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Viernes, 9 de agosto de 2013

Terapia “de grupo”

El talk show que conduce Alessandra Rampolla en el canal Utilísima se presenta al grito de “¡Quiero un cambio!”. Y, según promete, busca afianzar en el público la conciencia de transformación. Pero el programa dedicado a la transexualidad no parece haber tenido en cuenta su propia consigna y tampoco el camino recorrido por una sociedad que hoy cuenta con una ley de identidad de género. Como en un túnel de los malos tiempos, el programa presenta a las personas trans como fenómenos y como seres obligatoriamente atormentados. La medicalización de las identidades trans alcanza su punto más retrógrado y cruel con las intervenciones del psiquiatra y psicoanalista José Eduardo Abadi. Lohana Berkins, que miró el programa entero sin parpadear, aquí cuenta lo peor de lo que vio.

 Por Lohana Berkins

Con frases tales como “enemistados con el cuerpo”, “atrapados en un cuerpo”, “esclavos de la trampa que es su cuerpo”, “prisioneros de un cuerpo que no les pertenece”, “portadores de un cuerpo y una mente que tienen que reconciliarse”, abre Rampolla su espectáculo. Mirando a la cámara, presenta a sus dos invitados, parados éstos sobre un escenario que se levanta dos escalones sobre el nivel del piso: Santhiago y Karla. Fuera del escenario principal, rodeando a éste, un conjunto de participantes serán instruidos sobre las monstruosidades que ocurren en esta tierra, pero que... –¡a no temer!– tienen arreglo. Quieren ser personas, tienen derecho a ello y Rampolla va a ayudarlos.

Las preguntas de la conductora son calcadas de aquel antiguo manual que seguramente Santhiago y Karla saben de memoria y responden según el texto lo indica.

¿Con qué juguetes te entretenías cuando eras pequeño? ¿Tu vida ha sido un calvario, verdad? ¿Por qué no nos la cuentas? ¿Tienen o han tenido alguna vez una pareja? ¿Desde cuándo sintieron que no eran lo que su cuerpo les decía? ¿Cuándo apareció la confusión? ¿Disfrutan del sexo? ¿Qué temores tienen?

¿Adivina las respuestas? ¡Sí! Acertó.

Santhiago rechazaba las muñecas, las colitas, el color rosa... Karla adoraba las pinturas, la actuación. Santhiago fue abandonado por su madre, una joven adolescente que no pudo aceptar una maternidad temprana. Su padre murió cuando Santhiago todavía lo necesitaba. Fue criado por una abuela, en compañía de tíos a quienes les robaba las prendas masculinas y sentía que sus hombros se ensanchaban y su cuerpo se virilizaba. La familia esperaba la llegada de una niña más que nada en el mundo. Rechazó a Santhiago ese día en que se enteró que gustaba de las mujeres. Lo mudó a la ciudad de los anonimatos: Buenos Aires. El resultado (también de manual): cayó en la droga, debió ejercer la prostitución. Karla, por su parte, no consigue que su familia la llame con este nombre. Renunció a ejercer su carrera profesional por no poder ser... Optó por el arte. Santhiago es Santhiago desde que tiene uso de razón. Karla, desde los cuatro años. Karla vive como la mujer que es. Santhiago se siente un hombre. Karla y Santhiago manifiestan estar incompletos. Una operación de remoción de mamas para Santhiago y de genitales para Karla, los completaría. Santhiago no ha podido acceder a ello por exceso de peso, Karla... está en el camino. Santhiago goza con su sexo. Karla también, pero no admite que toquen su miembro, eufemismo que atraviesa todo el programa cuando hay que referirse al pene, pito, pajarito, palo...

El gran temor de Santhiago es no poder bajar de peso y hacerse una masectomía. Adoró el momento en que las hormonas pusieron un “gallito” en su voz. Karla teme morir sin cumplir su deseo de ser una mujer completa, y recuerda aún con alegría el momento en que sus manos se volvieron más delicadas y suaves.

Hasta acá, nada que no conozcamos, e incluso nada que no hayamos vivido o dicho que vivimos para evitar el padecimiento que supone contrariar el dualismo sexo/género. Quién no recurrió a la estrategia de sexualizar los juegos, quién no se amparó en el gusto por personas del mismo sexo, quién no expresó que lo peor que le pasó en la vida fue la violencia de padres y hermanos varones, quién no habló de una tía o vecina que permitía juegos con ropas prohibidas, quién, quién, quién... Una retórica que, como la casa del chanchito de Los Tres Chanchitos, es derribada con un soplido.

Un médico ahí

Rampolla, experta como se presenta en temas de género y sexualidad, debería saberlo. No, ella prefiere el espectáculo circense. Allí están los monstruos. Otra vez: ellos quieren ser personas, tienen derecho a serlo y el programa puede ayudarlos a, nuevamente, reconciliar el alma con el cuerpo. Para hacerlo, trae a gente capacitada. ¿Quién suponen que es?

¡Sí! Acertó: un médico.

