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Viernes, 20 de mayo de 2016

MI MUNDO

Despareja de baile

En el living de una casa antigua se reúnen Lucía Snowy, Marian Muscarsel Isla y Mora Rodríguez para dar forma a un laboratorio de swing, ese ritmo de origen afro y butch de los locos locos años 20.

 Por Laura A. Arnés

Llego tarde a la entrevista. Tres chicas me esperan, bailando, en el living de una casa antigua. El día está gris y hay olor a budín de mandarina en el aire. Marian, la de ojos grandes, tiene un vestido colorido que me lleva, inmediatamente, a la década del treinta. No sé si pedirles un ‘on the rocks, please... ‘para estar a tono. La letra que musicaliza el aire explica, juguetonamente: ‘I like pie, I like cake’ (me gusta la tarta, me gusta la torta). Parece a propósito: en cuanto movemos las geografías, movemos los sentidos.

Paso a paso

El Swing nació en los locos años veinte. Cuando el whisky circulaba prohibido y el apartheid estaba a la vuelta de la esquina. En ese momento, las manos y pies de la comunidad afroamericana, marginal y oprimida, dieron origen a uno de los más grandes aportes a la música occidental que se hizo en tierra norteamericana: el jazz, el swing y toda su prole (el Charleston, el Balboa, el Blues, el Claqué y, por supuesto, el Rock). Que el nacimiento sucediese en los márgenes de la cultura blanca dominante no sólo permitió visibilizar otros valores sino que dio libertad para que emergieran una variedad de elementos por fuera de la norma, para que apareciesen zonas de lo reprimido o, incluso, de lo abyecto. 

En cabarets que cerraban pasado el toque de queda, era habitual codearse con cantantes dragueadas (como Gladys Bentley, que usaba galera y bastón) y con otras muchas que se declaraban, abiertamente, bisexuales o bull-dykes (la versión de lesbiana butch de la época): “Went out last night with a crowd of my friends/They must’ve been women, ‘cause I don’t like no men” (Salí anoche con un grupo de amigxs./ Deben haber sido mujeres, porque no me gustan los hombres), cantaba Gertrude Ma Rainy, la “madre del blues”, en el ‘28. Y un par de años después, Bessie Smith, su protegida, con ojos pícaros –un poco melancólicos– y una gran pluma en la cabeza, agregaba: “When you see two women walking hand in hand, just look ’em over and try to understand: They’ll go to those parties (...) where only women can go.” (Cuando veas a dos mujeres caminando de la mano, miralas y tratá de entender: van a ir a esas fiestas donde sólo las mujeres pueden ir).

A esas fiestas iban, efectivamente. Y a veces, por eso, también eran detenidas. Ellas –y sus amores lesbianos, de escotes pronunciados y fracks, de aliento a cigarro y alcohol, de toqueteos bajo las polleras vedados por la Ley– dieron cuerpo, sin lugar a dudas, a una cultura alternativa. Alberta Hunter –¡y esa boca carnosa!– era lesbiana: se casó con un hombre pero nunca consumó la unión. La razón esgrimida: no quería tener sexo en la misma casa donde vivía su madre. Pero en cuanto se pudo separar se juntó con una mujer y curtieron (en) el mundo entero. Por esos mismos años, la vocalista Ethel Waters tenía una pareja de show, Ethel Williams, con quien –en un gesto de deseo insurrecto y escandaloso– además vivía en conyugalidad. “Las dos Ethels” se llamaba su espectáculo. No hay con que darle: la erótica del espejo siempre estuvo de moda. Pero no eran, solamente, mujeres fuertes diciendo “me importan tres carajos los hombres y el matrimonio”. Estas mujeres de clase trabajadora, son las primeras en hacer del canto no sólo una profesión sino un trampolín al éxito; de convertirlo en una herramienta para escaparse del yugo de lo doméstico. Las divas negras, con su gestualidad feminista y su voz cargada de sexo, se desviaban, así, de los ideales femeninos establecidos.

