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Viernes, 21 de noviembre de 2008

LUX VA > AL RESTó DE MORIA

La gran comilones

Llegó y las puertas del infierno se abrieron de par en par. Invitadx a una despedida de soltero, hizo todo para merecer el castigo divino: baile del caño, remojón en el aqua dance y canilla libre de “Champán Moria”. Y sí, el infierno se parece mucho a un programa de Tinelli, pero con sushi. Ah, y te dejan fumar.

Van siete días que sueño lo mismo: primero todo está bien, Madonna festeja sus 50, canta, baila, hasta que de golpe, como pasa en los sueños, se divorcia, se estresa, adelgaza, se desmaya y plop. “¡Levántate y habla!”, le grita su agente. Ahí empieza la pesadilla porque ella dice: “Me pudrí. Suspendo la gira, no llores por mí, Argentina”. Y yo, like a virgin, me quedo sin Madonna cuando le aposté todo por adelantado y me quedé sin un peso para Cyndi y para Kylie. En el sueño sacio mi necesidad de divas con el programa de Su, me alquilo la película argentina de Raffaella y me hago okupa del departamento que está al lado del teatro para escuchar gratis a Valeria Lynch. Así que si ayer acepté ir a la despedida de soltero de mi primo hétero fue porque me llamó cuando estaba durmiendo y porque la gran comilona era en el restaurante de Moria. “El show es para normales —me dijo—, pero igual, con tanta gente en bolas, vos algo te llevás seguro.” Me ofendió y me convenció a la vez, así es la familia.

Ya estoy en la puerta —blanca nieve— y lo primero que veo es al mayordomo, negro como la noche y como Obama. ¿Algo que ver? “Sí, soy el hermano jodón. Me mandó acá porque si me sacan en la CNN pierde las elecciones; además éste es el único país del mundo donde no hay discriminación racial para el puesto de portero de cabaret o afines. ¿Tiene reserva?” “Te reservo para más tarde”, le dije precavidx mientras me dejaba llevar por un acomodador, un guía, un ángel. No busques sinónimos, me detuvo en seco: “Soy el mozo y mucho más”, mientras señalaba la inscripción en su remera: Sex Toy, y me empujaba afuera del salón donde la Madre Teresa y Gandhi ofician de anfitriones. “El cielo no te va, subamos al infierno.” Primer malentendido de la noche: quise usar el juguetito allí mismo, mi mano mágica tanteaba si era a pila o a cuerda, cuando una turba de solteros y casados me gritó: “¡Me tapás el caño!”. Segundo malentendido: no era un pedido sino una queja. Y una orden. Una ninfa semifamosa con tres tetas o cuatro, pero repartidas en dos, luchaba contra un miembro de metal que si estaba erecto era por obra y gracia del material (del miembro). Mi parte femenina quiso zambullirse con ella en esa palangana de aqua dance y susurrarle: “Hagámoslo juntas, nena, pero con un poco más de gracia, con menos epilepsia y más voltaje”. Me ignoró olímpicamente y eligió hacerle las convulsiones al gilún de mi primo, que se quedaba tieso como una estaca. “¿Qué te pasa, gordo?”, le pregunté y él, con un leve movimiento de cabeza, me señaló a todos sus amigotes munidos de celular. “Mañana estoy en YouTube, qué querés...” “¡Ahora algo para las chicas!”, exigía una abuela habitué a la que aparentemente le viven haciendo despedidas... y ella no se va. Entonces llegó él, avanzó, se desnudó, peló... “¡Desconfío!”, le grité, y no le gustó nada porque me dio la espalda (¡gracias igual!) y pidió a las damas que tocaran ese pedazo de sushi tan sospechosamente moreno comparado con el blanco teta del resto. Ellas llegaron a las manos discutiendo si era genuino o réplica. A partir de allí el tiempo se midió en piezas de carne y piezas de sushi: después de 5 naguiris, nabo, después de 5 sashimis, merluza. Cuando ya no quedaba nada que despedir, me tomé la última gota de Champán Moria y exigí mi cajita feliz. “Acá no es, tesoro”, me dijeron con ternura los sex toy deseosos de volver a sus casas de familia. “¡Tengo reserva!”, le dije al hermano de Obama. Y después pasó lo que pasó. Ya está en YouTube. Me mata y me remata el show para gente normal.

Moria Resto y +, Armenia 1231.

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