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Viernes, 11 de abril de 2014

LA VIDA EN JUEGO

Asegurar la vida requiere una operación tautológica: necesita seguridad. ¡Cómo no lo vamos a saber quienes practicamos orientaciones sexuales e identidades de géneros disidentes! ¿Qué significa linchar aquí y ahora con muerte o no como resultado a un puto? ¿Guarda alguna relación con la salvajada sufrida por David Moreira, asesinado por un grupo anónimo definidos como “vecinos” en Santa Fe?

 Por Flavio Rapisardi

En 1781 Tupac Katari rebeló al pueblo aymará del sojuzgamiento godo. Con él, 40.000 indígenas sitiaron la ciudad de La Paz. Mientras tanto, los españoles, criollos, acomodados y no tanto, proyectaron su terror bajo los improperios de bárbaros, salvajes (liberal conservadores y marxistas de diccionario) o “indios”, error terminológico y geográfico en el que ya se había filtrado la civilidad occidental hecha a base de exclusiones externas (continentes “descubiertos”) e internas (personas en situación de pobreza, religiones no institucionalizadas, mujeres y esclavos varios). Pero como no hay ángeles ni aquí ni allá ni acullá, la parrillitas imaginadas por Juan José Saer en El entenado, en la que parece que “los colastinés” asaban la carne originaria de “tribus” ajenas y todo lo que procedía de las narices europeas que olisqueaban nuevos territorios puede tentarnos a pensar con el tic académico de buscar leyes sociales, existenciarios, normas psíquicas y/o prejuicios cognitivos que pretenden explicar no sólo algo que ocurrió hace siglos, y que hace imposible cualquier contrastación, sino también generalizar lo que merece un cuidado extremo no sólo por alguna obligación ética, sino para no atizar más a la bestia que no es la misma, como tampoco sus víctimas. Tupac Katari fue descuartizado. Lxs colastinés eliminadxs.

Otra historia

Descuartizar no es linchar, comerse personas no es apuñalar, matar en un choreo no es un genocidio. Pero cada uno de estos actos son un filamento que transmiten formas de violencia, discursos más amplios, intenciones que nos atraviesan, hegemonías que se disputan. La pregunta es quiénes, cómo y por qué sostienen los piolines como correas de transmisión. Y frente a la violencia no hay lugar a dicotomías dualistas y prolijas, porque ganar, en definitiva, no gana nadie, y dicho esto sin ningún tipo de espíritu pacifista y/o conciliatorio: la violencia marca a amos, esclavos y testigos. Nunca hubo Suizas ni testigos inocentes: la pretendida prescindencia (objetividad y otras mentiras) sólo garantiza la ganancia del que aplasta.

La sangre no se congela ante el horror (por eso no hay testigos “puros”) ni se licua en recipientes sacros: la sangre no se negocia. Pero, como sabemos, estamos en un mundo con guerras por recursos, trata de personas, venta de órganos y agroquímicos contaminantes, por lo que más que apelar a frases de “la” militancia, es hora ya de abrir capochas y corazones para pensar(nos) en un concepto que nos asegure un vida igualitaria en el marco de distintas dignidades.

Ay de mí, Haití

Asegurar la vida requiere una operación tautológica: necesita seguridad ¡Cómo no lo vamos a saber quienes practicamos orientaciones sexuales e identidades de géneros disidentes! Del improperio al exterminio, del boliche al pianito en la Federal allá por los ’80, de la marca a la proscripción, no hubo nunca una Grecia ideal, la Grecia helenizada mandaba al caldazo al que confundía, en nombre de una paideia centenaria, frote en la entrepierna de un joven con penetración lisa y llana. Y si había penetración, se hacía en un marco de mujeres consideradas “animales parlantes”, al decir del Estagirita. La inseguridad de las mujeres en las propias casas donde el cotilleo era arma de resistencia. Nunca hubo en nuestra cultura occidental un afuera del tormento actual o potencial. Y hablando de Occidente y varones de masculinidad no tradicional, cómo no recordar que el 19 de julio de 2013 dos gays fueron linchados en Haití, esa república que recuperamos en nuestra épica latinoamericanista como la primera revolución independentista en América latina y que ahora pretendemos pacificar con ejércitos, formados por sujetos que han sido acusados por violaciones y torturas, a jóvenes varones y mujeres, en su pacífica misión: todas acciones colectivas de verdes grupetes. Milicos latinoamericanos ejercen violencia sobre haitian*s, afrohaitianos linchan afroahaitianos en nombre de no sabemos qué. Y acá un alto. Los que agitan el “terrorismo eclesiástico” se quedan cortos con su pretendido “as” “explica todo” en un país de santería afro que de manera menos institucionalizada excluye a mujeres y divers*s del camino de Ifá: la simple apelación a la religión es un atajo. Extraña paradoja estos linchamientos a gays afros si consideramos que la etimología de la palabra “linchamiento” tiene un autor: Charles Lynch, que en 1778 asesinó a independentistas, gesto que luego se popularizó en la matanza de negros (éste es el nombre por ellos resignificado y aquí comenzado a levantar) estadounidenses y que se repite ahora contra todo lo que es depositario de una condensación de la violencia para nada irracional, pero tampoco tan simple como para depositar en los medios la naturaleza humana o la lógica schmittiana amigo-enemigo un poder analítico del que carecen.