Dadxs vuelta

De algún modo, todo este espíritu ligado a lo marginal y a lo provocador es lo que el swing queer que proponen Lucía Snowy, Marian Muscarsel Isla y Mora Rodríguez quiere recuperar. “Pero, ante todo”, dice la más callada de las tres, “no nos olvidemos que el swing es alegría”. Y, efectivamente, de eso dan cuenta, también, algunas de aquellas primeras filmaciones que todavía se pueden ver. En Hellzapoppin (1941), un clásico para cualquier amante del swing, varias parejas de negrxs bailan en éxtasis contagioso. Desarticulan las piernas, dan volteretas, muestran las bombachas con puntillas, sonríen e incluyen algún guiño sexual pero, eso sí, vestidos como personal de servicio. Porque allá en las primeras décadas del siglo XX, ésa era la única forma en que el studio system podía representar a la negritud. La genialidad y el talento obligado a vestirse de servidumbre o esclavitud, historia conocida, claro. Hay otra película, donde política y baile también arman pareja que, a pesar de la bajada de línea hollywoodense es bastante recomendable. En Rebeldes del swing (1998), el baile da cuerpo a una contracultura joven que se enfrenta al régimen totalitario del Fuhrer.

Swing resucitado

No es sorprendente que, con el final de la Segunda Guerra Mundial y la vuelta conservadora sobre los cuerpos, el Swing comenzase a morir. Ya en la década del ochenta, unxs bailarinxs suecxs parece que, de casualidad, se cruzaron con una grabación original de Franky Manning (uno de los bailarines de Hellzapopping): así se dio el revival a nivel mundial. Por eso, también, se hace desde ese momento, en las tierras heladas de los fiordos, un mega festival de Swing todos los años. Y es también en el frío sueco donde, el año pasado, se reencontraron nuestras bailarinas y, al calor de un vodka, decidieron traer a Buenos Aires los ritmos del swing queer. 

“La movida del swing queer es re chica”, dice Marian, “No existen festivales y casi no hay bailarinxs que bailen los dos roles. Hay una pareja de mujeres, grandes bailarinas, que compiten internacionalmente. Son las únicas que llegaron a ese nivel.” El swing es un baile de parejas. Una persona lleva (leader) y una es llevada (follower). Es similar, en ese sentido, al tango (algo de su historia también se parece). Tradicionalmente las mujeres son llevadas y los varones lideran, bien heterosexista la lógica. Por eso, la propuesta del swing queer es romper con la estructura heteronormativa. Cuestionar los roles y jugar con ellos. “La idea es dejar de pensar en “roles de mujeres” y “roles de varones” dice Lucía, “Queremos que todxs podamos elegir bailar del lado que más nos guste. Conocer para saber qué prefiero, qué me gusta más o si me gustan las dos cosas.” Además, agrega Mora, “es todo un trabajo intelectual poder tomar y ceder el liderazgo. Aprender a bailar en ambas posiciones de modos más creativos, más activos, más propositivamente.”

Hace unos años hubo una experiencia que se llamo Swing out, incluso se organizó alguna fiesta en Brandon. En el 2013, indirectamente retomando esa tradición incipiente, Mora, Marian y Lucía junto a otrxs bailarinxs dieron unas clases en Tierra Violeta. Las volvieron a repetir el año pasado y, ahora, ellas están acá dando clases semanalmente: “Las clases proponen un clima exploratorio y dinámico, ante todo”, explica Marian. “Es un laboratorio apto todo público. Un espacio donde se siente la música pero donde también se piensan los pasos. Un lugar, sobre todo, para divertirse.” “Lo interesante del Swing queer”, agrega Lucía, “es que es algo que incluso si lo hacés mal, te hace sentir muy bien. Un error se puede convertir en un acierto productivo. Una versión propia de otra cosa.”

Para lxs que se animen a probar, las clases son todos los viernes de 19 a 20.30 hs en Casa Belgrado, “¡Y no se olviden de que es a la gorra!”, aclara Marian con una sonrisa, “también apto desempleadxs”.

Facebook: Swing Queer

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Imagen: Sebastián Freire
 
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