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Viernes, 5 de septiembre de 2014

JAJAJA

EL OJO BIEN CERRADO

Los tabúes hacen del culo un impenetrable objeto de deseo. ¿Qué accidentes y qué mitos guarda en sus profundidades?

 Por Magdalena De Santo

El novelista de culto de la Generación X, Chuck Palahniuk, en su ya mítico relato biográfico Gups (“Tripas”), recuerda: “No es una serpiente. Es mi largo intestino, mi colon, arrancado de mi cuerpo. Lo que los doctores llaman prolapso. Mis tripas chupadas por el desagüe”. Entre vísceras, excremento de mantequilla de maní y globos de esperma que flotan en la piscina familiar, el muchacho con trece años casi sucumbe. Chuck Palahniuk se hizo alta paja con la bomba de agua y el resultado fue una disección radical de los intestinos. Así, el escritor gay –conocido por la novela de El club de la pelea– denuncia con gracia su desgracia: pone de manifiesto los tabúes masturbatorios del culo y la hipocresía que gira en torno de ellos. Cuentan que mientras él leía su relato, la audiencia se desmayaba de la impresión. El éxito fue rotundo. Chuck Palahniuk está vivito y coleando; escribe y su prosa distintiva lo llena de guita.

Otra que se llena de guita con su deslucida experiencia del culo es Silvina Luna, a la que se le plastificó la sangre. La venganza de las Barbies le hizo confesar las vicisitudes de un trasero de hule que la lanza a la fama y la perpetúa en los quirófanos.

Con la Luna se cristaliza esa doble moral que dibuja los anillos en torno del ano. Adorados pero impenetrables, a la mayoría de los culos les recaen los mandatos del muñeco Ken: duro pero cerrado. Impermeable, rígido y liso, el ano castrado se admira, pero no se toca. Entre tanto pánico anal persiste su reducción a órgano excretor, su paradójica clausura –no vale entrarle, pero sí vale que salga todo– y una erotización careta. Ello contrae efectos desastrosos, sobre todo para las personas sin injerencia mediática; para la gente que no puede hacer de su experiencia una denuncia poética o una glamorosa victimización en los sillones de Susana.

El hecho es que morimos de vergüenza antes de mostrarnos penetradxs. Y es literal. El 13 de agosto, Crónica publica que Nigel Willis, un británico de 50 años, se introdujo un vibrador en el ano durante una noche de sexo y se perforó el intestino. Estuvo cinco días con el objeto dentro de su organismo. Con mareos y malestar, se negó ir al hospital. Atormentado por el pudor, tuvo una infección generalizada y finalmente murió, según las pericias forenses, con el vibrador dentro. El accidente fue silencioso, su muerte también silenciosa, y así se mantuvo por más de un año. A partir de la judicialización, el caso salió a la luz para convertirse en motivo de chiste y asociaciones con otros mitos de protagonistas anónimxs: a la prima de una amiga se le quedó pegada una salchicha congelada, el hermano de mi jefe se atoró con la tapa del desodorante, un paciente tuvo un contraparto con una lamparita de bajo consumo, el novio de un compañero del gimnasio se abotonó con el cuerpito de una Barbie, o las camillas repletas de pacientes con pepinos y zanahorias incrustadas. Muchas personas, todxs NN. Nadie tiene nombre. Es que parece mejor banalizar los placeres del culo que llorar los muertos de la vergüenza social.

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