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Viernes, 14 de noviembre de 2008

Perdices robadas en los jardines de California

Mientras el triunfo de Barack Obama se presenta como el fin de una era dominada por el racismo, en el estado de California, legendario paraíso de los derechos civiles, vence la Propuesta 8, que deja fuera de juego a los matrimonios entre personas del mismo sexo. Para los más pesimistas, es el comienzo de una guerra entre minorías; para otros, apenas un paso atrás en un camino sin retorno. ¿Cómo seguirá la historia? Críticas, autocríticas, chivos expiatorios y reclamos al flamante presidente que durante toda la campaña decidió mirar hacia otra parte.

Fue una cachetada que hizo despertar a la California soñadora, para colmo propinada al mismo tiempo que la mitad del país que votó a Barack Obama disfrutaba bailando en las calles al ritmo de la esperanza. A la comunidad gay de California –y también de estados como Florida, Arizona y Arkansas– le tocó aguar la fiesta. ¿Qué pasó? En la elección general, a los votantes del estado dorado se les presentó la Propuesta 8 (Proposition 8), una enmienda constitucional ofrecida en instancia plesbicitaria, que definía al matrimonio como “la unión de un hombre y una mujer” y de esta forma modificaba la Constitución del estado. El problema mayor, claro, es que el matrimonio entre personas del mismo sexo ya era legal en California a partir de una decisión de la Suprema Corte del Estado votada apenas seis meses atrás. De esta manera, es un derecho que fue quitado. Y de nada sirvió la gran visibilidad: Ellen DeGeneres en la tapa de la revista People con su esposa, la actriz australiana Portia De Rossi, el dinero donado por Brad Pitt y Steven Spielberg, mientras las colas de parejas en busca de un certificado legal para su unión se trasmitían en vivo por los canales de noticias. Algo salió muy mal, y la comunidad, todavía impactada, busca culpables: la iglesia mormona, la derecha religiosa en general, el voto de los afroamericanos y la propia militancia, que la incipiente autocrítica consideró elitista y escasa. O más bien confiada y cómoda. Convencida de que San Francisco y Los Angeles eran lo mismo que el resto de la California de Schwarzenegger.

Los números y los votos

La Propuesta 8 en California pasó por un margen bastante amplio: 52,2 por ciento del electorado eligió prohibir el matrimonio entre personas del mismo sexo. En números reales, la Propuesta ganó por 400.000 votos. Mucho peor fue el resultado de Florida, donde la ley requiere que las enmiendas constitucionales ganen por un 60 por ciento, y la que prohíbe el matrimonio lo hizo por un 62,1%. El texto es el mismo, “el matrimonio es la unión entre un hombre y una mujer” y fue esponsoreada por el grupo Florida4Marriage (Florida por el casamiento). Agrega: “Ninguna otra unión legal será tratada como un matrimonio, y un equivalente, de existir, no será válido o reconocido”. Lo que significa algo así como que si se consigue en el estado una unión civil cuyos alcances en términos de derechos sean idénticos a los del matrimonio será prohibida.

En California, los que se oponían a la Propuesta 8 (la comunidad gay y quienes los apoyaron) juntaron mucho más dinero que el bando opositor: 43, 6 millones de dólares vs. 29,8 millones de dólares. La mayor parte del dinero contra la Propuesta vino de compañías como Google o Apple Inc., y de celebridades: fue la campaña y la elección que recaudaron más plata en la historia de la democracia de los Estados Unidos, con la única excepción de lo recaudado por el presidente electo Barack Obama. Pero las donaciones de la derecha religiosa fueron más espectaculares en forma. El Times recoge un caso paradigmático: “La modesta pareja mormona formada por Rick y Pat Patterson, padres de cinco hijos, sacaron 50 mil dólares de sus ahorros y se los dieron a la campaña pro Propuesta 8. Le dijeron al diario Sacramento Bee: ‘No fue una decisión fácil, pero fue clara, y lo hicimos para beneficiar a nuestros hijos y a nuestros nietos’”.

En Arkansas, la victoria conservadora fue impresionante: votaron una propuesta –no una enmienda constitucional, digamos que una legislación, por usar un paralelo– que les prohíbe a las parejas cohabitantes, pero no casadas, la adopción. La medida afecta también a las parejas heterosexuales, pero fue impulsada por la organización conservadora Family Council como un intento de “frenar la agenda gay”.

