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Viernes, 7 de marzo de 2014

La mala palabra

Fragmentos de un discurso injurioso: Toda lesbiana se reconocerá en alguna de estas escenas que hacen la delicia de la vida en sociedad.

 Por Laura Arnés

I

Ellas se están despidiendo. Mano, cintura, mano, cuello. Casi no pasa el aire entre sus cuerpos. Al grito del macho argentino se sobresaltan: “Ahí sobran manos y falta pija”. Se suma otra voz envalentonada: “¡Sííí! Falta huevo para hacer tortilla”. El conocedor gourmet se pronuncia con la autoridad del ignorante. No tiene idea: más huevo y la muerte por exceso de colesterol sería segura. Porque si hay algo que tenemos es huevo, miles, y los ovarios bien puestos. El paradigma es claro: dos mujeres juntas son definidas por la carencia. Aunque si el saber común supiese matemáticas entendería el problema: la ecuación dice que menos más menos siempre es más. Pero no es el punto. El punto es que para nuestra cultura el valor está en el pene y las pelotas: hasta mate tenemos que tomar de una poronga.

II

“¡Estás con una mujer?!” alta tensión. Madre y padre: silencio si no llanto. Hermano nada sutil se manda de una: “¡Jaa! ¡Ahora te gustan las almejas, comer pescado y chupar el felpudo! Linda dieta te mandaste”. Tartamudea, erguida cual institutriz inglesa: no como carne, sigo siendo vegana. Y además ¿por qué lamería una alfombra, por más persa que sea? Pensar en dos mujeres juntas siempre pone al sexo en la punta de la lengua. Es parte del morbo sexista. Pero mientras que para nosotras puede resultar estimulante (lúbrico, provocador), para otrxs sólo acerca imágenes grotescas. Y es que en el imaginario machista la concha (y sus pelos) sigue asociada a lo monstruoso, a los humores viscosos, a lo hediondo. Por eso decimos no a la depilación definitiva, los perfumes vaginales y las toallitas diarias: nos gusta a fondo y nos gusta que no huela a jardín (las flores para la novia y los entierros). De cualquier modo, la sinécdoque (definir la parte por el todo) es errada y ofensiva. ¡Por favor! Estar con una mujer no es estar adentro de una concha ni tampoco a tijeretazo limpio (gran mito); tampoco es ser habitué de puertos ni fundamentalista de la comida mediterránea: tantos son los gustos y tan variados.

III

Nuestra amiga nos quiere presentar a alguien: “Es re linda, no parece lesbiana”. En apariencia nada está mal con la frase. Salvo que resuena lo que el mundo sabe pero no dice por incorrecto: las lesbianas son feas y obesas, tienen las tetas chicas y el bigote de Dalí, por eso ningún varón las quiso. Frenazo y... ¡Alto! Todxs sabemos que lo que sobra en el mundo son mártires que ofrecen el coito curativo o iluminador y lesbianas hermosas y orgullosas que responden: “¡Yo te podría dar clases, borrego!”. Por otro lado, en el extremo opuesto del prejuicio social, escuchamos: “Es re linda, pero bisexual. No te podés enganchar”. La bi es un riesgo para el corazón (fiebre uterina) y para la salud (incuba todas las epidemias).

Hora de responder: No somos camioneras tristes sin camión ni gatas Flora vagando por las calles sin poder tener lo que es bueno de verdad. Estamos donde queremos estar, hacemos lo que queremos hacer. Y a quien no le guste ¡que nos venga a lavar los platos!

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El libro para colorear vulvas se publicó en San Francisco en 1970. La pintora, fotógrafa y activista lesbiana Tee Corine inventaba este cuadernillo best seller. Desopilante colección de trazos realistas (se soslaya que son retratos), con idéntico criterio educativo de aprender pasando el lapiz de color que los libros infantiles. En los ochenta el título fue censurado y se editó con el nombre Flores de labio. Por culpa del eufemismo, no vendió ni un ejemplar. Hoy ya recuperó su nombre y sigue siendo furor y de culto, traducido a varios idiomas.
 
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