuesto. Aunque en muchos países, como en Francia, ser inmigrante –sea reveu (árabe), black o latino– es considerado sexy. La situación es mucho más difícil cuando no se tienen recursos para enfrentar la discriminación.

Cuando usted habla de gays, ¿hasta qué punto entran, por ejemplo, las lesbianas en ese colectivo?

–Ellas me han dicho muchas veces: no me gusta la palabra lesbiana. Por eso se habla de Gay Pride, de Gay Power y que yo titulé mi libro Global Gay. Pero está claro que hablo tanto de las lesbianas como de los gays. Las figuras más emotivas de mi libro son las de las lesbianas

¿Qué piensa de esa reunión en una misma bolsa de lesbianas, transexuales, gays?

–Hay combates comunes y puntos de convergencia entre los gays, lesbianas y trans. Hay también numerosas diferencias. Es importante defender la diversidad en el seno de la comunidad gay y es por eso que definí un concepto: la diversidad de la diversidad.

¿Qué lugar ocupa el amor en este juego: qué quiere decir para él esa palabra? ¿Y la palabra familia también se resignifica?

–El amor es de mucha importancia en la revolución gay. Los homosexuales no quieren ser diferentes, quieren formar una familia, amar. Nosotros no queremos un casamiento gay, ni familias homoparentales. Nosotros queremos el casamiento, con la misma palabra, con la misma definición. Las mismas familias con niños y pronto ya no será parte de un debate, ni en América latina ni en Francia.

¿Qué opina de una homosexualidad que aún sigue pensando en la división de géneros en forma binaria, femenina y masculina?

–A veces estamos obligados a pensar en términos binarios. La homosexualidad masculina no es la homosexualidad femenina, pero sobre el casamiento esas dos minorías se parecen. Como lo dice su presidenta, la señora Kirchner, en una magnífica carta leída en Francia para apoyar el casamiento para todos por el ministro del Interior, que habla español: “Al día siguiente al que se haya aprobado el matrimonio igualitario, nadie se despertará con menos derechos; por el contrario habrá varios que tendrán los que otros ya tenían”. Y que sea la Argentina la que viene a dar lecciones a Francia sobre la cuestión de los derechos del hombre me parece una fuerte señal de que la mundialización está en marcha, que no es ni buena ni mala. Que depende de lo que nosotros hagamos de ella. Que es una mudialización económica, pero también una mundialización de los valores, y la Argentina lo demuestra.

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