El dinero religioso

De los 29 millones recaudados por quienes apoyaban la Propuesta de prohibir el matrimonio gay, 22 llegaron de fuera del estado de California, especialmente del estado de Utah, la patria chica de los mormones. En realidad, no se sabe exactamente el origen personal de los fondos, porque no se consigna la religión de los donantes. Pero los mormones no han callado su oposición al matrimonio gay: al contrario.

La Iglesia, que tiene apenas 178 años –una iglesia recién nacida si se la compara con el resto de las religiones masivas– tiene una importancia enorme en el Oeste de Estados Unidos. En una crónica publicada en octubre por el diario High Country News, se explicaba: “La iglesia ha crecido rápidamente. Tiene más de 13 millones de miembros en todo el mundo, incluidos los cuatro millones en el Oeste. Ahora es tan poderosa como para forzar algunas de sus doctrinas en quienes viven allí y no son fieles. En Utah, por ejemplo, los que quieren tomarse un vaso de alcohol fuerte deben asociarse a un club privado, darles toda la información personal requerida, y pagar una cuota”.

Los mormones son los grandes acusados. Hasta Andrew Sullivan, el super periodista y blogger que escribe para el prestigioso The Atlantic, está enojado con los mormones: “El liderazgo de la Iglesia de los Santos de los Ultimos Días tiene todo el derecho a usar su dinero para promover la Propuesta 8, pero ahora las personas gays y sus familias tienen todo el derecho a señalar a la iglesia mormona como enemigos de los derechos civiles y de los gays. Esto se calificará como prejuicio. Pero los gays no están trabajando para quitarles derechos civiles a los mormones, mientras que los mormones lograron con éxito una campaña que les sacó derechos civiles a los gays”.

La iglesia mormona hizo una campaña de hormiga. Los voluntarios, siempre activos, fueron de casa en casa por toda California para hablarle a la gente de la Propuesta 8. Usaron varios elementos falsos, como que el matrimonio sería enseñado en las escuelas (agitando, una vez más, el fantasma del infame y falso vínculo entre homosexualidad y pedofilia). Chad Reiser, el líder del Club Republicano de la Universidad mormona de Brigham, en Idaho, dijo: “Tratamos de que sea una cuestión casi obligatoria juntar dinero. La Propuesta 8 es una cuestión moral, importante para todos. La Iglesia tiene un standard sencillo de moralidad sexual: las relaciones íntimas son sólo apropiadas entre un hombre y una mujer en matrimonio. Toda modificación de esta definición tradicional erosionará la ya débil estabilidad de los matrimonios y la familia en general”. Kim Clark, el presidente de la Universidad, es todavía más extremo: “Esto no tiene nada que ver con la separación de Iglesia y Estado. Ellos hablan de derechos civiles, pero lo que quieren es destruir la religión en nuestra sociedad. Habrá más batallas y más frecuentes, porque hay un cambio en el clima político y en los grupos de presión. No están dirigidos a una religión en particular: sencillamente quieren destruir a la religión”. Si esta es la opinión de los mormones mejor educados, debe ser escalofriante lo que les pasa por la cabeza a los fieles del común.

Por supuesto, los mormones no fueron los únicos religiosos donantes. La iglesia católica, congregaciones de judíos ortodoxos y grupos evangélicos también donaron millones, pero no son señalados de la misma manera. Quizá porque fueron más discretos.

El voto afroamericano, los demócratas y el presidente electo

Escribió Aaron Hicklin en The Guardian: “Seis meses después de que la Suprema Corte de California echara abajo la prohibición del matrimonio para personas del mismo sexo, desatando una ola de bodas gay, esto es como despertar para darse cuenta que seguimos siendo el chico problemático que los otros niños dejan de lado en el patio de la escuela. Los demócratas tienen una deuda con los gays: su apoyo es tibio, y sólo se cristaliza cuando abandonan el gobierno. Por eso fue tan seguro para Bill Clinton darle su apoyo a la campaña contra la Propuesta en las últimas semanas, a pesar de que había aconsejado a John Kerry en 2004 que apoyara las prohibiciones al matrimonio gay y el Acta de Defensa del Matrimonio, que él mismo transformó en ley en 1996”. Y eso explica por qué Obama ejecutó una danza tan incómoda con eso de estar “a favor de la igualdad” pero en contra del matrimonio gay. La semana pasada dijo en MTV que la Propuesta 8 era “innecesaria”, pero reiteró que estaba en contra de la igualdad matrimonial, una declaración que les cayó de regalo a los promotores de la Propuesta 8, que usaron sus palabras en panfletos y spots publicitarios.