La lista negra

¿Quién puede creer que las patadas que se comió el pibe asesinado en Rosario responden del mismo modo a la misma incitación? ¿Podemos pensar que el glam mediático de Gerardo Romano fue la causa que salvó la vida al supuesto robarrelojes? Esto que presenciamos no es nuevo en nuestra cultura: descuartizamientos, torturas varias y genocidios distintos (linchando, picanenado, fusilando, bombardeando) están en estado latente en la formación de nuestra cultura (como algo arcaico que reemerge) y que se pretende licuar con esa racista noción de crisol amalgamado. Este racismo criollo es generativo en sus acciones de marcaje, exclusión y exterminio, y no sólo con la comunidad afro, sino mucho más presente y operativo con “los negros” de cuerpo y alma, es decir, de l*s sujet*s que reproducen escenas lejanas a la prudencia clasemediera urbana en sus políticas estéticas y éticas. El linchamiento está allí a la mano como recurso cultural, no sólo como puesta en acto de una escena de violencia fuenteovejunezca, sino también como deseo o intención colectiva habilitadora de quienes arrasaron pueblos indígenas, picanearon en soledad a integrantes de organizaciones revolucionarias o esclavizaron con machetes: mapuches contra tehuelches, gauchos contra mapuches, blancos contra todos y tod*s entre sí cuando fue necesario hacer alianzas en nombre de la supervivencia de una cadena de intenciones (la hegemonía de turno) que se enlazaron en operaciones, muchas veces de horror, en los cambalaches que desde el siglo XIX y actuales dan lugar a este “conventillo”, al decir de Aníbal Ford, que es la “sociedad” argentina que baila al ritmo de los modos en que democracia y capitalismo se articulan: con mayor o menor igualdad para l*s excluid*s.

Además de una historia, el linchamiento como acto colectivo de violencia “justiciera” puesta acción o como ideal regulador de la mano asesina individual (la matanza de gays que ocupan páginas en revistas de escándalos en los ’60, la muerte del Mitre a manos de un supuesto taxi boy, la matanza de trans en rutas y la muerte de Pepa Gaitán a manos de su suegro) son parte de esa densidad histórica que se inscribe en el hojaldrado de los guiones nacionales. Pero también, como sostiene Diego Grillo Trubba en su libro Crímenes coloniales, los actos de violencia, que en su novela desentraña su personaje Don Octavio Vásquez y López, deben leerse en su sincronía, en relación con su contexto que no reniega de los guiones precedentes, pero que cobran sentido en una contemporaneidad específica. En este marco, ¿qué significa linchar aquí y ahora con muerte o no como resultado a un puto? ¿Guarda alguna relación con la salvajada sufrida por el pibe de Santa Fe? Los golpes a la marica anticubana lejos estuvieron de ser un linchamiento “clásico”: las marcas de puñetazos de los chicos PRO en un fiesta paqueta trazaron una frontera, pero no como una estructura trascendental que explica de manera automática cada acto de violencia: en esta fiesta tan glam la clase estaba nivelada, por eso los golpes marcaron una línea no meramente externa, sino en el interior de l*s victimarios (directos o testig*s) como modo de “asegurar” en la condensación de la violencia puñetera e increpadora, lo que José Fernández Vega denomina como la “absolutización del derecho a la seguridad”, es decir, la configuración que refrende pertenencias varias frente a estados con movilidad ascendente: el pánico como experiencia individual no necesariamente anal. Acá el ano, lo marica, catalizó otros terrores, los que conjura Francisco, el papa utilizado como excusa para el bollo, manifestación (o por qué no tarea) siniestra del lado siniestro del ex guardián: refrenar en nombre de la conciliación piadosa (progre o conserva) la lógica amigo-enemigo que Carl Schmitt nunca postuló como aurora del aniquilamiento, sino como la dialéctica-cadena “confrontación-acuerdo-confrontación...” que requiere toda sociedad democratizadora en la ampliación de su densidad inclusiva que recorre América latina.

La violencia (descuartizadora, linchadora, increpadora) no es un régimen de la constitución subjetiva, ni tampoco una mera lógica política de frontera, es estas dos cosas y más: es interna-externa, es operación visualizadora que nos constituye una y otra vez en el mismo acto de reforzar la punitividad en la lucha por la ampliación de nuestros goces tan diversos, pero tan idénticos que siempre nos encuentran, como en este momento, en una posición involucrada de testigos participantes. Por esto en la próxima violencia con o sin muerte de una persona en estos tiempos (en que una forma de la totalidad en la que vivimos se discute), pretextando el puño, la patada, el tiro o el puñal por una diversidad sexogenérica se anudará a la actual lógica de lo que Alejandro Kaufman denomina como una “matriz de inmanencia” punitiva en la que lo delincuencial condensa y performatea el diálogo interno del ganador que no diferencia entre vida y reloj, entre goce así o asá, sino que proyecta una securitización que se pretende convertir en propiedad individual, como si todos juntos pudiéramos seguir siendo un Robinson Crusoe.

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