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Viernes, 1 de agosto de 2014

El mapa, la fiola y el territorio

 Por Claudia Vásquez Haro

En la escena de la trata y la prostitución que montan los medios y que la mayoría de las personas arman en su cabeza, siempre hay actores ocultos. Siempre hablamos de la policía, la coima, los vecinos, pero casi nunca de los llamados “clientes”, es decir, los prostituyentes. Y cuando hablamos de prostitución trans, muchas veces el agente que queda oculto es el cafishio. Pero, atención, que el rol de proxeneta puede estar desempeñado por otra trans, “una transfiola” podríamos decir, que les cobra la parada a sus pares. Y que si no le pagan, las muele a palos. En La Plata hemos lidiado con estas situaciones. Teníamos a tres proxenetas travestis que junto a sus maridos o los tipos que les vendían merca controlaban el territorio. Me ha tocado mil veces ir a denunciar estas prácticas a la comisaría y lo tremendo es que la policía te deriva a hablar con la misma proxeneta, que es quien maneja la zona. Si escarbás un poco detrás de estas situaciones, enseguida se hace evidente la connivencia con la policía. Esto que ocurría en Neuquén, sobre todo este punto de que la proxeneta no quiere que las chicas se reúnan sin ella, es una estrategia para que no surja organización. Prohíbe la organización porque si las chicas empiezan a dialogar entre ellas y contarse lo que pasa, lo que sienten, darle vueltas al asunto y hablarlo con más personas, pueden ir desenmarañando la dominación. Obviamente una sueña con un mundo ideal en el que no tendría ni que existir la prostitución, pero mientras tanto hay que buscar formas de resistencia a la violencia extrema, y la respuesta al proxenetismo siempre es la organización. En La Plata, a partir de organizarnos, de afianzar los lazos entre nosotras, y después de muchas batallas campales, logramos desplazar a aquellas proxenetas. Igual siempre vuelve a querer hacerse presente una nueva. Hay que reunirse para no permitir el fiolaje, emponderar a las chicas, apropiarnos nosotras del territorio, dibujar nuestro propio mapa colectivo. Para la travesti sometida por la transfiola es muy difícil dejar de verla como su protectora, no puede verla como una captora. Naturaliza sus prácticas violentas. Y se siente siempre en deuda, aunque pague religiosamente su plaza, siente que está en deuda porque la transfiola la “protege”. Tienen internalizada la idea perversa de que ella es “su amiga”, pero una amiga no usufructúa tu cuerpo, no te pone en riesgo (con todo el peligro que genera estar en situación de prostitución). Una amiga no te pone a vos como una mercancía para obtener un rédito de eso. No sólo hay que estar alerta a la violencia que viene de afuera, también hay que prestarle atención a la violencia endógena. El poder que el patriarcado le ha conferido históricamente al hombre puede pasar a ejercerlo una trans, que ocupa ese mismo lugar de tutelaje y poderío que el cafishio.

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