¿Es cierto, entonces, que Obama no acepta el matrimonio gay y que la comunidad afroamericana votó a favor de la Propuesta 8? Sí, es cierto. En California, según los números de CNN, la diferencia fue de 69 (a favor de la prohibición) a 31 (en contra). Y si bien Obama fue cuidadoso con el tema, no lo ocultó: en un artículo aparecido en The New York Times el 1º de noviembre de este año, apareció esta explicación: “Como cristiano –Obama es miembro de la United Church of Christ–, cree que el matrimonio es una unión sagrada, una bendición de Dios, y que debe estar destinada al hombre y la mujer. Sus asesores dicen que aunque no está de acuerdo con las leyes que lo prohíban, y que está abierto a la posibilidad de que sus puntos de vista estén ‘distorsionados’, no apoya estas uniones y no tiene la inclinación de luchar por ellas”. Uno de sus asesores en asuntos gays de campaña, el también gay Michael Bauer, agregó: “Barack es un intelectual, y sé que ha estado pensando acerca de su posición, acerca de lo que es justo para la gente. Pero no está de nuestro lado en esta cuestión”. Esto provocó que algunos comentaristas, como Hicklin, escribieran, enojados: “No hace falta decir que no veríamos ganar la elección a un norteamericano negro si las batallas por los derechos civiles en los años sesenta se hubieran planteado como plesbicito”.

La “acusación” a la comunidad afroamericana es, claro, peligrosa. Un hombre gay y afromericano que participó de las marchas en Los Angeles el día después de la Propuesta le contó a The Canadian Press que era “como estar en una marcha del Klan, sólo que los hombres del Klan usaban polos Abercrombie”. La profesora de ciencia política especializada en cuestiones de raza en la Universidad de Virginia Toni Michelle-Travis explicó: “El éxito de la Propuesta 8 es ciertamente más sobre religión que sobre otra cosa, pero no se puede negar que en la comunidad afroamericana la homosexualidad no tiene la misma aceptación que en otras comunidades. Si se piensa en su lucha durante la esclavitud, la única forma que tenían de sobrevivir, de tener futuro y preservar su cultura era tener hijos. Así que el valor de la familia y la heterosexualidad siempre ha sido muy importante, reforzado por las iglesias de la comunidad a través de las generaciones. El movimiento por los derechos civiles fue liderado por las iglesias de la comunidad –hay que recordar a los reverendos Martin Luther King y Jesse Jackson– así que la iglesia y la religión son una parte muy central de la comunidad. Además, los afroamericanos no ven la lucha por los derechos de los gays en los mismos términos que la suya. Piensan ‘los blancos no me dejaban votar ni trabajar: ustedes pueden hacer las dos cosas’”.

La autocrítica y el cuestionamiento

Hay gays y lesbianas más radicales, que apoyan a quienes desean el matrimonio dentro de su comunidad, pero desaprueban la idea en un sentido filosófico. ¿Por qué este deseo de normalizarse, de querer ser parte de una institución cuestionable y cuestionada, conservadora, en muchos casos productora de infelicidad e hipocresía? ¿Por qué no tener una unión propia, con otro nombre, sin tanta carga simbólica? Ese cuestionamiento existe en muchos países, pero en Estados Unidos es bastante marginal, como todo pensamiento de izquierda. Pero hay ejemplos más leves. El editor de arte y entretenimiento de The Advocate, Corey Scholibo, era uno de los que no tenían interés en el matrimonio, aunque, claro, no pertenece a un grupo radical (más bien pertenece a los apáticos). Lo explicó así en su última columna para la publicación: “Nunca quise casarme, y cuando la lucha por el matrimonio se volvió el foco del movimiento LGTB, no me convenció. Aunque creía que quien quisiera casarse debía tener el derecho a hacerlo, no creía que fuera allí donde debíamos poner nuestro esfuerzo. Rechazaba el argumento de que las personas gays eran iguales a las demás; de hecho, celebraba las cosas que nos hacían diferentes, que nos permitían cuestionar la monogamia, el matrimonio, el ideal de familia”. Sin embargo, Scholibo tuvo su epifanía en estos días, después de que pasó la Propuesta 8, después de que un derecho le fue arrancado a la comunidad: “En septiembre, empecé a juntar donaciones en contra de la Propuesta, y conseguí que todos mis amigos hicieran acciones de visibilidad. Pero lo hice de una manera antiséptica, distante. No estaba luchando. Quería que me dieran este derecho como me dieron tantas otras cosas, cosas que mi generación da por hechas. Pero anoche, frente a la iglesia mormona, me sentí una víctima por primera vez. Gritar que quería los mismos derechos y hacerlo sin sarcasmo, sinceramente, me despertó. Fui joven y gay y estaba enojado por primera vez en mi vida”.

