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Viernes, 21 de marzo de 2008

ES MI MUNDO > PERLONGHER

Una lengua política

Molesto para la izquierda amante de las palabras sin sexo, incómodo para los movimientos que buscan la integración de la disidencia sexual sin cuestionar dónde se integran, el poeta Néstor Perlongher, esa voz que aúlla desde una trinchera siempre recién cavada, se propone aquí como tío de este suplemento. Decir padrino lo hubiera horrorizado.

 Por María Moreno

Escribir sobre él es repetirme pero peor sería citarme, incurrir en las comillas para multiplicar la autoría en un narcisismo aún más inconveniente en el género homenaje. ¿Cómo podría existir Soy sin su nombre, ya no de padrino (lo hubiera horrorizado), sino de tío? Ese vínculo, que permite la enseñanza sexual por fuera del tedioso Edipo, la protección licenciosa en la "Zona Moral" y la iniciación callejera en el deseo que no osa decir su nombre. Qué lástima no poder imitar su tono oral de profesora atildada y pundonorosa que explica "con claridad" y aquieta su fuego interior con un saquito de hilo blanco, para trazar su currículum poético. Austria-Hungría (1980), Alambres (1987), Parque Lezama (1990), Aguas Aéreas (1991) y El chorreo de las iluminaciones (1992). Néstor Perlongher, que solía firmar sus escritos políticos como Rosa L. de Grossman en homenaje a Rosa Luxemburgo, no llegó a ver sus Poemas Completos editados en 1997.

Había nacido en Avellaneda en 1949 y ya en plena dictadura seguía cruzando Puente Alsina para volver a su casa de madrugada luego de alguna reunión clandestina, en tacos altos y de tapado sintético –según recuerda Osvaldo Baigorria–, por algo era de la misma zona que el Tigre Millán.

En 1972, cuando tenía veintidós, había llegado a encabezar la fracción de Política Obrera en la Facultad de Derecho, donde estudiaba, pero pretendía que el partido reconociera su condición de homosexual. Como no lo logró, comunicó su ruptura y fue a pararse en Callao y Corrientes con capelina. Desde 1969, un grupo de disidentes sexuales de extracción gremial e intelectual había comenzado a reunirse con el propósito de fundar el Frente de Liberación Homosexual de la Argentina. Perlongher representó su ala ultra (fue fundador del grupo Eros). También fundó el Grupo de Estudio y Práctica Política Sexual.

En 1981, Perlongher se fue a vivir a Brasil en un tipo de exilio considerado menor en el status de la tragedia nacional, luego de que la ciudad sitiada se le hubiera hecho invivible aunque fuera paradójicamente su condición de "raro" la que, durante las detenciones que sufría frecuentemente, le encubría su otra –y fundante– condición "peligrosa".

La rosa mistificada

La invención de un mito Perlongher no favorece las lecturas críticas. La incomodidad de sus objetos de estudio –el sexo de las locas, la relación entre Eros y guerra, la tradición homofóbica del marxismo– se simula tras un cuestionamiento a su supuesta caída en el academicismo –Perlongher tenía un master en Antropología Social adquirido en la Universidad de San Pablo–, como si su libro La prostitución masculina no dejara, tras su corbata antropológica, fisuras para la capelina barroca y el Cassy de ensayista argentino laico. De ese modo el Cenáculo Hétero azuza a los disidentes sexuales para que sigan siendo "lo otro absoluto" (maldito, transgresor, forajido, marginal, imposible de asimilar). Lo que él llamaba la izquierda Cary Grant piensa siempre en términos de clase /nación/Estado/…y siguen las palabras sin sexo. Se prologan sus obras para apropiárselas sin explorarlas, se las agrupa sin interpelarlas o se las encomia en un provisorio reconocimiento que tiene mucho de esa fetichización del diferente que la crítica, también Cary Grant, realiza para ubicar en un corralito la interdicción y así poder vigilarla y regularla.

En 1989, en Francia, Perlongher recibió un diagnóstico de Vih positivo. Pero mucho antes había empezado a pensar en el sida, no como un fin de fiesta sino como algo que radicalizó trágicamente lo que declinaba por saturación; empezaba a sospechar que cuando el deseo se realiza sin necesidad de una fundación límite en donde se comprometa la totalidad del ser, puede resurgir de otra manera, por eso en el fin del camino, cuando encontró otra clase de éxtasis en la religión del Santo Daime (asistió a partir de 1986 al Centro Ecléctico de Fluyente Luz Universal Flor de las Aguas), escribió, despojándose de sus vericuetos barrocos: "Abandonamos el cuerpo personal. Se trata ahora de salir de sí".

Rojos contra el ascetismo rojo, radicales gays, poetas neobarrocos, todos pelean por un Perlongher parcial. Es un texto íntimo –un barroco de trincheras en donde un compañero de ruta en la preocupación por la política sexual, Osvaldo Baigorria, recopila cartas del poeta– el que mejor puede mostrar los diversos flujos perlongueanos siempre dispuestos a mezclarse en una única afluencia insurrecta. Allí conviven las penurias cotidianas, las estrategias de publicación, la angustia por una obra sin camaradas y el festejo de la lengua. "Acaso el espectáculo repetido, inefable, de la flota soviética anclada en la rada de Vladivostock obnubilado halos al extremo de no poder proferir hiato ni rima, ni hatos de sílabas y elipsis, ni desplazar por la cansada máquina los sarmentosos dedos que tronchan abnegadamente, hachan", le escribía a un Baigorria afincado junto a su mujer de entonces en una comuna hippie de Argenta (Canadá).

Néstor Perlongher le falta a la izquierda –no han recorrido un largo camino, muchachos– y al movimiento GLTTB: es fácil imaginar el buscapié crítico que hubiera puesto a los deseos de integración de algunas de sus facciones pero, como decía Sartre, el verbo "hubiera" no existe.

La autoadscripción de "cronista" elegida por varios intelectuales latinoamericanos (Carlos Monsiváis, Pedro Lemebel), en pos del legado de la compleja relación entre poesía, intervención cultural y política de los cronistas modernistas convendría hoy al Perlongher de Prosa Plebeya (recopilación de Christian Ferrer y Osvaldo Bigorria ) y de Papeles insumisos (recopilación de Adrián Cangi y Reynaldo Giménez). Allí descuella ese barroco de trinchera que Baigorria definió en su prólogo a las cartas de Néstor Perlongher: "Una lengua que se habla bajo fuego, en medio del combate, en una posición más subterránea que la oración de barricada. Una lengua menor pero urgente, apremiada por sacarle el cuerpo a la posibilidad de captura o destrucción en manos del enemigo. Una lengua política".

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Imagen: collage de Isabel Perón
 
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