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Viernes, 1 de agosto de 2014

TEATRO

Detrás de una ilusión

Supongamos que tuvimos sida, así se llama la obra y, además,
como en el reparto hay bailarines, cualquier optimista podría imaginar una comedia musical situada en un tiempo en que el sida es historia: tuvimos sida y nos curamos.

 Por Pablo Pérez

Pero no. Es como cuando leemos la noticia de una nueva cura y asistimos decepcionados al olvido de lo que fue un amague. “Lamento profundamente si alguno de ustedes vino con la intención de entretenerse y de ver un buen espectáculo.” Con estas palabras nos recibe el mayordomo que nos pincha el globo. No, no hay cura. El VIH sigue existiendo y el sida sigue matando gente. Así es como la trama tiene algo policial. Unos policías nostálgicos de los años del Proceso de Reorganización Nacional se infiltran para investigar a un grupo de personas que venden recuerdos sobre el sida a un millonario que les paga en dólares: “Este hijo de puta quiere que la gente recuerde lo que la gente necesita olvidar”. Algo de musical tiene, un musical agónico: el mayordomo del millonario toca el piano, mientras una acróbata se hamaca, nos mira lasciva desde un trapecio y nos pregunta: “¿Sabés con quién vas a dormir esta noche?”. También dos bailarinas y un bailarín fluyen y se desparramaran en el escenario vestidos de color sangre.

Los recuerdos se suceden, también el humor negro: el personaje misógino y homofóbico que sigue pensando que el sida, “la peste rosa”, es una enfermedad de putos; la enfermera brutal que entrega como un balde de agua fría a un paciente el resultado positivo de un test VIH; el joven que argumenta tener sida para pedir unas monedas en el subte. En general, todos los recuerdos que se presentan, nos llevan a una época en que no había esperanzas para las personas viviendo con VIH. Los únicos datos positivos, en el sentido de esperanzadores, son los del amigo, el Negro, al que daban por muerto y que se casó con una alemana y tuvo un hijo rubio, porque “negativizó”, además del dato erróneo (tal vez intencionalmente, porque la memoria suele ser traicionera) de la columna “Convivir con el virus” de Laura Ramos, cuando en realidad se trata de “Vivir con virus” de Marta Dillon.

“No me interesa un teatro que se acomoda sino que incomoda –dice en un reportaje para el blog Veoteatro el autor y director Gustavo Moscona–. No soy quién para dar respuestas. A veces, hablar de nosotros como humanos significa hablar de cosas terribles. Y eso se plasma en el teatro. No me interesa mostrar algo pulcro.” Tal vez lo que pretende mostrar en Supongamos... son los peores aspectos, los prejuicios y la falta de información; y en cambio el progreso en los tratamientos para el VIH/sida no le pareció un material sobre el cual poder polemizar y reírse. De cualquier manera, la propuesta es entretenida y movilizadora. Ante la notoria falta de campañas de prevención, la vigencia del tema VIH/sida depende de iniciativas como ésta, entre las de muchos otros artistas y autores que, con mayor o menor precisión, lo abordamos y lo hacemos visible.

Supongamos que tuvimos sida. Viernes de julio y agosto, a las 23. Centro Cultural Pata de Ganso, Zelaya 3122.

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