Andrew Sullivan, mientras tanto, publicó la carta de uno de sus lectores que cuestionaba cómo se había manejado el movimiento gay. Decía el lector, un activista: “Trabajé tanto por la campaña de Obama como por la campaña contra la Propuesta 8 y no puedo dejar de marcar lo diferentes que eran, en estilo y en sustancia. La de la Propuesta era ‘desde arriba’, la de Obama, bien de base. En la Propuesta, era alucinante el grado de ‘guión’: no digan ‘derechos civiles’, ‘no digan gay’, eran las ‘órdenes’. Yo no podía creerlo. Lo brillante de la campaña de Obama era que pedía que contáramos nuestra historia, ensuciarse, ser personal. Con la Propuesta 8, los líderes de la comunidad no permitieron que los activistas nos sacáramos los guantes. Encima, nos pidieron que nos alejáramos de las escuelas y las iglesias. Esa mentalidad compra por completo la campaña de lavado de cerebro de la derecha religiosa, la idea de que el matrimonio entre personas del mismo sexo va a corromper la moral y a los chicos. ¿Qué mierda le pasó a nuestro liderazgo?”. En el mismo sentido se pronunciaba la activista Pam Spaulding, con respecto a la militancia dentro de la comunidad afroamericana: “No nos acercamos a ellos, y menos aún a los gays negros. Hace años que hablo de incluir el tema de raza en los asuntos LGBT. Espero que con esto se despierten de una buena vez nuestros ‘gays profesionales’, y que salgan de su comodidad satisfecha y nos ayuden a construir este puente. Mientras los negros LGBT sigan siendo invisibles en sus comunidades y exista una negación del color en el liderazgo público de la comunidad, la comunidad afroamericana socialmente conservadora puede seguir negando que yo existo como lesbiana negra”.

El día después

El martes pasado, más de mil activistas gays se juntaron frente al templo mormón de Westwood, al grito de “¡Queremos igualdad y la queremos ahora!”. La marcha continuó hacia Sunset Strip donde cortaron la calle: hay que recordar que en Argentina cortar la circulación del tránsito es una forma común de protesta, pero en Estados Unidos la “ruta” es sagrada. Ese único dato, el del corte, habla del grado de enojo, al menos, porque el riesgo de ser detenido es alto (de nuevo: en Estados Unidos las protestas son reprimidas de formas que aquí consideraríamos propias de una dictadura). Según The Advocate, un veterano dijo: “Esto es un nuevo Stonewall”. Los líderes de la comunidad en California van a acudir a la corte, reclamando que la Propuesta 8 es ilegal porque quita derechos constitucionales fundamentales, pero muchos creen que el éxito de esta demanda puede ser nulo. Y Sullivan, que apoya el matrimonio gay desde hace dos décadas y escribió libros sobre el tema, también trató de encontrar mística: “Hay que tranquilizarse. Hay que recordar que nunca antes tuvimos este nivel de apoyo a la igualdad matrimonial. 18.000 parejas están legalmente casadas en California. Pronto, muchas se podrán casar en Connecticut, y en Massachusetts lo hacen sin problema. Estamos ganando. Esta la perdimos, pero por muy poco margen. Ver cómo una mayoría religiosa le quita derechos a una minoría es un hecho educativo. Ya cambió nuestra forma de pensar”.