Ni Santhiago ni Karla solicitaron que el Dr. Capaz les resolviera un presunto conflicto. En verdad no parecen tener conflicto consigo mismos ni con sus decisiones. Santhiago quiere adelgazar para que le quiten las mamas. Karla quiere remover sus genitales. No hay confusión alguna. Pérdida de peso o dinero es todo lo que necesitan. El conflicto lo tienen los otros, Rampolla, entre otras. ¡Ni hablar del médico! El Dr. Capaz fue traído, según dice la conductora televisiva, para ahondar en el conflicto y andar por la escalinata hacia el cambio, gradualmente.

El Dr. Capaz dice, con tono de abuelito tranquilizador...: “Una cosa es la biología con la que nacemos y otra es la identidad, aquello que nos define como sujetos que, en el caso de ustedes, tenemos que conformar. ¿Están dispuestos?”. Al sí de los invitados lo invita a bajar un peldaño de la escalinata.

¿Qué han sido hasta ahora?, me pregunto. ¡Monstruos! Me olvidé por un momento de la repetida frase de Rampolla: quieren ser personas y tienen derecho a serlo.

El Dr. Capaz advierte, ahora como abuelito educador... “La vida no es sólo desear, es también querer. Hay que lograr. ¡Por eso están aquí, amigos!” El cambio sexual es mágico, todo lo otro hay que dejarlo atrás, atrás la lucha, atrás el sufrimiento, el cansancio y esas aves fénix que somos quienes contrariamos el orden de género.

Rampolla se retira de la escena y lo hace, dice explícitamente, porque llegó el Dr. Capaz y él es la voz autorizada.

El médico propone realizar con Santhiago y con Karla una intervención emocional como una forma de ponerse ya en acción. ¿Será que cree que la acción comienza con él? ¿Qué vida tuvieron hasta ese día Santhiago y Karla? ¿Cuál es la llave de Capaz y qué pone en acción?

Lo que pone en acción es el hecho más ofensivo y violento que he presenciado en este tipo de espectáculos. Pone a Santhiago y a Karla frente a dos fotos de cada uno de ellos cuando eran pequeños. Santhiago vestido como niña al estilo Sarah Kay y Karla vestida como niño vaquero. La conmoción de estas dos personas es digna de notar, especialmente la de Santhiago, de quien temí se quebrara en un llanto prolongado. La boca tirada en una mueca hacia abajo, la garganta moviéndose al ritmo de la saliva que tragaba, las piernas en movimiento como acunando a un bebé, las manos revolviendo la cabeza. Karla, creo, no miraba la foto.

Fue una escena larga con la que Capaz parecía gozar. Sacalos de ahí, gritábamos quienes estábamos viendo en ese momento el programa. Sacalos de ahí, ¡hijo de la misma mierda!

No contento con la elocuencia de los invitados, se atreve a preguntarles qué les dirían a esos pequeños que estaban mirando, qué les aconsejarían, qué sentirían. Karla respondió que le preguntaría por qué no tuvo valor, le diría que no se rinda. Agrega: “Sentiría orgullo de verme así”. Confundido, el médico le responde: “¿Orgullo?”. Santhiago se refiere a la imagen de la niña que le han puesto delante como niña inocente, niña esperada. Capaz sigue confundido y reflexiona en voz alta diciendo que Santhiago no puede establecer “un puente” con la imagen. El muchacho señala, con contundencia, “no puedo hablarle ni verla como nena, la veo como yo, y si volviera a nacer, volvería a elegir eso porque no quiero perder toda mi lucha”.

Conclusión: ni Karla ni Santhiago pueden responder con precisión a Capaz porque la pregunta de éste es equivocada, él no entiende qué es el continuum de la construcción de la identidad.

El siguiente paso fue enfrentar a Santhiago y a Karla a un espejo. La pregunta es ahora: ¿con qué parte de tu cuerpo te sentís cómodo/a incómodo/a? Santhiago señala que el espejo es su enemigo, como lo son las vidrieras de la calle.

Para terminar, Capaz cierra su intervención invitando a bajar un nuevo peldaño a los invitados y, dirigiéndose al público, afirma que estamos ante dos personas que no logran reconciliar su cuerpo y alma, asumir su verdadera esencia.

Tras las felicitaciones de Rampolla a los invitados, les pregunta a ellos qué les gustó del otro. Santhiago admira la seguridad de Karla, su lucha. Karla admira de Santhiago su valor frente a lo que está peleando. La ilusión de Karla es el cambio de nombre y la cirugía de genitales; la de Santhiago, la pérdida de peso y posterior masectomía.

La escalinata hacia la reconciliación de cuerpo y mente parece estar conseguida. Ha borrado, en el camino, un dato clave. ¿Se trata de una reconciliación o de una normalización de una identidad cuyo valor crítico es, precisamente, mostrarnos la lábil relación que hay entre genitalidad e identidad de género, entre ésta y la sexualidad? ¿Por qué la medicina, en cualquiera de sus variantes, se empeña en ajustar sexo y género, desoyendo no sólo los aportes del feminismo crítico sino de las propias organizaciones lgbttqi? Como dice Ann Fausto Sterling, no hay duda: LA BIOLOGÍA ES POLÍTICA POR OTROS MEDIOS. No nos olvidemos nunca de esto cuando estemos ante la palabra de los doctores capaces.

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