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Viernes, 6 de mayo de 2016

A LA VISTA

¿Peligro al volante o peligra el levante?

Una larga tradición gay, literaria y callejera, erigió a los choferes de taxis como el símbolo de libertad sexual y levante espontáneo. ¿Es la irrupción de Uber una emboscada al yire azaroso y motorizado, la ruina de toda una erótica urbana a contramano?

 Por Adrián Melo y Alejandro Modarelli

En 1907 Marcel Proust decidió emprender un viaje por la campiña normanda. A tal fin contrató un auto y un chofer de una empresa de taxis radicada en Mónaco, regenteada por un viejo amigo suyo. El conductor contratado resultó un adolescente monegasco llamado Alfred Agostinelli. A ese viaje por Normandía le debemos un maravilloso texto sobre la experiencia casi religiosa de “volar” en un automóvil a través de los campos: Impresiones de un trayecto en automóvil. En ese placer girondino de “volar” que describía Proust atravesando crepúsculos “de soles sangrantes y chimeneas teñidas de púrpura” mucho tenía que ver, por supuesto, la compañía de su joven chofer “de cara redonda con bigote, gafas de conducir y una gorra de aviador”, a quien el novelista francés comparaba con un peregrino y una monja con toca. No es exagerado afirmar que a ese viaje le debemos algunas de las mejores páginas de la monumental En busca del tiempo perdido. La pasión de Proust por Agostinelli y el desconsuelo tras su prematura muerte inspiraron el personaje de Albertine y conceptos amorosos tan poéticos como “las intermitencias del corazón”.

Salvador Novo (1904-1974), poeta, cuentista satírico, personaje polémico de programas de televisión, que hiciera uso y abuso de pelucas, y que ostentara orgulloso su afeminamiento en un México ultramontano, fue más lejos que Proust. En ese verdadero documento histórico sobre la homosexualidad de principios del siglo XX que constituyen sus memorias, La estatua de sal, Novo confesaba haber llegado a escribir en El Chafirete, el semanario defensor de los intereses del chofer, especialmente de los conductores de autobuses y taxis, solo para poder levantar “los mejores cueros”: “Una insaciable sed de carne y una audacia a la vez segura de mi belleza y mi posibilidad de comprar caricias, me arrojaban a la caza del género de muchachos que me electrizaba descubrir, tentar, exprimir: los choferes que en el México pequeño de entonces era la joven generación lanzada a manejar las máquinas, a vivir velozmente”. Una caricatura de los años veinte retrata a Novo, de medianoche, ligero de ropas en el interior de un taxi. Sus gestos insinúan que está ofreciéndose sensualmente tan pronto al chofer como a tres figuras que se mueven ermitañas en la calle bajo la tenue luz de los faroles.

Las mismas memorias describen sus aventuras y desventuras junto a un chofer de afamados atributos: “la verga de Agustín Fink, positivamente igual en diámetro a una lata de salmón. Consciente de su gigantismo, la introducía cautelosamente dormida y bien forrada del lubricante entonces conocido antes del benemérito advenimiento del KY: la vaselina. Pero una vez adentro, se abría como un paraguas, estrellaba la estrechez de su cautiverio. Me abrió una grieta dolorosa que no alcanzaban a cicatrizar los ungüentos…”. Quizás confesiones o experiencias como éstas le valieron a Novo cartas como la de un tal Enrique: “querida dama: le suplico se le quite lo putita o me veré en la necesidad de darle de chingadazos”.

Viaje al fin de la noche

Si recreamos estas páginas con goce y con cierta melancolía, es porque en el debate Uber versus taxistas falta la voz de las diversidades sexuales. Porque si Uber llega a instalarse como modelo y como tendencia –en un camino que ya aparecía perfilado en las aplicaciones para pedir taxis o remises por teléfono y en los macabros Radio Taxis- puede llegar a marcar el fin de una época: el de esos encuentros azarosos que dieron lugar a algunas de las mejores páginas de la literatura homoerótica.

Junto con el crepúsculo de ese mundo uno imagina la desaparición de las locas con ojos de lince que, después de una larga espera en las calles, ven asomar un rostro al volante de un taxi, una postura o un gesto macho que las incita a arriesgarse a ofrecer y a dar placer fugaz en el viaje de regreso a casa o de camino al antro. Si es necesario y el tiempo apremia, la mariquita apurará el meneo de la cola para captar la atención de ese taxista quizás casado, quizás de ultraderecha, que de pronto la ronda y se permite superar el hastío y la somnolencia, sumiéndose en los placeres de la noche que flota.