Mientras tanto, la ciudad de Silverton, Oregon, vivió otro día histórico: ganó las elecciones como intendente Stu Rasmussen, de 60 años, transexual. No fue el único: en todo el país, 77 candidatos abiertamente gays ganaron su banca en diferentes puestos públicos. Según Check Wolfe, presidente de la organización Gay Lésbica Victory Fund: “Nuestro gobierno se volvió más representativo, y nuestra democracia es más fuerte”.

Y, sin embargo, la herida de California sigue abierta. Porque era una batalla que se daba por ganada.

¡Sigan participando!

El gobernador Arnold Schwarzenegger, mientras tanto, tiene una posición cambiante. Esta semana dijo que el triunfo de la Propuesta 8 “es desafortunado, pero no es el final”, y en una entrevista con CNN agregó: “Creo que una vez más podremos desarmar la prohibición si la Corte quiere, y movernos desde ahí”. Además aseguró que no se les quitará el derecho a las personas que ya están casadas por la ley anulada.

Su posición no fue siempre auspiciosa. Personalmente se pronunció de acuerdo con el matrimonio como unión entre hombre y mujer. Vetó dos veces leyes –escritas por la Cámara Legislativa del Estado– que legalizaban los matrimonios gays, diciendo: “No podemos tener un sistema en el que la gente vote y después la Legislatura ignore ese voto”. Se refería a la Propuesta 22 del 2000. Pero el gobernador se opone a la modificación de la Constitución, y afirma que lo correcto es aceptar las determinaciones de la Suprema Corte. No se opuso, entonces, a la legalización, y el 21 de mayo, cuando la Corte se pronunció, dijo: “Les deseo suerte en sus matrimonios a todos, y espero que la economía de California tenga una explosión gracias a la gente que venga al estado para casarse”. Esta semana les dio un mensaje “de fisicoculturista” a los gays y lesbianas californianos: “Cuando levantaba pesas, aprendí que no hay que rendirse nunca. Tienen que insistir hasta conseguirlo”.

Sus palabras llegan después de cinco días de protestas, que ya llevan a enfrentamientos abiertos –no violentos– con las iglesias evangélicas, católicas y mormonas en todo el estado.

La geografía de la tolerancia

El matrimonio entre parejas del mismo sexo tiene reconocimiento legal total en apenas seis países: Bélgica, Canadá, Holanda, Noruega, Sudáfrica y España. Se reconoce en dos estados de EE.UU., Massachusetts y Connecticut. La unión civil tiene una cobertura mucho mayor, con legalización total en Andorra, Bélgica, República Checa, Dinamarca, Ecuador, Finlandia, Francia, Alemania, Hungría, Islandia, Luxemburgo, Holanda, Nueva Zelanda, Eslovenia, Suecia, Suiza, Reino Unido y Uruguay, y parcial (sólo en algunos estados o provincias) en Argentina, Australia, Brasil, Canadá, México y Estados Unidos.

Un poco de historia

Según la ley de California, el matrimonio es “entre un hombre y una mujer”. En 2000, sin embargo, se votó otra propuesta similar a la 8: era la Propuesta 22, que extendía la exclusión agregando a la ley civil: “sólo los casamientos entre un hombre y una mujer son válidos o reconocidos en el estado de California”. Así, una pareja del mismo sexo casada en Massachusetts o en Bélgica, por ejemplo, no tendría su matrimonio legalmente reconocido en California. Esa campaña, ampliamente ganada (61,4 por ciento a 38,6) también fue apoyada por la derecha religiosa y, en particular, por la iglesia mormona. Hubo ocho años de lucha, de llevar denuncias a tribunales por considerar esta ley discriminatoria. En mayo de 2008, la Suprema Corte, por un margen muy pequeño (4 a 3), dictó que la prohibición violaba los derechos de gays y lesbianas. La corte tomó como comparación la prohibición de los matrimonios interraciales que existía en muchos estados sólo cincuenta años atrás. La única manera de cambiar un fallo de la Suprema Corte en California es mediante una enmienda constitucional. Para lograrla, el estado requiere 694.354 firmas peticionantes, el 8 por ciento del total de votantes a gobernador en la elección general de noviembre de 2006. Los promotores de la Propuesta 8 consiguieron 1.120.801 firmas, entraron en la elección y ganaron. Por lo tanto, ahora y hasta nuevo aviso, la definición del matrimonio como la “unión entre un hombre y una mujer” estará en la Constitución del estado.

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