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Viernes, 26 de diciembre de 2008

CINE

Larga vida a los festivales

Pocos lugares más fríos para el alma deseosa de diversidad que las salas de cine comerciales durante 2008. Pero si los jueves de estreno han sido olvidables, ahí estuvieron los festivales locales para brindar su calorcito queer.

 Por Diego Trerotola

Al revés de lo que sucede con la cultura glttbi en otros lugares y medios, cada jueves hay menos diversidad en las salas de cine argentinas: la política local de distribución cinematográfica está cada vez más cerca de una crisis definitiva que afecta a cualquier posibilidad de estreno comercial de algo distinto a lo más o menos probado, tradicional, reaccionario, heterosexista. Este año tal vez sea el más paupérrimo, raquítico, en relación a la diversidad sexual cinematográfica. Y aunque crecieron en número los festivales y muestras de cine y video glttbi, aún ocupan un lugar marginal, porque muchas veces tienen poca convocatoria y la calidad de las salas y las copias de películas exhibidas tampoco son las ideales. Tal vez por eso sigan siendo el Bafici y el Festival de Mar del Plata los que están a la vanguardia de la programación diversa, y por eso las películas glttbi sean las más convocantes en esos festivales: las salas se llenan para encontrar calidad en la diversidad. Pero es necesario que ese espacio se prolongue el resto del año, que tenga el lugar que se merece dentro de la cultura local.

Este año hubo un evento deliberadamente excéntrico, fantasmal, que expandió el cine más allá de sus límites: el TIE, un festival de cine experimental que se propuso ser más bien subterráneo en su paso por Buenos Aires, y que trajo dos copias en fílmico de Sodom, del cineasta Luther Price, que fueron proyectadas simultáneamente en las paredes del hotel gay Axel, duplicando la extraña representación de la lujuria de la carne ardiendo.

De las películas con temática glttbi que pudieron llegar a los cines, hubo apenas una realmente interesante: la argentina La León, sobre la vida gay en el Delta. Hubo también una película tremendamente lesbofóbica, 88 minutos, con Al Pacino, que se podría neutralizar con el personaje de la lesbiana de Planet Terror, todavía en cartel, donde Robert Rodríguez da su versión feminista del cine de acción fantástico. No mucho más. Aunque Hollywood señala una esperanza en ese futuro llamado Obama: Milk de Gus Van Sant, ya estrenada en EE.UU., que huele a múltiple nominación al Oscar, es la biopic sobre el funcionario abiertamente gay asesinado en 1978, y la película ya se transformó en una gran apuesta cinematográfica de estos tiempos demócratas para contrarrestar la “California Proposition 8".

Y mientras esperamos Milk, seguiremos recurriendo al reservorio del glamour desviado del star system, gracias a esos actores y actrices iconos que dan una sensibilidad alternativa en sus interpretaciones y que este año lograron dos de los más inmortales retratos queer (¡ahora en dvd!): el Bob Dylan drag king de Cate Blanchett en I'm not there de Todd Haynes, con su trans/lesbo/andrógina seducción; y también el Guasón histriónico de Heath Ledger, aplastante antagonista de Batman que llega a su máxima luminosidad cuando se monta de enfermerita macabra para dar la versión más gótica y sensual del mal con la mejor sonrisa infernal de lápiz de labios.

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