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Viernes, 24 de mayo de 2013

CARTA A JORGE RAFAEL VIDELA

En el infierno de tu cerebro

 Por Alejandro Modarelli

Nos encerraste una madrugada de marzo de 1976. Y el jesusito amigo, que de noche todavía se recostaba junto a mi cuerpo de marica púber a rezar y compartir las primeras pajas, junto con vos se fue volviendo loco. A las seis de la mañana me desperté en esa casa familiar de clase media y valores cristianos, porque en el living sonaba como en el ’55 la marcha de la Revolución Libertadora. Se vistió la calle de verde oliva, se llenó de fusiles hasta la estación de tren donde yo en mi uniforme escolar espiaba la entrada al baño, aunque no me animase todavía a la excursión en los retretes. Sentí que mi jesusito de los placeres ahora se volvía el Señor de los Ejércitos, el Comandante en Jefe que hacía estallar esa mañana el rodete de Isabelita (que yo solía imitar con una toalla en la cabeza), y que se iba entonces de mi cama, más allá de mi mundo, a matar otros mundos posibles. Se iba con vos, Jorge Rafael, a matar revolucionarios, a matar reformistas, amigos de amigos progresistas, a matar putos.

En la última foto antes de tu muerte estabas sentado en una cama monacal de la prisión. El Gran Dictador tragasantos, como un abuelo desterrado a la habitación de servicio, se hacía chiquito debajo de la cruz que presidía sus pensamientos. Estabas dando una entrevista a no sé qué medio; la vejez, menos atenta a la reacción del otro que al fluir de tu sucia conciencia, te hacía soltar macanas: si hay que pedir perdón no fue por haber asesinado desde el aparato de gobierno, sino por equivocar la estrategia para que esa categoría semihumana entre lo vivo y lo muerto, el desaparecido, no terminase por convertir tu programa en la más obscena de las masacres. Como si de esa supuesta guerra subterránea sólo quedasen en sus anales los verdugos con sueldo del Estado, un ministro de Economía devastador arrimado por consenso imperial, y nunca un héroe.

Los verdugos al menos gozaban con su crimen. Y si además la víctima era judía o puto, se ganaba un adicional de goce. Vos, en cambio, te llenabas de sangre conceptual tu traje sin siquiera divertirte. No te divertías nunca, había que mantener la cabeza fría y la risa, incluso la del burócrata torturador, puede nublar el horizonte justo cuando se percibe próxima la victoria. Dejabas por eso rodar de la cadena de mandos a los represores que saben pasarla bien y fueron la sal de tu guerra. El placer no era lo tuyo, salvo cuando llegó el Mundial de Fútbol y pegaste un grito de barrabrava que de golpe te sacó de adentro al demonio y así se te fotografió para la posteridad. Nosotras las locas, carne maldita y preciada, armamos en los baños de Retiro el Contramundial: cada triunfo del equipo nacional producía una orgía de festejo entre los mingitorios, donde se sumaba a veces hasta la policía de moralidad —versión lumpenizada, de poca monta, de los grandes criminales de tu régimen— que nos daba caza y chantajeaba durante las tardes y las noches, y se terminaba en ocasiones enredando en nuestras bocas. ¡Cuántas de nosotras no habrán tenido en esa época (y digo que antes, y hasta bastante después) que pasar un trapo sobre la roña de las comisarías! Y ni hablar de aquellas travestis de la Panamericana —tantas muertas— para las cuales divisar un Falcon verde significó en esos años reconocer a un jinete del Apocalipsis.

Combatimos a la muerte que trajiste sobre el país con un Eros propio, que se te cagó de risa. Resistimos llenándonos de vida en los baños de los andenes, en fiestas de abanico y chongos hurtadas a la vigilancia y al confesionario, cuando todavía ni se soñaba con lo que se llamó más tarde “el ambiente gay”. Te voy a contar un secreto, fantasma aborrecido: bajo tu despacho presidencial, en la Comisaría de la Casa Rosada, nació una historia de amor entre un teniente de tu ejército y una loca que hoy es de mi entorno. La vida se filtró esas noches de abajo hacia arriba, en la Rosada, y confundiste el aroma de la sodomía con un perfume incomprensible. Tu nariz de tirano chupacirios se frunció de horror, y por un rato habrás tenido miedo sobre tu escritorio, sin saber por qué, mientras cerrabas aburrido otra de las miles de carpetas donde las madres preguntaban por sus hijos. Con ese chisme te dejo ahora. Y que sigas muerto.

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