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Viernes, 21 de marzo de 2014

La playa loca

El último film de Alain Guiraudie es un apasionante thriller nudista. Los riesgos del aire libre y los de la imaginación van tensando la cuerda del erotismo, hasta que las relaciones dejan de ser lo que parecen y pierden sus nombres.

 Por Diego Trerotola

“Fuera de este bosque no quieras salir:
te guste o disguste, seguirás aquí.”

Titania en Sueño de una noche de
verano, de Shakespeare

La naturaleza tiene sus riesgos. En la playa nudista de El desconocido del lago, el riesgo natural es mitad real, mitad imaginario: la presencia de los siluros, peces oriundos de la Europa central que, según dicen los personajes y también Wikipedia, alguna vez alcanzaron los cinco metros de largo, aunque aquello fue hace siglos y no exista más que algún testimonio oral de tamaño espécimen acuático. Los siluros actuales apenas pueden llegar al metro y medio, y no implican gran riesgo para quienes nadan en pelotas en ese gran lago, aunque el hosco Henri prefiere no bañarse allí principalmente por aquella amenaza fantasma. Es como si cada lago necesitara tener su monstruo quimérico, porque un paisaje tranquilo, estático, no es un buen paisaje; porque las aguas calmas, sin mareas, no tienen dimensión de aventura. No hay edén sin fruta prohibida, sin el veneno de la serpiente, sin lobo feroz. La última película de Alain Guiraudie no tiene nada de bíblica, ni de cuento infantil, pero sí destellos edénicos en esa boscosa playa lacustre nutrida de aventuras sexuales de hombres exclusivamente dedicados al goce. En sus primeras secuencias, la película de Guiraudie podría parecer una versión aggiornada de las nudies, ese subgénero softcore de la sexploitation cincuentosa, películas que mostraban rutinas y prácticas en los campos nudistas. Con ojo voyeur, las nudies eran películas de iniciación, generalmente el rol protagónico era una persona que comenzaba a explorar las costumbres del nudismo y su mirada sorprendida guiaba el relato. El yiro en el bosque y los intercambios sexuales en El desconocido del lago parten de una premisa distinta: el punto de vista de la película es el del habitué, Franck, un joven verdulero que frecuenta ese lugar durante los veranos y conoce la fauna local, quién es nuevo y quién no, cuáles son los códigos. Sin embargo, la película no es solamente una inmersión sociológica en esos espacios de la erotomanía silvestre que existen en todas las ciudades, de la misma manera que La chatte à deux têtes (2002), de Jacques Nolot, es un estudio de las costumbres del sexo entre hombres en los cines porno. Aunque hay representación de tipologías y conductas de este tipo de lugares, que existen en muchas ciudades, incluso en Buenos Aires, Guiraudie se propone continuar una búsqueda personal iniciada en sus películas anteriores, sin hacer necesariamente un catálogo o kamasutra del sexo en playas nudistas y bosques orgiásticos. No es un detalle menor que el primer cuerpo desnudo de la película sea el del mismo Guiraudie, quien hace un cameo como bañista nudista que invita al protagonista a sumergirse en el lago: es que el cineasta y guionista habita esa playa: ése también es el mundo que lo contiene. Y eso lo pone del lado del R. W. Fassbinder de Alemania en otoño (1978) o del Bruce LaBruce de No Skin off my Ass (1993), películas homoeróticas donde los cineastas exhiben su cuerpo como rúbrica, poniendo distancia cero con el universo en conflicto que retratan. Una mirada desde adentro a un mundo propio: el riesgo es también la autoexposición, el desnudo frontal, la honestidad brutal, poner el cuerpo sin atavíos. Filmar en carne viva.

“Y cuando alguien quiere conocerme, puedo mostrarle el camino al bosque.”
Reno y los Castores Cósmicos

En el cine de Guiraudie, el paisaje rural es envolvente, pero también es fuga y desvío, y tiene un punto de partida biográfico, porque está siempre ubicado en el sudoeste francés, tierra natal de este cineasta de Aveyron, ubicada en la región conocida como Mediodía-Pirineos. Esa tierra soleada es una pantalla donde Guiraudie refleja distintos grados de homoerotismo, onirismo y espejismos, empezando por el corto con que empezó el siglo XXI, Du soleil pour les gueux (2001), que narra la búsqueda de un pastor de ounaye, animales imaginarios que, como los siluros de El desconocido del lago, nunca aparecen más que como destellos de la mente de los personajes. En ese corto también existía cierta tendencia al erotismo y al enamoramiento por el cuerpo anciano, gordo, que se expandió a su mediometraje y a todos sus largos. Estas opciones de paisaje y cuerpo, de fondos y figuras, no son locaciones pintorescas, ni meros fetiches físicos, sino que tienen un sentido político: Guiraudie escapa del cine gay urbano, de la sensibilidad calcada del glamour y el erotismo de mercado, de la tapa trillada del mundo gay que pasa revista siempre por el mismo estilo de vida de deseos estereotipados. Tratar de evadir aquello que Pasolini advertía como amenaza del capitalismo tardío sobre los deseos: la unificación de las fantasías colectivas de la alta burguesía al lumpen-proletario. Pero la visión en ese entorno rural precapitalista, con esos cuerpos obreros fuera de la estilización consensuada, en Guiraudie no se mantienen idénticos en toda su obra, como si siempre intentara clonar la misma identidad, mirándose en un espejo narcisista. Ni encadenado a su propia estética, ni a un cine de reproducción en cadena: las constantes de Guiraudie se desplazan película a película sin ser monolíticas, más bien como desfiguraciones, como posiciones diversas: si el protagonista de su anterior película, El rey de la evasión (2010), era un gordo bisexual, en El desconocido del lago el personaje central es un flaco gay, y el típico maduro gordo y obrero, acá el leñador Henri está en un segundo plano, lateral, como un comentarista de la trama. Y si la película anterior era un laberinto onírico en fuga, con algo de comedia esquiva, ésta es una película de una única locación y con un tiempo lineal, que se transforma en un contemplativo thriller erótico con investigación policial incluida. Eso no quiere decir que El desconocido del lago no use las elipsis narrativas como sugestión o que no haya un trasfondo de ensueño en los destellos del lago. Hay siempre rebotes de la mirada prismática del cineasta, que ya había transitado otros géneros y otros procedimientos, desde lo fantástico hasta el realismo, pasando por un Medioevo críptico con máquinas de soñar. La obra de Guiraudie no se encierra en premisas, ni en estilos personales como formas de la repetición y el conformismo, sino que yira por donde se le da la gana, porque los ambientes rurales, los bosques salvajes, los lagos profundos, son sinuosos, sin tanta ruta marcada ni señalética que obedecer. El riesgo de perderse es parte de la seducción.

Y si, por primera vez, el sexo explícito aparece en Guiraudie como parte sustancial en El desconocido del lago, no es sólo como una forma cristalizada del erotismo sino también para marcar conflictos, tensiones: desde las paranoias de las enfermedades de transmisión sexual hasta la sociabilidad de la carne, pasando por distintas graduaciones del éxtasis y de lo macabro. No se trata sólo de sexo salvaje, ni de encuentros con códigos de la comunidad gay; también hay niveles intermedios, difíciles de explicar, como la relación de Henri y Franck, una tensión entre amistosa y erótica a la que difícilmente se le pueda poner un nombre y que por esa marginalidad tal vez es que deba sacrificarse. Es que la naturaleza del deseo tiene sus riesgos. Y esos riesgos, siempre de distinta naturaleza, son los que Guiraudie desnuda en cada película.

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