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Viernes, 9 de agosto de 2013

Raros peinados nuevos

Una discreta tumba de dos peluqueros de la época faraónica se convirtió hace poco en una de las atracciones necrológicas más fashion de Egipto. La asociación entre peinado, el coiffeur y la cultura gay es patrimonio tanto de la humanidad homofóbica como del resto. Casa Brandon se hace cargo de este linaje tan gay y tan queer y una vez por mes abre sus puertas para un espectáculo de corte gratis apto para todas las cabezas: el pelukerismo.

 Por Diego Trerotola

El aire caliente de los secadores de pelo hace desaparecer el invierno. Por eso, aunque afuera hay un viento polar, adentro todo el mundo está en remerita, suelto de cuerpo, orbitando los dos sillones de los peluqueros que, aunque pasen las horas, no se vacían nunca, siempre hay candidatx esperando a ocupar ese trono para que las tijeras le dibujen una corona en la melena. Es un toque extraño, la hora pico de esta peluquería empieza después de medianoche, y por eso es imposible no ver la evidente analogía entre las puntas de las tijeras y los colmillos vampíricos, ¿o acaso ambos no transforman a sus víctimas por igual? Pero acá no hay nada que temer, son vampiros amigables pero ponen los pelos de punta bastante seguido, aunque esto, paradójicamente, suceda en Villa Crespo. Más oportuno sería pensar en esto como una coda de El joven manos de tijera y creerse el cuento de hadas de que todo lo extraño tiene corazón de peluche.

Y esto, aunque parezca una peluquería, tiene un aire extrañado, porque en realidad es un ritual, que sucede desde hace tres años en Casa Brandon una vez por mes, en la hora de las brujas de algún día de semana. El ritual fue bautizado Pelukerismo y es una estimulante mezcla milagrosa y queer de cultura disco y coiffeur, a tono con los modernos salones de belleza como Roho, donde trabaja David, uno de los dos peluqueros estrella de este evento. Si desde hace un año La Pelu de Florencia de la V puso al mediodía televisivo su pulso trans-glam, Pelukerismo gira las agujas una vuelta completa al reloj para dar un corte a la noche porteña, moviendo las cabezas con una teatralidad más queer.

Corte y confesión

Dino Balanzino es director de teatro y actor, pero no se queda quieto en ningún lugar, es del tipo de personalidad eléctrica incluso cuando corta el pelo. Parece, en realidad, que más que tijeras tuviera un soplete entre las manos y que saca chispas de las cabelleras. Con la música al taco, baila mientras corta, tira pasos que podrían abrir la pista: su coreo es tan libre como su forma de enfrentar las melenas. Mientras Dino corta al ritmo del dj, se proyecta Ducha, su primera serie de videos que comenzó en octubre. La imagen muestra a una mujer revoleando las mechas hasta que su pelo mojado queda pegado en los azulejos. Luego se le llena el baño de gente que termina bailando bajo la ducha, como un musical minimal. Este videominuto es parte de una serie de microrrelatos o performances narrativas que Dino planteó como su primera incursión en el lenguaje audiovisual. La teatralidad capilar es lo de Dino: cortar el pelo empezó a partir de caracterizar a actores y actrices para sus puestas en escena. Ahora la representación de Dino circula alrededor del sillón de una peluquería hasta provocar esa tempestad en las cabelleras que termina en un corte que les cambia la cabeza.

El movimiento casi espástico de Dino encuentra su contrapunto perfecto en la casi impasividad con que David, su colega del sillón de al lado, se concentra en las mechas. O mejor, más que concentrado, parece disperso, como abstraído de su faena, con un natural estilo warholiano: parece que no hace nada, pero su fibra interior maneja las tijeras como si no las tocara, como si cortara por telequinesis. Hay algo bastante imposible en la tranquilidad de David, especialmente porque el volumen de la música hace temblar hasta los espejos. Pero no hay que confundir esto con falta de energía, es una especie de meditación en acción, control mental, estado alfa. Aunque esa actitud tan relajada con que corta el pelo tiene historia: su árbol genealógico cuenta con abuela, madre, primos y tías peluqueros, toda una tradición familiar dedicada al corte y el peinado, varias generaciones que puede que David haya metabolizado hasta que ese arte y oficio se haya instalado a nivel microcelular como un código genético. Obviamente, David no estudió peluquería, aprendió mirando y lo ejecutó en las cabezas de amigas y amigos, desde siempre. No es ni tan altanero ni tan inocente como para no decir que se mandó varias cagadas, a pesar de mamar la peluquería desde la cuna. Es que él como Dino no son los clásicos peluqueros pacatos y complacientes que hacen lo mínimo para agradar; ellos arriesgan, experimentan, tienen el afán de modernidad en sus huellas dactilares, creen que lo mejor empieza cuando el corte se desvía un poco del curso de lo milimétricamente esperable. Se manejan en el delicado y filoso equilibrio entre el pedido del cliente o clienta y la caprichosa sabiduría del peluquero. Le dan un significado profundo a la palabra estilista, no como profesión de título habilitante, sino como una forma de vida que los define de pies a cabeza. Aunque tal vez la máxima habilidad de ambos esté definida en una de las mejores frases de David, que la dijo mientras toma del pico de una cerveza y que bien podría definir a Pelukerismo: “Hay que saber cortar el pelo escabiando”.

Mientras David & Dino hacen nevar pelo con ritmo sostenido sobre el piso ajedrezado, los que mantienen el aire vibrando son Latina Turner & Hoco Huoc, convirtiendo al subgénero “música de sala de espera” en algo parecido al disco-descontrol, que incluye espontáneos shows de karaoke-bailaoke de Latina Turner. Especialista en mover cabezas, Hoco Huoc tiene el ciclo musical “Muda”, que sucede los jueves en la pelu Prana. Juntos son dinamita y explotan en la Pool Fiction (medianoche de domingos en Reconquista 1030), donde Hoco Huoc musicaliza y Latina Turner diseña afiches que incluyen rostros y frases de Whitman, Baudelaire, Pizarnik, Sartre y Wolf junto a la categoría “queer friendly”. Hoco Huoc además es especialista en teñir el pelo, lo que lo convierte más que en un dj en un hombre orquesta. Acá dispara canciones que, remixadas con el sonido de los secadores de pelo, hacen un mash-up tremendo para que bailen todos y todas.

Casa Brandon adoptó y mantiene este ritual como tributo al linaje gay & queer que tiñe a la cultura de peluquerías. Hay entre el público de todo un poco, desde algún oficinista que aprendió a ser formal y cortés cortándose el pelo una vez por mes, hasta artistas visuales, masajistas, dibujantes migrantes, amigas de amigos, noctámbulos maniáticos de la belleza, paracaidistas, diseñadoras, curiosos. Si mirás en el espejo, mientras se sientan en el sillón, a todos y todas les brillan los ojos, porque es difícil que la mirada no se ilumine si te gustan las canciones de amor y te gustan esos raros peinados nuevos. l

Hay Pelukerismo este sábado a las 21 en Casa Brandon. Y, además, toca Myrna Minkoff.

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