Joya nunca taxi

Por si fuera poco, Uber pretende ofrecer al viajero un servicio de distinción, mediante el acicalamiento de los choferes, que tienen indicado vestir formalmente (¡adiós a vislumbrar los vellos de los taxistas despechados!) y no agobiar a los pasajeros limitándose a una charla cordial, correcta y casi digital; es decir hablar lo menos y más formal posible. No es necesario dialogar mucho cuando hasta la dirección de destino se indica desde el celular del pasajero al celular del chofer.

¿Será Uber el triunfo de la seguridad aséptica y el confort burgués, el precio más barato por sobre la aventura a lo Simmel, la felicidad de un encuentro riesgoso y azaroso, el gusto por lo proletario en la línea de Pasolini? ¿Será Uber la privatización de una de las últimas posibilidades del levante callejero, una vez que los shoppings y las estaciones de trenes con vigilancia van decretando la muerte de las teteras, y los chats y las redes sociales se cargan las calles? En todo caso Uber remite prontamente a las redes sociales, a grindr, con el book burocrático de choferes y el intercambio de fotos con el cliente. El panóptico cibernético del sistema parece dejar poco espacio para el tiempo del placer o de la oportunidad, y además fija y cobra el precio de antemano sin posibilidad de canjearlo por especie o de hacer un regateo que incluya el sexo. Controla y vigila los tiempos ajustándolos a las necesidades del mercado.

Si en Impresiones…” Proust relata el momento en que “una avería del coche nos obligó a permanecer hasta la noche en Lisieux” y se quedó a solas en la oscuridad con el chofer, en la memoria de las locas de hoy se agolpan como en un escenario encharcado audacias mucho menos confesables. Pero que, no obstante, se confiesan en la sobremesa de los amigos. La obscenidad, como el taxi, tiene una larga tradición literaria, desde El Satiricón y El Decamerón, y vale la pena apoyarse en obras tan canónicas para relatar, por ejemplo, aquella cerda noche de juventud, cuando AM (¿cuál de los dos autores de esta crónica?) brindó con ansiedad y sabiduría el don de su boca a la entrepierna del chofer del taxi. El muchacho, cuya fisonomía fue por supuesto olvidada entre el maremagno de otras aventuras por el estilo, eyaculó más de lo que correspondía en el orificio de rigor pero también en las adyacencias. Y por el apurón del regreso a la casa familiar, donde estaba ya dispuesta la mesa para la cena, AM no se percató de que en una de las patillas de los anteojos colgaba como testimonio del placer y el oprobio una especie de estalactita. Los comensales rivalizaron en definiciones del fenómeno blanco a la vista, si se trataba de mierda de paloma, o un súbito y extraño escupitajo, pero como siempre la familia de un puto desmiente la evidencia, jamás nadie se atrevió a pronunciar lo ahí innombrable: lechazo.

Que no se corte

Como éste, cientos de relatos sobre taxistas. Alguno que solicita un masaje a cambio del viaje; otro que en Estambul ensaya un secuestro en idioma turco, y así aprende AM que el término “kapali” quiere decir cerrá (la puerta, por donde buscaba fugarse porque el chongo no valía la pena). Choferes hermosos que no se entiende cómo, sin mediar dinero, agradecen la mamada. Que en ese espacio de fábulas y confesiones que emerge entre el asiento delantero y el trasero (ay, siempre la pregunta del trasero y la queja por sus mujeres que se lo niegan, dicen ellos) recrean una alcoba al paso, un mostrador de compraventa de sexo, o descargan el peso de sus frustraciones domésticas en el oído de una loca que intentará convencerlo de lo útil que es embriagarse con su boca para olvidar las penas.

Ya la voz enlatada del empleado o la empleada de la empresa de Radio Taxi, que como fantasma desde un aparato interrumpe la seducción o el manoseo entre pasajero manflor y chofer, nos subleva. Imagínese lector aventurero, lector audaz y tenaz, el cataclismo que nos acechará cuando el Uber funcione sin restricción, disputando no solo el trabajo del tradicional chongo al volante con patente de taxista, sino borrando también el hermoso tejido erótico que tan a menudo -antes sin duda todavía más- cubre el breve contrato de promesas, cumplidas o incumplidas, que a ambos los une sobre ruedas. Haciendo posible un lenguaje que, narrado o escrito, se vuelve literatura.

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